La Colección Frick en Manhattan

Durante el mes que pasé en Nueva York, hace ya algunos años, me hice una detallada planificación de todos los museos que quería ver y los momentos, entre clases y demás, que tenía para visitarlos. Por supuesto, no podían faltar los grandes, el Metropolitan, el MoMA, el Guggenheim… pero con sólo echar un vistazo a cualquier guía de la ciudad, era fácil darse cuenta de que más allá de estos grandes hitos, Nueva York tenía mucho más que ofrecer en materia museística. Fue años más tarde, en un viaje posterior en el que ya partía con más información, cuando hice de la visita a la Frick Collection uno de mis objetivos de mi estancia en la ciudad.

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Mr. Henry Clay Frick

Mr. Frick forma parte de ese reducido grupo de inmensas fortunas que a principios del siglo XX, contribuyeron a convertir la ciudad de Nueva York en lo que es hoy. Y de todos ellos (Rockefeller, Carnegie….) quizás sea el más odiado, y con razón. Parece que hoy no cabe duda de que los métodos empleados por este implacable magnate del carbón y el acero para enriquecerse, provocaron sufirmiento e injusticia a partes iguales.

Independientemente de sus prácticas poco o nada éticas en el ámbito de los negocios, Mr. Frick tenía otra pasión: el coleccionismo de obras de arte y, todo hay que decirlo, sus adquisiciones respondían a un gusto excelente. De esta manera, el magnate dejó un legado de alrededor de 1.100 obras (entre escultura, artes decorativas, dibujos, grabados y muebles), que van desde el Renacimiento al siglo XIX. Todas ellas forman hoy la Frick Collection, una de las colecciones de arte privadas más importantes no sólo de EEUU, sino del mundo entero, que además recibe nada más y nada menos que alrededor de 300.000 visitas al año.

Después de caminar casi 40 calles (siempre planifico los paseos por encima de mis posibilidades), llego al edificio que la contiene, una mansión de inicios del siglo XX en la zona rica de Manhattan, East Central Park. Un majestuoso jardín presidido por 3 árboles de magnolia la separa del bullicioso tráfico de la 5ª avenida, aunque en este punto la mítica calle ya se ha convertido en un tranquilo barrio residencial de amplias aceras y porteros uniformados. Museo por deseo de él desde la muerte de su esposa, Adelaide Howard Childs Frick, en 1931, la mansión ha sufrido una serie de reformas, entre cuyos cambios más significativos han estado la adición de la Oval room y East Gallery y la adaptación del Garden court para la exposición de piezas de escultura y artes decorativas.

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Garden Court, en la mansión Frick

Lo primero que hago al entrar, (después de seguir las estrictas normas de seguridad), es dirigirme al denominado Garden Court, un tranquilo patio interior al estilo de un atrio romano, para descansar después de la caminata. Normalmente, este lugar corresponde al final del recorrido, pero mi cansancio y el relajante borboteo del agua de la fuente central, me invitaron a romper el sentido tradicional de la visita y comenzar por aquí, para dirigirme después, de una manera un tanto aleatoria, a las salas que me resultaran más interesantes. Como siempre que hago cuando visito una gran colección de arte, mi intención es la de detenerme sólo en algunas de sus piezas sin intentar abarcar la totalidad de las obras. Para ello, no suelo seguir ningún criterio más allá de mi propio gusto. Por otra parte, las obras se encuentran ordenadas sin orden cronológico ni de país de procedencia, siguiendo únicamente criterios estéticos, por lo que quién soy yo para contradecir a los profesionales de la museología y poner orden donde no se necesita.

Miro a mi alrededor e imagino el atrio en sus orígenes, cuando estaba abierto y circulaban por él los automóviles, antes de que sufriera las transformaciones necesarias para convertir una residencia privada en un museo (privado también) y descubro que, afortunadamente, muchos de los elementos originales continuan inalterados. Varios pares de columnas rodean la fuente central, en la que campan a sus anchas unas cuantas ranas y la vegetación, que según me cuentan varía en cada estación, le termina de dar el equilibrio entre lo majestuoso y lo acogedor. Una puerta en el lado este, lo comunica con la Sala de música, en la que a lo largo de la historia de la institución, se han ofrecido numerosos conciertos y conferencias de los más prestigiosos profesionales de cada ámbito. Me senté. Proyectaban un vídeo de la historia de Frick, o por lo menos de aquella parte que se puede contar.

