Galería Doria-Pamphilj en Roma

Existe un lugar en Roma…

Plaza Vittorio Emanuele
Tráfico en Piazza Vittorio Emanuele

Está en plena via del Corso, a medio camino entre el tráfico endemoniado de la piazza Vittorio Emmanuelle y la espiritual monumentalidad de la piazza del Popolo. Un lugar detenido en el tiempo, con una puerta principal desde la que salir o entrar sin mirar puede suponer un atropello mortal (por vehículo a ruedas o por romano apresurado) y una puerta trasera que da a una de las plazas más tranquilas y encantadoras de toda la ciudad, la piazza del Colegio Romano. Un lugar en el que las obras de Caravaggio, Velázquez, Guercino o Brueghel, conviven con los teléfonos móviles, agendas y novelas de bolsillo de la familia que todavía habita sus estancias. Sin ninguna duda, un lugar como la Galería Doria-Pamphilj, sólo podía existir en Roma.

Cruzo el umbral de su puerta principal, la que da a via del Corso y con ese simple gesto, he cambiado de siglo. Paz, silencio. A mi derecha una pequeña taquilla ocupada por una señora sonriente me mira como si me estuviesen esperando para comenzar una función. Aparte de nosotras dos y una pareja de turistas que consultan su guía sentados en uno de los bancos del cortile central, no se ve a nadie más por allí.

Me acerco a la taquillera y le pido una entrada. “Dodici euro”, me dice. “No está mal”, pienso. La baja afluencia no les ha hecho perder un ápice de confianza en el valor de lo que ofrecen al visitante. Pago los 12€ sin darle más vueltas. Sé que no me voy a arrepentir. Al fin y al cabo la casa-museo alrededor de la vida de la familia Doria-Pamphilj y de la colección de arte que ésta reunió a lo largo de su historia, es uno de los palacios romanos del siglo XVII mejor conservados, así como la pinacoteca privada más importante de la ciudad. Además del morbo que produce visitar un palacio de estas características que todavía sigue habitado por la familia propietaria.

Busto Olimpia Maidalchini, 1646

El palacio, que se comenzó a construir a principios del siglo XVI, tuvo varios propietarios hasta que en 1601 lo adquirió el Cardenal Pietro Aldobrandini, cuya única heredera, Olimpia, contrajo matrimonio en 1647 con Camilo Pamphilj, estableciendo la conexión con la familia que dará nombre al palacio hasta el día de hoy. La pareja de recién casados se estableció rápidamente en las dependencias del palacio del Corso, comenzando casi inmediatamente las obras de ampliación del mismo, que consistirán en una serie de antecámaras y pequeñas salas como preludio a la galería principal, que constituía el núcleo original.

Estas son las salas que se encuentran ahora mismo ante mí y por las que se inicia la visita.

En primer lugar me encuentro con el Salón Poussin, dedicado enteramente al paisaje romano del siglo XVII. Casi todas las pinturas en esta sala son de Gaspard Dughet, apodado Poussin por su parentesco con éste. Se trataba de uno de los artistas preferidos de la familia en aquel momento, al que se le encargó una serie de pinturas para este salón. Viendo la disposición de las obras en los muros, ocupando cada centímetro cuadrado de pared, pienso en lo mucho que ha cambiado la museografía moderna, y en cómo nos hemos acostumbrado a que cada obra de arte tenga su espacio vacío alrededor para poder disfrutarla en su unicidad. En la Galería Doria-Pamhilj las obras se disfrutan tal cual las dejaron sus propietarios y como era costumbre antes del nacimientos de los museos modernos, es decir, pegadas las unas a las otras (a pesar de que la ubicación de algunas ha variado con el tiempo, se ha logrado devolver la del siglo XIX gracias a un manuscrito conservado en el Archivo Doria en el que se ofrece una minuciosa descripción de los cuadros expuestos en las salas acompañada de un plano de cada ambiente con el levantamiento exacto de los muros).

