Los Museos Vaticanos

Museos Vaticanos

Rafael Sanzio, La Escuela de Atenas, 1509-1512

Los Museos Vaticanos son uno de los principales hitos de cualquier visita a Roma y constituyen por sí mismos un complejo de excepcional importancia tanto por la riqueza y la calidad de las obras que se encuentran allí reunidas, como por la suntuosidad de los ambientes que las hospedan. Además de conservar un patrimonio pictórico único, allí se encuentra la mayor colección de antigüedades existente, iniciada con el coleccionismo de los papas humanistas del renacimiento, en el siglo XV. En este siglo, el arte se transformó en la forma más sublime de divulgación y de conservación de la fe; un ideal que se tradujo en las salas y en las capillas pontificias con el lenguaje de los mayores artistas de la época.

Museos Vaticanos
Rafael Sanzio, La Escuela de Atenas, 1509-1512

Como todos los grandes museos, los Museos Vaticanos se deben visitar con criterio, es decir, haciendo una selección previa de aquellas obras que queremos ver. El intentar abarcar el museo completo, haciendo una visita pormenorizada de todas sus salas, no sólo puede resultar agotador, sino que nos puede provocar el efecto contrario al que buscamos, haciendo que llegue un momento que de puro agotamiento, nos dé lo mismo estar ante un Caravaggio que ante la puerta de los servicios. Aquí, por razones obvias de espacio y tiempo, haremos tan sólo un breve resumen con algunas de las principales obras para el visitante general.

En cuanto a la “logística”, la mejor manera de llegar hasta ellos es en metro; tomando la línea A, nos bajamos en la parada Ottaviano y caminamos por la Via Ottaviano, importante calle comercial, hasta la Piazza Risorgimento. También podemos tomar una de las numerosas líneas de autobús que conectan esta conocida plaza con diferentes puntos de la ciudad. Todo dependerá, desde luego, de la ubicación de nuestro alojamiento. Independientemente del medio de transporte que elijamos para llegar, os recomiendo que toméis, en algún momento de la semana, el tram 19, pintoresco tranvía que realiza un hermoso recorrido por la ciudad y cuyo punto de origen es la citada Piazza Risorgimento.

Una vez llegados a la plaza, podréis observar ya la muralla que rodea la ciudad del Vaticano y pegada a ésta, la larguísima cola para entrar en los Museos. Por supuesto, os recomiendo que intentéis llegar lo más temprano posible para evitar así perder la mañana. Por otra parte, la entrada a los museos es gratuita el último domingo de cada mes, pero como os podréis imaginar, la cola este día es de varias horas. Teniendo en cuenta que además dichos domingos cierran las instalaciones a las 14:00, mi recomendación es que si os interesa el arte, y estáis ilusionados ante esta visita, no elijáis este día; he visto a un señor sentarse en el suelo de la Capilla Sixtina con toda su familia mientras gritaba enfadadísimo que había hecho 3 horas de cola y que de allí no le sacaba nadie hasta que no hubiese terminado de ver la capilla por mucho que fuera la hora de cerrar. Los guardias, inmisericordes, le sacaron a empujones sin ningún tipo de contemplación.

Cortile Belvedere

La Pinacoteca Vaticana tiene sus orígenes en una colección de cuadros que bajo su pontificado Pio VI (1755-1799) hizo instalar en la actual Galería de los Tapices. Al principio la misma estaba formada por unas 100 pinturas fechadas a partir del siglo XVI, pero paulatinamente la colección se fue enriqueciendo con numerosas obras de valor, donaciones, adquisiciones, herencias. Algunas de las secciones, como la de los “primitivos” y los iconos griegos y eslavos, proceden de la Biblioteca Vaticana, de los altares de la Basílica de S. Pedro; otras son de la Pinacoteca del Palacio del Letrán, instituida en 1844.

Con el tratado de Paz de Tolentino (1797), numerosas de estas obras maestras fueron llevadas a París, pero con la caída de Napoleón en Waterloo y gracias a las directrices del Congreso de Viena de 1815 (según el cual Francia debía devolver las obras de arte sustraídas de los estados derrotados), una parte de estas piezas retornó a su patria, concretamente al apartamento Borgia de los Museos Vaticanos.