De allí me dirigí por la puerta norte hacia la East Gallery, fruto de la remodelación llevada a cabo por el arquitecto Russel Pope. En el acceso, un arco de medio punto y pilastras jónicas sujetando una entabladura que se extiende recorriendo todo el perímetro de la sala, reafirman la arquitectura neoclásica de la casa. Goya, Joshua Reynolds, y Chardin, (con un curioso trabajo que incluye figuras humanas), entre otros, contribuyen con sus obras a conformar la decoración de esta impresionante sala. Recorro la habitación con la vista y me acerco a un diminuto cuadro situado en la pared sur.

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Camille Corot, El Arco de Constantino y el Foro, 1843

Adoro a Corot, especialmente aquella parte de su obra que corresponde a cualquiera de sus tres viajes a Italia. En esta obra, El Arco de Constantino y el Foro, pintada en 1843, durante el último de esos tres viajes, el pintor escoge un tema frecuentemente reproducido por los artistas de toda Europa que acudían a la ciudad eterna en busca de las huellas de los antiguos. En el caso de Corot, las formas reconocibles del foro romano con el campanile del palazzo Senatorio en el Campidoglio al fondo, se ven reducidas a casi un bosquejo, a esperas de ser completadas y detalladas en el estudio. Afortunadamente este momento no llegó nunca, y hoy estos pequeños apuntes son valorados como obras de arte en sí mismas por su capacidad de transmitir tanto con tan poco.

Quizás sea porque estoy completa e irremediablemente enamorada de Roma, pero para mí, el artista francés consigue reproducir la belleza inalterable y eterna del lugar, valiéndose de recursos aparentemente simples pero tan difíciles de dominar como el que le ofrecen los últimos rayos de sol de la tarde sobre las piedras milenarias.

Continúo con mi recorrido al revés y llego a la Oval room. Leo que era su despacho, y que se modificó completamente con la última reforma. Giro 360º sobre mis pies y me detengo frente a la única obra que no es de Van Dyck. Un retrato para el que se ha reservado un posición de honor, flanqueado por columnas, sobre fondo de madera que difiere del fondo gris de las paredes del resto de la sala. Es el Retrato de Felipe IV que realiza Velázquez en 1644. Una de las obras maestras de la colección y envidia de todas las instituciones españolas de arte, públicas y privadas, ya que se trata del único retrato que el artista pintó del rey en toda la década de los 40.

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Diego de Silva y Velázquez, Retrato de Carlos IV en Fraga, 1644

Ese año, el de 1944, un Felipe IV no muy sobrado en victorias militares, gana una importante batalla contra los franceses en Lérida. Debía estar la cosa ya bastante clara desde el principio, porque el rey se lleva a Velázquez, como pintor de corte que era, para que le retrate en conmemoración. El retrato se realiza en apenas 4 o 5 días por lo que, independietemente de todo lo demás, la obra es en sí misma una proeza técnica y una demostración de virtuosismo por lo detallado de la vestimenta del modelo. Pero es que más allá de todos los brillos y contrastes, lo que Velázquez consigue plasmar sobre el lienzo, es el momento vital del monarca. Un momento en el que su rostro comenzaba a reflejar los sinsabores y las decepciones de la vida en general, y de su posición en particular. El rey cada vez se deja retratar menos (y así continuará durante esa década y la siguiente), algo que hace esta obra todavía más especial si cabe.

No es de extrañar tampoco que se decidiera colocar rodeado de obras de Van Dyck, otro de los grandes retratistas del siglo XVII, ya que uno de los mayores estudiosos de Velázquez, el hispanista estadounidense Jonathan Brown, establece fuertes conexiones entre los dos, llegando a afirmar que el pintor se inspiró para este retrato, en otro del famoso pintor flamenco, en concreto el que hizo para el Cardenal-Infante Fernando de Austria.

