Obras maestras de la galería de los Uffizi. Parte I

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Vista de la Piazza della Signoria desde la Galería Uffizi

La primera vez que una camina por la plaza de los Uffizi en Florencia, alrededor de la cual se encuentran los tres corredores principales de la galería del mismo nombre, la sensación es un tanto desconcertante. Realmente, la arquitectura que nos rodea no responde a la idea que quizás podamos tener de un museo (pienso en grandes instituciones como la National Gallery en Londres, el Museo del Prado en Madrid, el Metropolitan en Nueva York… edificios de estilo neoclásico, aislados para que podamos disfrutar en perspectiva de su arquitectura monumental). Pero es que la Galería de los Uffizi fue concebida mucho antes que todos estos museos que me vienen ahora en mente (más de dos siglos antes en los casos la National y el Prado y casi tres en el caso del Metropolitan). Y aunque el palacio fue construido por la familia Medici con el objetivo de alojar las oficinas (uffizi) administrativas y judiciales del Ducado de Toscana, lo cierto es que pocos años después de su apertura la galería ya podía visitarse previa cita, convirtiéndose así en uno de los museos más antiguos de Europa, según la concepción moderna de museo (espacio expositivo ordenado sistemáticamente y destinado también al público). A todo esto, estamos hablando de las últimas décadas del siglo XVI… casi nada.

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Rafael Sanzio, Papa León X y dos cardenales, 1518

Hoy la galería continúa albergando la impresionante colección de arte reunida durante siglos por esta rica y poderosa familia, con la diferencia de que, en lugar de estar reservada para la vista de unos pocos privilegiados amantes del arte, sus casi dos millones de visitantes anuales, la han convertido en la tercera atracción más visitada de toda Italia, sólo por detrás del Coliseo romano y de las ruinas de Pompeya en Nápoles (teniendo en cuenta que los Museos Vaticanos no pertenecen a Italia, sino a la ciudad del Vaticano). Pero vamos, esto lo que implica es que yo, como seguramente vosotros si habéis ido, tuve que hacer una cola importante para entrar y visitar las grandes obras maestras de la colección en unas salas atestadas de turistas, aunque a estas alturas ya no nos vamos a sorprender por eso.

Una vez dentro, la colección se reparte entre las estancias a las que se accede desde uno de los tres corredores que configuran el edificio en forma de U (no tengo en cuenta aquí las obras de la colección Contini Bonacossi ubicadas en el Palazzo Pitti, las del Corredor Vasariano, o las del Gabinete de Dibujos y Estampas, a las que posiblemente dedicaré entradas independientes en un futuro). Estas salas, organizadas cronológicamente, albergan sin duda la mejor colección de pintura renacentista italiana en el mundo. Imaginaros hasta qué punto las obras de este museo son paradigmáticas de este período, que cuando hice mi primera visita siendo una estudiante, sala tras sala, lo único que podía pensar era que este museo era la materialización de mi manual de “Historia del Arte del Renacimiento”!.

Teniendo en cuenta el número de obras maestras de esta colección, sería imposible intentar abarcarlas todas en una entrada (casi que lo más correcto sería dedicar una entrada a cada obra), por lo que, una vez más, escogeré tan sólo algunas, esta vez serán las más reconocidas internacionalmente, de los siglos XIII a la primera mitad del XVI, y dejaré las de la segunda mitad del XVI y XVII para una segunda entrada.

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Giotto, Virgen en Majestad (Maestà di Ognissanti), 1310

La primera obra en la que me detendré es la Virgen en Majestad (Mestà di Ognissanti) de Giotto (sala 2), un autor imprescindible para entender el paso del arte medieval al renacentista. Bajo un techo adornado con armaduras propias de una iglesia renacentista y rodeado de importantes testimonios de los orígenes de la pintura toscana, me topo con la mirada de la figura central de esta gran tabla dorada de más de 3 m. de alto x 2 m. de ancho, realizada cerca del año 1310. La obra desde luego impresiona, pero ¿por qué se dice que las obras de Giotto suponen un antes y un después en la historia del arte?.