Rafael Sanzio, La Transfiguración, 1517-1520

Entre las principales obras de la Pinacoteca, encontramos el Tríptico Stefaneschi (1320), realizado en Roma por Giotto y discípulos por encargo del cardenal Jacopo Stefaneschi y destinado al altar de confesión de la antigua Basílica de S. Pedro. La obra, aunque todavía gótica (figuras planas, falta de perspectiva, fondo dorado…), muestra ya los primeros intentos de acercar la representación a la realidad, dando volumen a las figuras y aportando rasgos específicos a cada personaje, algo característico en la obra de Giotto. En la sala IV, podemos observar los ángeles músicos y cabezas de Apóstoles que conforman los restos del enorme fresco ejecutado por Melozzo da Forli que decoraba la bóveda de la Iglesia de los Santos Apóstoles, destruida en 1711.

Y pasamos a la sala VIII, que contiene algunas de las obras más importantes del pintor de Urbino, Rafael Sanzio. Además de los 10 grandes tapices tejidos en base a cartones del artista y su escuela, observamos en el centro de la sala, los tres retablos de altar en témpera sobre madera del maestro: la Coronación de la Virgen (o “Pala degli Oddi”, realizada hacia 1503, procedente de la capilla de la familia Oddi en la Iglesia de San Francisco en el Prato (Perugia), la Madonna de Foligno, (1511), llamada con este nombre después de que se la trasladara de la Iglesia de Aracoeli en Roma a la iglesia del Monasterio de Santa Ana de la Condesa de Foligno.

Por último, la Transfiguración. Comisionada por el cardenal Giulio de’Medici en 1520, es una obra representativa del período tardío de Rafael, y en mi opinión, uno de los cuadros más bellos del Renacimiento italiano (aunque algunos lo consideran precursor del posterior manierismo) . En la parte alta del cuadro, aparece Cristo transfigurado entre Moisés, Elías, Pedro, Juan y Santiago, y en el registro inferior, el episodio del encuentro entre el niño endemoniado y los apóstoles; el tema quiere transmitir que la Gracia se obtiene sólo con la Fe, aquí simbolizada en la mujer arrodillada en primer plano. Aunque la obra está divida en dos planos, éstos se encuentran estrechamente conectados por los efectos lumínicos y cromáticos. La parte alta, solemne y serena, contrasta con el torbellino de brazos y movimiento de la parte baja, violentamente iluminada por la luz que desciende desde Cristo. Inconclusa en su mitad inferior debido a la temprana muerte del maestro (a los 36 años, por una repentina enfermedad), fue terminada por su discípulo Giulio Romano.

Caravaggio, Deposición, 1602-1604

En la sala IX, encontramos el San Jerónimo de Leonardo da Vinci (c. 1480), monocromía de marrón sobre marrón, preparación de una tabla sin acabar, algo más que un esbozo que se remonta al primer período florentino del artista. Perteneciente a Angelika Kauffmann y desaparecida a comienzos del siglo XIX, fue posteriormente recuperada cortada en dos partes: la cabeza en el taller de un zapatero y el resto en un anticuario. El santo aparece arrodillado, con la cabeza inclinada hacia un lado: su cuerpo enjuto e implorante personifica la mortificación. A sus pies vemos un famélico león del que queda la huella de su cuerpo, y detrás de las figuras, la fachada de la iglesia Santa Maria Novella.

Terminamos este pequeño repaso de la pinacoteca Vaticana en la Sala XII con la Deposición de Caravaggio, una obra maestra del artista que representa uno de los principales puntos de atracción del Museo. Pintado hacia 1604 como retablo de altar de la familia Vittrice en la Iglesia de Santa Maria in Vallicela (o Chiesa Nuova en Roma), la tela ha sido objeto de estudio de muchos pintores que han retomado su tema, uno de ellos, Rubens, que nada más verla, realizó una copia para la familia Gonzaga. Se trata de una de las pocas obras del artista en las que hubo consenso con respecto a su calidad en el momento de su realización. En ella, observamos una clara influencia de Miguel Ángel (composición, figuras), del que Caravaggio era un claro admirador. Siguiendo una diagonal desde la derecha, vemos a Maria de Cleofa, la Magdalena, y la Madonna anciana, la cual tiende la mano como queriendo tocar al hijo por última vez. Depositando el cuerpo, San Juan y Nicodemo, cuyas esculturales piernas valen ya de por sí solas una visita a estos museos. Dramática es la figura de Cristo lívido y con la boca abierta, cuyo dedo central de la mano derecha indica como por casualidad la lápida de la tumba en la cual está a punto de ser enterrado, referencia clara a la “piedra angular” por él fundada y sobre la cual se sustenta la Iglesia.