Abandono la pequeña sala oval y me dirijo a la Galería Oeste, la principal del edificio y en la que se encuentran algunas de las obras más celebradas de la colección. Concebida desde sus orígenes como galería de arte y con unas dimensiones de 29 x 10 x 6 metros, la sala tiene la grandeza de un templo romano acentuado por el pesado entablamiento, el elaborado artesonado y el uso extenso de mármol. Por lo visto, fue una de las favoritas de Mr. Frick, por lo que la seleccionó para mostrar su ya conocida colección a sus invitados. Leo que, dejando a un lado los cambios llevados a cabo en línea con las nuevas costumbres museográficas (como por ejemplo la costumbre de llenar completamente el espacio de la pared con obras), la maypría de cuadros que vemos en la actualidad en esta sala, estuvieron en ella desde la apertura de la misma: Turner, Frans Hals, Claude Lorrain, Georges de la Tour, Constable, Vermeer, Bronzino, Corot… la colección de nombres es impresionante.

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Rembrandt Van Rijn, Autorretrato, 1658

Como siempre, paseo la vista para seleccionar a dónde quiero dirigirme, pero una vez más, la elección es complicada. Al final me decido por la mirada cargada de significado de uno de los mayores pintores del siglo XVII, un hombre que hizo del autorretrato, una manera de escribir su biografía. Rembrandt está cansado. Sólo tiene 52 años, pero la magnificencia de su extraña y atemporal vestimenta contrasta con unos hombros caídos que le restan prestancia, que la sujetan a duras penas, y con la expresion de su mirada, ya desencantada. La enfermedad, los problemas económicos y familiares han dejado huella en un hombre que lo ha vivido todo, y que ha tenido que aprender cómo se pasa de lo más alto a lo más bajo, sin poder tener ni siquera el alivio de tirar del todo la toalla. Pero no todo está perdido, unas enormes manos que parecen a punto de dejar caer un bastón que seguro en otro tiempo agarraran con firmeza, nos indican lo que el artista fue y sigue siendo capaz de hacer con ellas.

En el folleto que me han dado en la entrada, pone que de sus muchos autorretratos de Rembrandt, este es quizás el definitivo, no sólo por sus íntimas revelaciones de sí mismo, sino también por su magnificencia técnica. Parece que el artista pudo haber mezclado polvo de joyas con los pigmentos utilizados, con la intención de otorgar suntuosidad y brillo a su figura. Algo que contrasta enormemente con la sensación de derrota que transmite todo su cuerpo.

¿Cómo se observa uno de esa manera a sí mismo?, ¿de qué manera te pones enfrente del espejo y después de reconocer todo lo que no fue, sacas el valor de dejarlo plasmado en pintura para que todo el mundo sepa cómo te ves a tí mismo? A pesar de que haya muchos expertos que defiendan que lo que realmente debe importarnos al mirar un cuadro es la obra en sí misma, para mí la manera de ver la vida de estos hombres y mujeres siempre será una fuente inagotable de interés y una manera maravillosa de estudiar y comprender al ser humano.

El lado este de la galería desemboca en la sala más pequeña del museo, la Enamels Room o Sala de los Esmaltes, pero antes, una puerta flanqueada por dos grandes composiciones de Paolo Veronese, nos anticipa que entramos en territorio italiano. Originalmente diseñada como estudio para el señor de la casa, fue convertida en galería en 1917, después de que Mr. Frick adquiriera del legado de J.P. Morgan una de las mejores colecciones del mundo de esmaltes de Limoge. Ya en la década de los 30, la sala se reconfigura de nuevo para incluir una creciente colección de pinturas italianas.