Palazzo Pamphilij en via del Corso
Palazzo Pamphilij en via del Corso

Paso por la recargada Sala dei Velluti, llamada así por los tapices genoveses del siglo XVIII que cubren por completo sus paredes y avanzo atravesando la gran Sala de Baile y la Capilla, hasta llegar al núcleo del edificio, la galería central del palacio. Cuatro impresionantes alas construidas en torno a un patio central de las cuales tres, se dedicaron a albergar la colección de pintura de la familia. La cuarta, la que da a la via del Corso, se destinó a Galería de Espejos.

Comienzo a recorrer la galería e inmediatamente me topo con lo mejor de la pintura italiana del siglo XVII. Claude Lorrain, Guercino, Lanfranco, y como no, las Lunetas Aldobrandini, encargadas por el cardenal Pietro Aldobrandini a Annibale Carracci para decorar la capilla del palacio familiar. Pero lo que llama mi atención es una pequeña abertura en la pared, un discreto acceso que da a una pequeña sala en la que se halla la joya de la corona, la obra más importante de la colección: el retrato del papa Inocencio X realizado por Velázquez durante su segunda estancia en Roma (1649-1650).

Diego Velázquez, Inocencio X
Diego Velázquez, Retrato Inocencio X, 1649-1650

Cualquiera que haya visto esta obra maestra del retrato sabrá que intentar describirla es una tarea ingrata. Nada de lo que se haya dicho o escrito sobre ella sustituye la impresión que produce la total falta de idealización del personaje (tan común en las prácticas de los pintores del momento), y la capacidad de captación de la psicología y el alma del retratado que tuvo Velázquez con esta obra. Por algo el papa Inocencio, al presentársele el cuadro, exclamó: “Troppo vero!” (demasiado real). Justo a su lado, un busto del mismo hombre, pero esta vez idealizado y ennoblecido por Bernini, evidencia todavía más si cabe las extraordinarias habilidades del pintor sevillano.

Atravieso la disposición alterna de espejos, marcos dorados, esculturas antiguas y frescos dedicados a la mitología griega de la Galería de los Espejos, y abandono la galería central momentáneamente para adentrarme en una serie de estancias cuyas obras han sido ubicadas cronológicamente. Los siglos XV, XVI y XVII se encuentran inmejorablemente representados aquí por artistas como Hans Memling, Rafael, Tiziano o Caravaggio, es decir, lo mejor de la pintura italiana… y todo ello sin haberme cruzado con más de una docena de personas…

Galería Doria Pamphilij
Tercer brazo de la Galería Central

Regreso a la galería por su tercer brazo, y después de disfrutar de Correggio, Bassano y Brueghel el Viejo, me vuelvo a desviar parar entrar en la parte renacentista del palacio, aquella que constituía la antigua galería cuando se comenzó a construir. Hoy está reservada a cuadros de grandes dimensiones, esculturas, relieves antiguos, que van desde época arcaica a la tardo imperial, provenientes en gran parte del jardín de la Villa Pamphilj.

Cierro el recorrido por el cuarto brazo de la galería, desde el cual se divisan una serie de estancias con salones anexos que se suceden en línea hasta llegar de nuevo a la piazza del Colegio Romano, área del palacio desde la que inicié la visita. Son los “appartamenti”: la sala del trono, la sala azul, el salón de los terciopelos, la salita verde, y la salita amarilla. Todos ellos decorados con diferentes estilos y abiertos al visitante.

Es allí, en los appartamenti, donde se pueden encontrar las huellas de los habitantes del palacio. Unas gafas de leer en una mesita de noche, un teléfono de red fija detrás de un reloj antiguo… imposible no imaginar a los actuales miembros de la familia Doria-Pamphilj recorriendo estas estancias al anochecer, cuando los visitantes curiosos se han marchado y el ruido del intenso tráfico de la via del Corso no es más que un murmullo tras los muros del palacio en el que rastrear las huellas de sus gloriosos antepasados romanos.

Palacio Doria-Pamphilij: http://www.doriapamphilj.it/roma/ 

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