Dejamos la pinacoteca y nos dirigimos al Cortile della Pigna, situado en el espacio que constituye la parte Norte del cortile del Belvedere. Bramante proyectó este enorme espacio de cerca de 300 metros que se extiende entre el palacio de Inocencio VIII (al Norte) y el Palacio Vaticano (al Sur). Los corredores que los unen son de unos 70 metros de largo, y están divididos en tres terrazas en pendiente. El cortile toma su nombre de la colosal piña de bronce colocada sobre el rellano de la escalinata de doble rampa situada delante del llamado nicchione del Bramante. La piña, obra romana hallada cerca de las Termas de Agrippa y firmada por Publio Cincio Salvio, decoraba probablemente una fuente cerca del templo de Iside y Serapide, y su punta era un surtidor de agua.

Desde el Vestíbulo Cuadrado, pasamos al Museo Pio-Cementino, el cual comprende, sobretodo, obras de escultura griega y romana. El nombre deriva del Papa Clemente XIV, a quien se debe la primera fundación en 1771, y de su sucesor Pio VI, quien enriqueció la colección de escultura del renacimiento ya existente en el Cortile Ottagono (Anticuario de las estatuas). En cuanto a las obras maestras que contiene la colección, cabe destacar los dos bellos sarcófagos de pórfido situados en la Sala de la Cruz Griega. El de la izquierda viene de Santa Constanza; el otro, decorado con escenas de batallas, fue creado para contener el cuerpo de Santa Helena, madre de Constantino.

Laoconte
El grupo escultórico del Laoconte, de datación controvertida

Entramos ya en el Cortile Ottagono, en el que se conservan algunas de las esculturas más importantes de la colección Pio-Clementina y de los Museos Vaticanos. Dentro de la misma colección, estas obras fueron reunidas en su mayoría por el papa Julio II. En las esquinas del patio se encuentran cuatro gabinetes o ambientes: de Apolo, de Laooconte, de Hermes y de Canova.

El Apolo de Belvedere que observamos es una copia romana del siglo II de un original de bronce del siglo IV. Hasta el siglo XVIII se creyó que se trataba del original griego, pero a raíz del descubrimiento de los relieves del Partenón, se corroboraron las sospechas de que se trataba de una copia romana. Atribuido al escultor Leojares, presenta al dios desnudo y armado con un arco, el cual añade determinación a su firma actitud vengadora. Su idealizada belleza ha supuesto desde su descubrimiento el máximo ejemplo de la armonía y la proporción características del arte griego clásico.

Pasamos ahora al grupo escultórico del Laocoonte. Descubierto en 1506 en los alrededores de la Domus Aurea, en su hallazgo estuvieron presentes Miguel Ángel y Giuliano da Sangallo, quienes aconsejaron su compra al papa Julio II. Debido al deteriorado estado en el que se encontró al ser desenterrado, el grupo ha sufrido numerosos e invasivos procesos de restauración que, si bien le han devuelto parte de su esplendor original, también le han restado valor filológico. La escultura muestra como el sacerdote Laocoonte lucha por librarse a sí mismo y a sus hijos de las serpientes marinas enviadas por Atenea como castigo por haberse opuesto a la entrada del caballo de madera a Troya. Si algo caracteriza al grupo del Laocoonte, además de su gran calidad técnica, es la tragedia contenida que expresa la tensión de los cuerpos y los rostros, esa terribilità que en el siglo XVIII dará al padre de la historiografía artística moderna, Johan Joachim Wincklemann, los argumentos para declarar al arte Griego clásico como el punto más alto en la evolución de la expresión artística humana y a decir cosas como: “La única manera de llegar a ser grandes, si es posible, es con la imitación de los griegos”

Después de recorrer el Museo Pio-Clementino, subimos al segundo piso y recorremos el largo pasillo, dividido en tres secciones: la Galería de los Candelabros, la Galería de los Tapices y la Galería de los Mapas Geográficos, con los mapas pintados al fresco que muestran las posesiones de la Iglesia en la década de 1580. Desde las ventanas, podemos ver los Giardini Vaticani, con una villa renacentista, la Casa de Pio IV, y a la izquierda, una poco corriente vista de la cúpula de Miguel Ángel. La Sala dell’Immacolata lleva a las Stanze di Raffaello.