Giotto es uno de los primeros pintores que, rompiendo con la manera tradicional de pintar, deciden apostar por las nuevas leyes de la representación. Hasta este momento las pinturas eran planas, sin perspectiva ni volumen, sin apenas intento por parte del artista de “copiar” la realidad tal como el ojo la percibe. Aquí sin embargo, las cosas comienzan a cambiar. La Virgen está sentada sobre un trono para el que el pintor ha planificado una suerte de perspectiva, que además se encuentra inserto en un espacio reconocible (no es totalmente plano, sino que se pueden distinguir varios niveles de profundidad), las telas comienzan a adaptarse a los cuerpos insinuando su volumen. Los rostros, las flores, incluso la tabla a los pies de la Virgen, comienzan a mostrar un cierto nivel de realismo.

Aún así la obra, concebida para el altar de la iglesia florentina de Ognissanti (de ahí el nombre) como un homenaje a la majestuosidad y maternidad de la Virgen, simbolizadas por los diferentes presentes que le hacen los ángeles, sigue mostrando ciertas características propias de la pintura medieval como el fondo dorado o la desproporción de las figuras, que siguen siendo mayores en función de la importancia del personaje.

Aunque estos cambios puedan parecer simples avances “técnicos” de la pintura en un momento dado de la historia, se trata de algo mucho más profundo, y es que lo que está haciendo Giotto es abrir una nueva era, una nueva etapa en la que Dios dejará de ser, como lo fue durante toda la Edad Media, el centro y la explicación del Universo, principio y fin de todas las cosas. El gran espacio restante será ocupado ni más ni menos que por el hombre, quien a través de la ciencia y el arte, pasará a convertirse en el propulsor de lo que más tarde llamaremos Renacimiento. Una etapa apasionante en la que el hombre, tomando como referente los períodos clásicos de las antiguas Grecia y Roma, es decir, antes de la llegada del Cristianismo, parecerá no encontrar límites a la sed de conocimiento del mundo que le rodea.

A la derecha de la tabla de Giotto hay dos accesos, el más cercano lleva a la sala 5-6 (las salas 3 y 4 me rodean por el otro lado) y el siguiente corresponde a la 7, denominada del “primer Renacimiento”. En esta sala se encuentran las obras de algunos de los más importantes pintores de la Italia del siglo XV, tales como Paolo Uccello, Masaccio o Fra Angleico. Todos ellos desarrollarán las propuestas del siglo anterior en cuestiones de perspectiva y luminosidad y continuarán avanzando en esta nueva manera de concebir el diálogo del hombre con Dios.

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Piero della Francesca, Díptico de los Duques de Urbino, 1465

Pero avanzo una sala más y me detengo en la 8, concretamente ante el Díptico de los Duques de Urbino, realizado entre 1465 y 1472 por Piero della Francesca. Se trata de una de las obras más importantes del museo y de todo el Renacimiento italiano y representa los retratos de Federigo da Montefeltro y su esposa, Battista Sforza, el de esta última realizado una vez que ella ya había fallecido.

Los esposos se miran frente a frente desde un perfil radical inspirado en la tradición clásica de los retratos en las monedas. Sus miradas directas y el paisaje del fondo, que continúa de una tabla a otra, simbolizan el lazo eterno que les une.  Son parte de una misma realidad (incluso después de la muerte de uno de ellos), la que retrata sin compasión cada detalle de sus rostros, incluso la nariz rota de él, y cada milímetro de ese nítido paisaje, quizás el de los dominios de los duques. Un realismo tan vinculado con la tradición pictórica flamenca que es prueba visual del refinado y célebre centro cultural que el duque consiguió organizar y liderar en su pequeña corte de Urbino.

Al otro lado del díptico, los duques aparecen montados en sendas carrozas y rodeados por una serie de alegorías que ensalzan las virtudes de cada uno, las del duque que le definen como líder victorioso y las de la duquesa, por supuesto, como esposa piadosa y gentil, fal. El díptico es en su conjunto, uno de los más claros ejemplos de retrato humanista, en el que se define la importancia del hombre, su inteligencia y su cultura, en el universo renacentista.

