La Valeta, en Malta

El pequeño ferry serpentea bordeando los recovecos del Grand Harbour, el puerto natural que rodea la pequeña península de tierra sobre la que se yergue La Valetacapital de Malta. Desde el agua, los tonos naranjas que adquieren las centenarias piedras de los edificios al atardecer, recortadas contra el brillante azul del cielo, se me antojan la pura imagen del Mediterráneo, la fotografía que debería ir junto a su definición en un supuesto diccionario de mares.

La Valeta desde el Grand Harbour

Enfrente, en los barrios de Birgu y Senglea, curiosas construcciones detenidas en el tiempo muestran orgullosas bajo sus ventanas pequeñas líneas de prendas de colores que se secan al sol, dejando de lado cualquier tipo de pudor o respeto hacia el patrimonio arquitectónico de las islas. Aquí el espacio escasea, y los edificios se viven.

Vuelvo a dirigir la mirada hacia La Valeta, la ciudad que nació sin ningún fin estético, sino como simple construcción defensiva para proteger los puertos de Malta, tan castigados desde las primeras invasiones fenicias. Serán los Caballeros de la orden de San Juan (a partir de este momento, Caballeros de la Orden de Malta), quienes, después de ser expulsados de Rodas y gracias al permiso de Carlos V para instalarse en esta pequeña isla a 90 km al sur de Sicilia, comenzarán el proceso de construcción de la ciudad definitiva, una ciudad amurallada que les proteja de una vez por todas de los incesantes ataques de los turcos.

Pero los Caballeros de la Orden de Malta no pasaron a la historia precisamente por su austeridad, así que pronto sucumbirán a una fiebre constructiva que llevará a las islas a vivir su período más glorioso. Castillos, iglesias, hospitales, y las todavía hoy existentes Auberges, las sedes de cada una de las etnias que conformaban la orden, darán a la pequeña ciudad un carácter monumental que todavía hoy conserva.

La Valeta
Fuente de Tritón. Entrada principal a La Valeta

Ya en tierra, y situada junto a la caótica rotonda de la Fuente de Tritón que da paso a las puertas de la ciudad, me dispongo a abordar el entramado rectangular de calles con nombres ingleses (no olvidemos que los británicos fueron los últimos “inquilinos” de las islas, independientes tan sólo desde 1964). La calle principal, la Vía de la República, atraviesa el centro de la ciudad en toda su extensión. Es sábado por la tarde y centenares de jóvenes (aunque me dicen que cada vez son menos los que eligen esta parte de Malta para ver y ser vistos), recorren toda la extensión de la calle hasta llegar al mar. Una vez allí, dan media vuelta y realizan el recorrido en sentido inverso. Y así hasta que anochece y las tiendas de moda, las mismas que en cualquier otra ciudad, bajan la persiana. Entonces marchan en autobús a Saint Julians o Sliema, barrios muchos más ambientados por la noche que la vieja capital.

Al pasar les escucho hablar en maltés, ese idioma de origen semítico y fuerte influencia árabe cuajado de palabras de otros pueblos mediterráneos (o no) en contacto con Malta en algún momento de su ajetreada historia. Palabras italianas, inglesas, e incluso españolas que de vez en cuando asombran al verlas impresas en el rótulo de algún comercio centenario olvidado por la imparable globalización.

La Valeta
La Valeta con el campanario de la Co-Catedral de S. Juan y la cúpula de Ntra Sra de los Carmelitas

Callejeo evitando la Vía de la República, recorriendo angostas y empinadas calles que comienzan y terminan en el mar, como en un Manhattan napolitano salpicado de imponentes iglesias a cada paso. Intento entrar en una de ellas para sentarme un rato al fresco a leer mi libro, y la anciana de la puerta me señala un cesto lleno de pañuelos. La religión no entiende de rigores climáticos, y si quiero cumplir mi deseo, debo tomar uno de los pañuelos y ponérmelo sobre los hombros. Hay batallas que de tan peleadas pierden sentido, así que me encojo de hombros y me coloco el pañuelo. Con la edad una se vuelve práctica.

La iglesia es Nuestra Señora de los Carmelitas, construida en el siglo XVI, pero prácticamente destruida en su totalidad y vuelta a erigir después de los crueles bombardeos a los que Malta fue sometida durante la Segunda Guerra Mundial por parte del Eje debido, una vez más, a su posición estratégica en el Mediterráneo. Hoy la cúpula de la iglesia domina el perfil de la ciudad vista desde el mar y supera en varios metros al campanario de la Co-Catedral de San Juan Bautista, la catedral anglicana en la ciudad y mi próxima parada.

De ella no me interesa el chocante contraste entre la austeridad exterior de su fachada y la suntuosidad interior, con sus paredes esculpidas y sus bóvedas pintadas, sino la obra maestra que conserva en su oratorio. El saber que te la vas a encontrar allí no disminuye el efecto que provoca, colgada al fondo de la sala. Es la “Decapitación de San Juan Bautista” de Caravaggio, cuyos personajes emergen de entre las sombras como iluminados por un potente y preciso haz de luz.

Caravaggio
Michelangelo Caravaggio, Decapitación de San Juan Bautista, 1608

Poco se sabe de la estancia del artista en la isla, más allá de que fue contratado como pintor por la Orden e incluso propuesto como miembro de la misma, antes de que de nuevo su carácter belicoso le llevase a meterse en problemas y a ser expulsado en 1608 por “faltas a la moral y ser miembro non grato“. En cualquier caso la obra, además de ser la única firmada por Caravaggio, muestra el dominio que el maestro había alcanzado en la técnica del claroscuro a la edad de 37 años. Dominio que no llegará mucho más lejos de lo que refleja esta obra, ya que Caravaggio morirá tan sólo dos años después en Porto Ércole.

De camino hacia la salida de la ciudad cruzo Strait Street, o “the gut” (el intestino), como los marineros ingleses solían llamar a esta calle. Algunos carteles olvidados recuerdan las actividades licenciosas de los locales que ocupaban la antaño calle más transitada por los hombres de mar después de la puesta del sol.

En contraste, el magnífico Palacio del Gran Maestre en Vía de la República, o las diferentes Auberges, como la de Provenza o la de Castilla, indican la importancia de la reutilización de espacios en un lugar tan densamente poblado como Malta (el primero de Europa) y al mismo tiempo tan cargado de historia.

Cae el sol y apenas queda nadie por las calles. La pequeña ciudad de La Valeta se dispone a dejar el protagonismo de la noche a otros barrios más modernos y menos cansados. Ella, satisfecha, ya ha tenido bastante.

 

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