Reviviendo el siglo XIX en París. Tercer día: Montmartre y la Bohemia

Muy feliz año viajeros. Espero que hayáis pasado todos unas felices navidades y que os encontréis ya en disposición de retomar buenos hábitos después tantos días de excesos y ensimismamiento mental (por lo menos en mi caso ;). Si habéis tenido la suerte de pasar las fiestas en nuevos lugares desconocidos, espero que hayáis disfrutado mucho y que hayáis podido llenar la maleta de aquella materia, como quiera que se llame, que sólo se encuentra “en carretera” y que tan bien nos hace sentir a los que nos alimentamos de ella. Si en cambio os habéis quedado en casa, o habéis viajado a casa como yo, no pasa absolutamente nada, aquí tenemos la continuación de nuestro particular “revival” del siglo XIX parisino para continuar nutriéndonos hasta que llegue el próximo viaje.
El conocido Moulin Rouge, en las faldas de Montmartre

Esta vez, nos acercamos a uno de los barrios más populares de París, un barrio que, si bien ha perdido ya gran parte de su esencia, merece la pena visitar siguiendo el rastro de su época más conocida y la que le dio la fama que todavía hoy conserva. Hablamos de Montmartre y la Bohemia del siglo XIX instalada en sus calles y edificios.

Pero, ¿qué queremos decir cuando hablamos de Bohemia?. Durante el siglo XIX se produce el despertar del arte que hoy llamamos moderno, y la ciudad testigo de este importante cambio en la historia del arte, es París. Los artistas comienzan a desentenderse de las normas del arte oficial establecido por la Academia y buscan nuevas vías para difundir sus investigaciones en cuestiones no sólo técnicas (experimentaciones con la luz, el color, el volumen, la perspectiva…), sino también temáticas, dejando de centrarse en los temas “estrella” hasta el momento, como podían ser la pintura religiosa, la de historia o los retratos, para dar cabida en sus lienzos a los temas de la modernidad, como por ejemplo, el nuevo París surgido de las revoluciones industrial, política y social. En definitiva, los artistas dejan de pintar sólo por aquello por lo que les paga y comienzan a dar valor a su propia voluntad como creadores.

Van Gogh, Rincón de Montmartre, 1887

Como toda auténtica innovación, en sus comienzos se ve rechazada por un importante sector de la sociedad, no solo “civil”, sino también en los círculos artísticos de la época. De esta manera, comienza a difundirse entre los artistas la creencia de que aquel de ellos que no se aparte de sus principios y que no se venda al arte comercial o a los gustos de la mayoría por dinero, incluso llegando a pasar hambre por defender aquello en lo que cree, será el artista genuino, aquel que probablemente llegará a alcanzar la gloria después de muerto (cuanto más trágica la muerte, mejor). Si entendemos por bohemio a aquel que se aparta o que no responde a los estándares de la sociedad (el término tiene su origen en los gitanos procedentes de la región de bohemia), ya tenemos el mito del artista bohemio listo para consumir.

Si con Luis Felipe y Napoleón III la Bohemia se centra en el Barrio Latino, posteriormente se moverá hacia el norte de la ciudad, hacia un suburbio unido a París en 1860 a raíz de la destrucción de los muros que separaban el campo de la ciudad: Montmartre.
Cartel del cabaret, le Chat Noir

La colina, en la que la vida del campo y la de la ciudad se mezclaban, estaba llena de cabarets, y además era accesible. Justo debajo, Pigalle prolonga esta zona fértil en placeres múltiples. Placer de los cafés de la época: Le Rat Mort, La Nouvelle Athènes, o le Chat noir que reunía a la élite de la literatura, o el placer de los bailes y los espectáculos de los “Molinos”  como el Moulin de la Galette o el Moulin Rouge.

Esta mezcla entre lo rural y lo urbano sumada al pintoresquismo de sus locales, se convierte en tema de interés para muchos artistas. Ejemplo de ello son las obras de Signac, Moulin Galette, de Ramón Casas, Montmartre o Van Gogh, Rincón de Montmartre. Ésta última es una vista invernal del Impasse (pasaje) des Deux Frères con el Moulin à Poivre al fondo, tras el carrito en forma de molino.
Se trata de una vista alejada y amplia de este pasaje, que daba acceso a la entrada del mirador del Moulin Blute-Fin. Los postes verdes con banderas entre los dos molinos, podría ser una entrada lateral y posterior al Parque del Galette, que ocupaba ese lado del “impasse” en un nivel inferior. Los dos más alejados, visibles al fondo, marcarían una entrada al “molino de la pimienta”.
H. Toulouse Lautrec, Autorretrato en el Moulin Rouge, 1892

Por otra parte, Montmartre se había convertido en escenario de una interesante mezcla de
diferentes tipos de personas, todas ellas susceptibles de ser retratadas: habitantes “rurales”, jóvenes en busca de lugares económicos en los que beber y divertirse, turistas que subían a la colina para disfrutar de las vistas…

En París, la bohemia suponía un modo de vida desordenado, festivo y provocador. Todos los artistas (y los que no lo eran), jugaban al mito de ser bohemio. La dimensión romántica de
la leyenda señala la miseria y el hambre de las que son víctimas los artistas libres e incomprendidos. En la realidad, la bohemia esconde una cotidianidad menos sombría, y que toca a una parte de la sociedad mucho mayor que la que representan los pocos genios aislados en su triste desván: estudiantes, artesanos, obreros comprometidos con la izquierda, periodistas y muchos otros.
E. Manet, El bebedor de absenta, 1859

Cultivan el gusto por la fiesta y el alcohol, sobretodo la absenta (ajenjo), que en París dictaba la
famosa “hora verde” de 17:00 a 19:00. En 1870 esta bebida tan poderosa y como nociva representaba el 90% de los aperitivos consumidos. Sus efectos inspiran de nuevo a numerosos artistas, como es el caso de Manet en, Bebedor de ajenjo o de Jean-François Raffäelli, Los bebedores de ajenjo. En la obra, una de las más logradas del autor, el artista muestra los devastadores efectos de la adicción a esta poderosa bebida.