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Sandro Botticcelli, El nacimiento de Venus, 1484

Continúo avanzando por las salas de los artistas italianos del siglo XV, hasta que llego a la 10/14, donde se encuentra la mayor concentración de obras en el  mundo de una de las “estrellas” del museo y de todo el arte italiano, Sandro Botticelli. Tan sólo en esta sala, se puede seguir perfectamente la deriva que siguió el arte de este magnífico pintor desde sus inicios, vinculados a las temáticas profanas del entorno intelectual de los Medici, hasta su “arrepentimiento y reconversión” gracias a las prédicas de Savonarola y la crisis política y religiosa que se vivió en Florencia a finales del siglo XV, que le llevaría a inclinarse hacia las temáticas místicas de su madurez.

Como digo, la sala está plagada de obras de Botticelli (15 en concreto), pero dado que estoy haciendo un recorrido por algunas de las obras más populares de este museo, la obra escogida para detenerme, El Nacimiento de Venus, es casi obligada. Realizada en 1484, corresponde al momento en el que el artista transmite en sus pinturas las ideas del círculo neoplatónico, según las cuales, la elevación espiritual sólo puede alcanzarse a través del amor, la armonía y la belleza ideal (intentando vincular, con una pirueta casi imposible, la tradición cultural greco-romana, con el cristianismo).

Con un tema extraído de las Metamorfosis de Ovidio y plagada de símbolos, alegorías y referencias tanto a la antigüedad, como a la obra poética de Poliziano, escritor de corte de los Medici contemporáneo a Botticelli, esta obra se ha convertido en uno de los símbolos del arte renacentista italiano. Venus, desnuda sobre una concha, es empujada suavemente hacia la orilla gracias al soplo de los vientos Céfiro y Aura. Al otro lado, Ora la espera para vestirla con una capa de seda bordada con flores. Todo un símbolo del amor y de la belleza, ojo, espiritual, como fuerza motriz de la vida.

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Leonardo da Vinci, Anunciación, 1472

Pero como ahora ya sé que no sólo de belleza vive el hombre, despierto de la ensoñación de esta hermosa obra y avanzo tan sólo una sala para detenerme momentáneamente en la número 15, dedicada a las primeras etapas del gran artista-científico Leonardo da Vinci, desde sus comienzos en el taller de Verrocchio, hasta su partida a Milán en 1482. Paradigma del hombre del Renacimiento, qué voy a decir ahora de Leonardo da Vinci y de sus múltiples facetas que no se haya dicho ya. Tan sólo fijándome en el detallado plumaje de las alas del ángel de su Anunciación, o en la abundancia de flores y árboles, tomados de especies reales en la misma obra, puedo comprobar el interés científico que el pintor sentía hacia la naturaleza. Interés que le llevará a desarrollar múltiples estudios que a su vez desembocarán en un sinfín de experimentos e inventos con los que todavía hoy este hombre único en su tiempo, es capaz de sorprender al mundo.

Pero todavía sin moverme de esta obra, hay algo más que me deja con la boca abierta, y es la manera de representar el paisaje, degradándose hasta casi desaparecer a medida que se aleja, tal y como ocurre cuando uno otea algo situado a gran distancia con sus propios ojos. Esta técnica será conocida y adoptada por el resto de pintores posteriores a Leonardo con el nombre de perspectiva aérea.

Salto estilos y artistas excepcionales en este intento insensato de resumir los Uffizi en la entrada de un blog: Bronzino, Perugino, Mantegna, Giorgione, Bellini, Hans Holbein, Durero… todos ellos imprescindibles artistas de primera fila, y me detengo de nuevo ante otra de las estrellas indiscutibles: Miguel Ángel Buonarrotti y su Tondo Doni, en la sala 35.

