La identidad de la Plaza Mayor de Madrid

Souvenirs Plaza Mayor Madrid
Tienda de souvenirs en Plaza Mayor

¿Qué es que lo hace a un buen observador?, ¿Es la habilidad para ver los pequeños detalles que pasan desapercibidos para la mayoría de la gente?, ¿o es quizás la capacidad de saber interpretar a las personas y los lugares que las rodean a través de estos detalles?.

Quizás el mejor lugar para acudir en busca de la identidad de los madrileños no sea la Plaza Mayor, sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría de sus visitantes son turistas… ¿o quizás sí? En cualquier caso, es todo un reto.

Entro a la plaza por la calle Gerona y lo primero que llama mi atención es lo animada que está. La previsión del tiempo era de viento y lluvia, por lo que esperaba encontrarme con un escenario inhóspito y gris. Un punto de partida desde el que poder explotar al máximo mi vena melancólica. Pero había subestimado la determinación y resiliencia (palabra muy de moda) de turistas y locales. Como decía aquél, la plaza estaba abarrotá.

Recorro los soportales y evoco el tiempo en el que lo que hoy es el espacio arquitectónico más representativo de la Casa Real de los Austrias en Madrid, era un descampado en los arrabales de la ciudad. Un pedazo de tierra en el que se apostaban los vendedores que llegaban de Toledo, mucho mejor preparada que Madrid para abastecer a las masas, para vender sus mercancías.

Plaza Mayor Madrid
Plaza Mayor Madrid

Los vendedores siguieron llegando a través de los siglos, pero ya no a un descampado, sino a la majestuosa plaza que Felipe II había ideado con la intención de dotar del esplendor propio de la capital de un imperio a una ciudad que por aquel entonces era poco más que un pueblo. Con el tiempo la plaza se convierte en testigo de la vida y costumbres del pueblo madrileño: corridas de toros, tribunales de la Santa Inquisición (con sus consabidos desenlaces), representaciones teatrales y sobre todo, espacio para vendedores de todo tipo de mercancía que, de manera ambulante primero y estableciéndose permanentemente después, encuentran allí un punto clave para el funcionamiento de sus negocios.

Pero, ¿qué queda de todo esto? Apenas un mercadillo navideño Made in China y un reducido grupo de comerciantes atrincherados bajo los soportales, pertenecientes a un mundo que se apaga, que se marcha cantando bajito cansado de esperar a que se nos pase la tontuna.

Sombrererías como Casa Yustas, con el escaparate repleto de bolsos de Tous, aguerridos filatélicos como los de la calle Felipe III o Arias en la propia plaza, o incluso charcuteros como Casa Bartolomé Carnes, en la calle de la Sal desde 1837 (en donde según me dice el dependiente, no se vende embutido al corte desde hace por lo menos 10 años, sino únicamente bocadillos de jamón serrano), son los únicos supervivientes de una especie que ya nos dice adiós con la mano.

Plaza Mayor Madrid
Habitantes de la Plaza Mayor

Les sustituirán tiendas de souvenirs, guías de free tours bajo coloridos paraguas, bocatas de calamares y terroríficos personajes que ofrecen su imagen por 1€. El turista y su circunstancia han invadido la Plaza Mayor… y nosotros nos preguntamos si todavía podemos encontrarnos en la mirada de esos turistas que acuden a ella buscando la identidad madrileña.

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Miro hacia arriba y veo una chica de pie en un balcón. Tiene un pie sobre una silla y una toalla verde en la cabeza. No sé por qué, me hace acordarme de La Calderona, la amante de Felipe IV a la que se le concedió un balcón en la plaza para poder presenciar los espectáculos, con el consiguiente y comprensible cabreo monumental de la reina. Un chico entra (o mejor dicho sale) a escena y le pone la mano sobre un hombro. Se miran y se dan un beso veloz. Veloz porque no me ha dado tiempo a sacar la cámara. Cuando vuelvo a mirar, han desaparecido.

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