A pesar  de los excesos, el individuo bohemio no olvida su papel y cuida con atención todos los detalles de su vestimenta. Sabe adoptar los gestos y detalles del dandismo y toma sus poses negligentes y extravagantes: corbata mal anudada, cabello cuidadosamente despeinado, pipa en
la boca… En este sentido, destacamos el Retrato de Erik Satie de Ramón Casas (1891), en el que el pintor barcelonés representa al músico en el momento en que era una figura habitual de la bohemia de Montmartre.
El compositor, representado de cuerpo entero y al aire libre, luce sus galas de bohemio: sombrero de copa, pantalones oscuros, una larga levita y sus característicos quevedos decorados con una cinta negra. Al fondo, un edificio cuyas formas se disuelven en una mancha a la manera impresionista, y que no es otro que el Moulin de la Galette, transformado en sala de fiestas e icono de la bohemia parisina en pleno corazón del barrio de Montmartre.
R. Casas, Erik Satie,1891

Como en otros cuadros de esta época, Casas elige para el lienzo los tonos grises y fríos, y proporciona al cuadro una atmósfera melancólica en la que el músico, aunque mira al espectador, transmite un aire perdido y una sensación de aislamiento que refuerza su aspecto bohemio. El retrato enlaza, aunque desde otro punto de vista, con la distancia con la que los pintores solían representar a los músicos en el XIX para subrayar la imagen ideal del artista como genio. Satie rezuma naturalidad: parece girarse al ser sorprendido durante uno de sus interminables paseos por las calles parisinas.

Las noticias de la bohemia llegaron en poco tiempo a España y artistas como Ramón Casas y Santiago Rusiñol se desplazaron a París para vivir la experiencia, eso sí, financiados por sus familias. En 1889 se instalaron en un pequeño apartamento en Montmartre y frecuentaron el Moulin de la Gallete y su círculo artístico. Todo este ambiente se refleja en las obras que allí pintaron, llenas de melancolía.
“Retrato de Ramón Canudas” nos muestra al Rusiñol que retrata a sus compañeros de viaje de bohemia. Es una obra que nos ayuda a comprender aún mejor el espíritu de los bohemios. Canudas aparece demacrado y enfermo, una enfermad que sus amigos “celebraron” ya que sí el desenlace de dicha enfermedad era la muerte, el artista llegaría a
representar el auténtico mito bohemio.
S. Rusiñol, Retrato de Ramón Canudas, 1891

La bohemia es por lo tanto, una comunidad de estilos de vida anticonformistas que unió bajo a su bandera a los hombres de manera aún más eficaz que los círculos de literatos, de pintores o de músicos, no federados por sus convergencias artísticas. En su seno, se cruzan individuos diversos, pero que tienen en común el rechazo de los modelos dominantes. Es por ello, que la bohemia es también un crisol político, muy frecuentemente marcado hacia la izquierda, incluso hacia la extrema izquierda y revolucionaria.

Desde el punto de vista de la mirada burguesa, los círculos bohemios aparecen como una “horda” inactiva y violenta. Las grandes reformas de Haussmann bajo el Segundo Imperio y la Tercera República señalan también una ruptura entre dos categorías aisladas, los ricos de un lado y aquella que es considerada como la “clase peligrosa” del otro. La bohemia parisina se convierte en ese momento en sinónimo de crimen, hurto, anarquismo y moral débil.
En el ámbito de las letras Arthur Rimbaud y Paul Verlaine, forman parte del panteón de poetas bohemios malditos. Sus versos y sus comportamientos respectivos provocaron numerosos escándalos, como el de su abierta y reconocida homosexualidad. Podemos decir que Rimbaud y Verlaine llevaron la vida bohemia hasta sus últimas consecuencias, desoyendo  los consejos de teóricos como Murger que recomendaban esta etapa como algo positivo en la vida del artista, pero necesariamente pasajero.
Henri Fanton-Latour, Un rincón de la mesa,1872

Especie de Panteón de poetas bohemios y malditos, vemos representados a la izquierda de la obra a Rimbaud y a Verlaine, posando en compañía de otros escritores de la época (de izquierda a derecha: de izquierda a derecha, vemos a Verlaine, Rimbaud, Léon Valade, Ernest d’Hervilly, Camille Pelletan. De pie: Elzéar Bonnier, Emile Blémont y Jean Aicard).
Justo al lado de Pelletant, en el extremo derecho, podemos ver un opulento ramo de flores. El artista lo ha dispuesto así para rellenar el hueco dejado por uno de los modelos inicialmente programados en este retrato de grupo. Se trata del “oscuro” Albert Mérat, a quien Rimbaud admiraba antes de conocer, pero que, a causa de una discusión entre ambos en una cena anterior, se negaría a sentarse con Rimbaud en la misma mesa para realización del retrato.

Y eso es todo viajeros, espero haberos transmitido aunque sea tan solo una pequeña parte de lo que este apasionante período y lugar, significaron para la historia del arte occidental. Si queréis profundizar más en el tema, os recomiendo lecturas como El pintor de la vida moderna, de Baudelaire, o La obra, de Emile Zola o La vida Bohemia, de Herni Murger. En el ámbito nacional, nada como Luces de Bohemia, del gran Valle Inclán.

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