Las estancias de Rafael

A ellas se accede por un estrecho corredor que parte desde el fondo de la Sala de la Inmaculada, y se denominan así por el nombre del artista que se ocupó de su decoración entre los años 1509 y 1517,  hoy creación de entre las más representativas de la pintura renacentista italiana. Construidas bajo el papado de Nicolás V y decoradas originalmente por Benedetto Bonfigli,Andrea del Castagno y Piero della Francesca; en 1508, Julio II decide retomar el proyecto decorativo y para ello escoge a varios artistas por consejo de Bramante. Uno de los artistas requeridos, será Rafael, que es llamado a acudir desde Florencia. Al observar el papa el trabajo del joven pintor, despide a los demás artistas y le encarga a él toda la decoración de las estancias.

Hay que decir que hoy en día, el sentido de la visita es contrario al original, que sería el siguiente: Estancia del Incendio del Borgo, Estancia de la Segnatura, Estancia de Heliodoro, Sala de Constatino, sala de los Novios, capilla de Nicolás V, Loggia de Rafael y regreso hasta la Estancia de Heliodoro. Este sentido del recorrido todavía se sigue en los meses de invierno o de menor afluencia de visitantes. Para nuestra descripción, seguiremos el recorrido habitual que se realiza en la actualidad, centrándonos en las salas de la Segnatura y la de Heliodoro, hoy consideradas como ejemplo del mejor trabajo de Rafael.

Estancia de Heliodoro (les.tresors.de.lys.free.fr)

Estancia de Costantino: Al pintor de Urbino, sólo le es atribuible el proyecto preliminar, ya que la sala fue terminada después de la muerte del mismo en 1524. El tema de la Sala, el triunfo del cristianismo sobre el paganismo, es atribuido al principal discípulo del maestro, Giulio Romano. En ella encontramos obras como La aparición de la cruz a Constantino o La Victoria de Constantino sobre Massenzio en el Ponte Milvio, ambas ejecutadas por Giulio Romano.

Pasamos a describir la Estancia de Heliodoro, a la cual accedemos a través de un corredor después de haber visitado la Sala de los Novios y la Capilla de Nicolás V. Decorada por Rafael entre los años 1512-14, el programa iconográfico fue muy probablemente sugerido por Julio II y se centra en el tema de la protección divina contra los enemigos externos o internos de la Iglesia. Hay que recordar que en esos momentos, el poder del papado estaba siendo seriamente cuestionado en Europa, especialmente en Francia.

En La expulsión de Heliodoro del Templo, se presenta el episodio bíblico de Heliodoro, en el que el intento de huida del joven después de robar el tesoro del Templo, se ve interrumpido por un jinete enviado divino, lo cual alude al carácter inviolable del patrimonio de la Iglesia. En esta escena, la habitual serenidad de la pintura rafaelesca, adquiere la intensidad de movimientos propia de la pintura de Historia de la época. La Liberación de San Pedro, representa el momento en el que Dios envía un ángel para liberar al Santo preso. Se trata de uno de los nocturnos más celebrados de la Historia del Arte, el cual anticipa soluciones que no veremos plenamente desarrolladas hasta la llegada de Caravaggio bastantes décadas después.

En El Encuentro de León Magno con Atila, podemos observar al fondo un paisaje de Roma, con el Coliseo, un acueducto y una basílica. En el cielo, San Pedro y San Pablo, siembran en terror en la horda de bárbaros. Por último, en La Misa de Bolsena, vemos representado el milagro que daría lugar a la festividad del Corpus Domini. En éste, un sacerdote que no creía que Cristo estuviese presente en la Eucaristía, ve como mana sangre de una hostia consagrada. Tensión dramática, gran equilibrio y armonía e intensos y conseguidos efectos de luz son algunas de las cualidades que los expertos atribuyen a esta pintura.