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Miguel Ángel, Tondo Doni, 1504-1506

No sólo es la única obra pictórica de Miguel Ángel presente en Florencia, sino que es una de las pocas conservadas en todo el mundo. El motivo de ello es que este artista, a pesar de habernos legado algunas de las pinturas más valiosas de toda la historia del arte, siempre tuvo reticencia a aceptar encargos pictóricos que le pudieran restar tiempo y energía a su verdadera pasión: la escultura.

De hecho, en el momento de aceptar el encargo para esta esta pintura por parte del poderoso banquero Agnolo Doni, Miguel Ángel se encontraba “descansando” en Florencia del desengaño que le supuso la pérdida de interés de Julio II por el majestuoso monumento fúnebre que le había encargado apenas 1 año antes y del que el artista había decidido hacer su obra maestra. Lo poco (teniendo en cuenta la magnitud del proyecto inicial) que finalmente se consiguió hacer del proyecto original, se puede visitar hoy en la iglesia de San Pietro in Vincoli, en Roma.

También en esta obra, como en todas las de Miguel Ángel, se puede seguir el rastro de la pasión que el artista sentía por la escultura. Observo las musculosas figuras del segundo plano que simbolizan la humanidad pagana antes del cristianismo, todas ellas inspiradas en famosas obras escultóricas de la antigüedad que estaban siendo descubiertas en esos momentos en Roma.

Pero lo sorprendente es que, a pesar de no ser la pintura su verdadera vocación, Miguel Ángel realiza verdaderas obras maestras en este arte, no sólo porque consigue llevar los preceptos renacentistas a su máxima expresión, sino porque sobrepasa sus propios límites, alcanzando un estilo al que todavía nadie había puesto nombre, y que posteriormente será reconocido por los expertos como el inicio del Manierismo, caracterizado por las posturas imposibles y los colores iridiscentes. Lo observamos especialmente en la posición de la Virgen, que crea un movimiento en espiral que se sale totalmente de los cánones clásicos y en los colores utilizados para las 3 figuras que componen esta monumental y escultórica Sagrada Familia.

Bajo al primer piso y atravieso salas repletas de grandes obras de artistas como Andrea del Sarto, Rosso Fiorentino o Pontormo, pero continúo caminando hasta llegar a la sala número 66, dedicada al gran Rafael Sanzio que, al igual que Miguel Ángel, vivió y trabajó en Florencia, dejando en esta ciudad algunas de las joyas que componen este museo.

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Rafael Sanzio, La Virgen del Jilguero, 1506

Pero hasta aquí las coincidencias entre estos dos grandes artistas, ya que si uno representa la quintaesencia del artista “saturnino”, aislado, atormentado y entregado en cuerpo y alma a su arte, el otro caracteriza todo lo contrario. Popular, elegante y amado por todos, Rafael vivió una vida feliz llena de éxitos, amor y enriquecedoras relaciones sociales hasta su temprana muerte a los 36 años.

De las obras de la sala, escojo La Virgen del Jilguero, que me sorprende por la gran influencia de Leonardo da Vinci que Rafael muestra en ella. Recién llegado a Florencia gracias a la intercesión de los duques de Urbino, el artista consigue conjugar aquí las influencias de sus maestros, el refinamiento florentino, y las que son ya en esos momentos, características de su arte, como el magistral uso del color, la extrema dulzura de los rostros representados, y al intimidad e interacción que muestran las diferentes figuras entre ellas ya se a base de gestos, miradas, o incluso caricias. Se dice, principalmente por parte de los admiradores de este artista, que no habrá pintor durante los dos siglos siguientes, que no se vea influenciado en mayor o menos medida por los logros alcanzados por el de Urbino.

El pasillo de esta impresionante galería continúa de manera que no parece tener fin, y con él, los nombres de los artistas que escribieron la historia del arte europeo de las siguientes décadas con sus grandes obras: Tiziano, Veronese, Tintoretto, El Greco, Caravaggio, Canaletto, Rubens, Rembrandt. Todos ellos serán protagonistas de una próxima entrada con lo más grande del arte de los siglos XVI y XVII, presente en la Gallería Uffizi en Florencia.

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