Pasamos a la Estancia de la Segnatura, una de las más populares, por estar decorada con frescos de Rafael mundialmente reconocidos como La escuela de Atenas. El programa iconográfico de la sala fue probablemente concebido para la primera funcionalidad que se le otorgó, la de despacho y biblioteca de Julio II, si bien más tarde terminó convirtiéndose en la sede del tribunal de la Signatura Gratiae. Así, vemos como los frescos y sus correspondientes figuras alegóricas situadas en los medallones de la bóveda, ilustran los ideales de la cultura humanista: la Disputa del Sacramento (lo Verdadero como Verdad revelada), la Escuela de Atenas (lo Verdadero como verdad natural o racional), la Jurisprudencia o Las Virtudes (como el bien) y El Parnaso (como lo bello)

Rafael Sanzio, La Escuela de Atenas, 1510-1512

Describiremos aquí únicamente, para no extendernos demasiado, la Escuela de Atenas. Representa el triunfo de la Filosofía frente al triunfo de la Teología (el cual está representado en la pared de enfrente por La Disputa del Sacramento) y en ella podemos observar una serie de pensadores, filósofos y hombres de ciencia de la antigüedad. La ambientación arquitectónica, según Vasari, está inspirada en los proyectos de Bramante para la nueva Basílica de San Pedro. Las dos figuras centrales, Platón y Aristóteles, avanzan discutiendo desde el fondo de la pintura. Platón, para el que se ha dicho que Rafael utiliza un retrato de Leonardo da Vinci, viejo y con la barba blanca, lleva en su mano izquierda el “Timeo”, mientras con la derecha señala el cielo, donde, según su filosofía, se hallan todas las cosas en su estado ideal. Para Platón, todo lo que podemos observar en la tierra con nuestros deficientes ojos humanos, no es más que una copia pobre e incompleta del modelo divino que de ellas existe en el cielo. Por su parte, Aristóteles, porta su “Ética” y señala a tierra con la mano abierta, recordándonos porqué es considerado el padre del pensamiento empírico. En la filosofía de Aristóteles, el conocimiento de lo sensible juega un papel primordial, no pudiendo llegar al conocimiento universal, más que a través del conocimiento de lo singular, modo de pensar que abrirá el camino a la investigación científica. Las actitudes y la gestualidad de estos dos personajes en la obra de Rafael nos hablan de la contraposición de sus ideas.

Entre el resto de personajes distribuidos en grupos, podemos distinguir por ejemplo, a la izquierda de los dos personaje centrales, a Sócrates, que, contando sobre sus dedos, desarrolla sus silogismos; o a Heráclito, sentado en actitud pensativa a los pies de Platón y con los rasgos de Miguel Ángel. De esta figura, que no se halla en el cartón preparatorio original, se dice que fue añadida con posterioridad por Rafael, cuando, una vez que pudo observar los frescos de la capilla Sixtina realizados por el pintor, quedó impresionado por su estilo y calidad. Así, esta figura sería su particular tributo a Miguel Ángel, lo que queda patente en el monumental físico de la misma, que tanto nos recuerda a las hercúleas figuras de los frescos de la capilla Sixtina.

Para finalizar la visita a las Estancias de Rafael, visitamos la Estancia del Incendio. Los frescos de las paredes fueron ejecutados en su mayoría por discípulos de Rafael, siguiendo los cartones y diseños del mismo. De ellos destaca El Incendio del Borgo, en el que se representa el incendio del barrio vecino al Vaticano en el año 847 y la extinción de éste por parte del papa León IV mediante la bendición a través del signo de la Cruz (asomado al balcón al fondo de la imagen).

La Capilla Sixtina (republica.com)

Como colofón a la visita de los Museos Vaticanos, tenemos la oportunidad de visitar una de las salas con mayor fama del mundo, no sólo por los cónclaves y ceremonias (incluida la de la elección del papa) de la que es sede, sino también (e incluso más), por las obras maestras que la adornan. La Capilla Sixtina está situada sobre un aula de época medieval y se divide en dos partes, una para el clero, y otra para los fieles, separadas mediante una cancela marmórea. La estructura actual, responsabilidad de Sixto IV, fue terminada en 1480, fecha en la que se encarga a un grupo de pintores representativos de Umbría y Florencia (Perugino, Ghirlandaio, Botticcelli y Cosimo Rosselli), la decoración situada en los paneles centrales de las paredes laterales. El programa iconográfico de estas pinturas se centra en la correspondencia entre las Historias de Moisés extraídas del Antiguo Testamento (pared izquierda) y las Historias de Cristo, del Nuevo Testamento (pared derecha). Se trata de grandes obras de la pintura renacentista que merecen por sí solas un estudio individual y pormenorizado.

En 1508, Julio II decidió confiar a Miguel Ángel el encargo de una nueva decoración para la superficie de la bóveda de la capilla. El artista, respetando la temática de los paneles inferiores, crea una estructura arquitectónica colosal superpuesta a la bóveda real que encuadra majestuosamente las escenas: en la faja central vemos las imágenes del Génesis y parejas de “Ignudi” (desnudos) que sostienen medallones con figuras; en el orden intermedio, sentados en tronos, alternan los Profetas y las Sibilas. En los lunetos en la cima de la pared y en las enjutas que los unen a la bóveda están representados los antepasados de Cristo y en las cuatro enjutas o “penacchi” angulares se muestran episodios relativos a la salvación del pueblo de Israel. Los desnudos representados delatan la verdadera y principal vocación de Miguel Ángel, la de escultor (esta es la primera tarea pictórica de magnitud que afronta).

En realidad, la tarea desempeñada por el pintor en la capilla es colosal; hemos de tener en cuenta que las pinturas están realizadas casi en exclusividad por él mismo, tarea que le llevó aproximadamente tres años (con una interrupción de casi un año) y sobre la que circulan leyendas como que el artista descansaba únicamente para dormir (algo que hacía en la misma sala), que durante los trabajos apenas bajó del andamio que le mantenía colgando en posición horizontal bajo la bóveda, o la que cuenta como después de meses sin quitárselas, tuvieron que arrancarle de los pies las botas de trabajo. Leyendas aparte, la calidad de los frescos de la bóveda de la capilla Sixtina es incuestionable, así como el gran estilo y originalidad que el maestro dejó como legado para los artistas de generaciones futuras.

Michelangelo
Michelangelo Buonarotti, Juicio Final, 1536-1541. Detalle

El último proyecto decorativo fue emprendido en 1536,cuando, veinticinco años después de haber terminado los frescos de la bóveda, y bajo encargo de Clemente VII (fallecido dos años antes), Miguel Ángel, que entonces tenía sesenta años, comenzó a pintar el Juicio Final sobre la pared final de la capilla. En este fresco de 200 metros cuadrados compuesto por 391 figuras, Miguel Ángel deja de lado las arquitecturas que le habían servido de base en los frescos de la bóveda, para dar paso al “caos” de figuras humanas que se enfrentan al horror del aniquilamiento del hombre. Para representar la cita bíblica, Miguel Ángel se ayuda de multitud de fuentes de inspiración, entre ellas, la Divina Comedia de Dante (Ej., Caronte como barquero de los condenados).

Desde el mismo momento de su ejecución, la obra es objeto de severas críticas (especialmente basadas en la desnudez completa de los personajes y en la actitud “castigadora” que parece adoptar Jesucristo mediante su gesticulación). Esto, unido a los convulsos momentos contrarreformísticos que se estaban viviendo, lleva a tomar la decisión de cubrir las partes del fresco que se consideraban obscenas. Este encargo lo lleva a la práctica en 1564 el pintor Daniele da Volterra, quien desde entonces será más conocido como “Il Braghettone”, en alusión a los paños con los que cubre las partes “pudorosas” de las figuras.

Se dice que el artista quiso incluir su autorretrato en la obra, éste sería visible en la piel de león que San Bartolomé sujeta en su mano izquierda. Por otra parte quizás os llame la atención la cantidad de mujeres musculosas que Miguel Ángel parecía tomar como modelos; esto no es más que el reflejo de la dificultad de encontrar modelos femeninas de desnudos para los artistas de la época, por lo que en su mayoría, terminaban tomando modelos masculinos tanto para las figuras de hombre, como para las de mujer.

Y con esto dejamos los Museos Vaticanos, eso sí, teniendo en cuenta que nos hemos dejado por el camino secciones tan importantes como el Museo Egipcio, el Museo Etrusco, el Museo Gregoriano Profano o el Museo Chiaramonti, pero como dijimos al comienzo, el intentar recorrer los museos al completo en una sola visita no es, en mi opinión, nada recomendable. A la salida, descenderemos por la monumental doble escalera en espiral creada por Giuseppe Momo en la década de 1930.

Deja un comentario