Además de los esmaltes de limoge, acompañados por la decoración en tonos semejantes a gemas y superficies de oro resplandeciente, los bronces renacentistas, y las piezas de cerámica, aquí reinan Piero della Francesca (uno de los pocos lienzos que hay de este artista que hay en EEUU), Gentile da Fabriano y Ducio di Buoninsegna, o lo que es lo mismo, algunos de los artistas más importantes de la Italia de los siglos XIV y XV. Me detengo ante una pequeña tabla de Cimabue, la obra más antigua de la sala (ca 1280).

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Ceni di Pepo Cimabue, La Flagelación de Cristo, ca. 1280

La flagelación de Cristo representa uno de los últimos momentos de la vida de Jesús. Indefenso, tolera los latigazos de los guardias romanos que le envían a la muerte. Pero el artista no nos permite ser meros espectadores de la escena, sino que nos obliga a involucrarnos haciendo uso de la mirada directa de Cristo y el uso de una perspectiva que coloca a los tres personajes prácticamente en nuestro espacio. El sufrimiento es detallado a través de la contorsión de las figuras y la expresión humilde y a la vez interpeladora de Cristo.

Resulta prácticamente imposible imaginarnos, desde nuestra mente del siglo XXI bombardeada constantemente con imágenes de todo tipo, la fuerte impresión que una escena de este tipo, con este grado de realismo, podía causar en los espectadores del siglo XIII, acostrumbrados a la idealización de las figuras. Y precisamente ese era su propósito, hacernos meditar acerca del gran sacrificio y el sufrimiento al que Jesús se sometió por nuestra culpa. Controlar las conciencias siempre ha sido una efectiva manera de coartar la libertad de los hombres y mujeres, y el arte ha sido una herramienta útil para tal efecto. A pesar de ello, la obra desprende una gran espiritualidad, pero más que por el contenido del mensaje, porque establece una conexión directa entre el espectador (yo en este caso) y una persona que dejó un mensaje sobre madera en algún punto situado hace más de 730 años. Por otra parte, parece ser que la confirmación de la autoría de la obra, en duda durante algunas décadas ayudó a situar y valorar el talento de Cimabue, en gran parte desconocido hasta el momento, debido a la escasez de pinturas de su autoría.

Regreso sobre mis pasos por la Galería Oeste y después de atravesar el Hall Norte, entro en la Biblioteca. Presidida por un retrato de Mr. Frick del pintor americano de origen danés John C. Johanson, recrea un gran interior inglés del siglo XVIII, con las estanterías hasta la altura de la cintura para poder exhibir obras de arte en la parte superior. Pinturas británicas, porcelanas chinas, esculturas italianas de bronce… componen el rico legado que decora la estancia. En mi folleto leo que Mr. Frick era un ávido lector. Historia, arte y literatura… parece ser que en algún momento dijo: “aquéllos que no leen retroceden en lugar de avanzar”, frase que los responsables del departamento de difusión del museo consideran digna de dejar reflejada en el material promocional. A mí esta frase pronunciada por una persona que cometió semejantes atrocidades en vida como las que cometió el Sr. Frick, sólo me indica que por muy bueno que sea, leer no hace milagros. En cuanto a los cuadros, retratos de Sir Thomas Lawrence, Thomas Gainsborough o Sir Joshua Reynolds y paisajes de John Constable o William Turner terminan de confirmar el carácter decididamente inglés que se le dio a la estancia.

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Tiziano Vecellio, Retrato de hombre con sombrero rojo, 1510

De la libería paso directamente al comedor, una habitación con una atmósfera austera y algunos de los retratos más intensos de la colección (y de todo el siglo XVI). En un lado, la sólida figura del San Jerónimo de El Greco, que con expresión intensa y espiritual, se deja acompañar por dos retratos de Hans Holbein (Sir Thomas More, 1527 y Thomas Cromwell, 1532-1533). Al otro, un Bellini (San Francisco en el desierto, 1476-78), se encuentra flanqueado por dos retratos de Tiziano (Retrato de hombre con sombrero rojo, 1510 y Pietro Aretino, 1537). Casi nada. El Sr. Frick consigue reunir en unos pocos metros algunas de las obras más importantes de los grandes maestros del retrato psicológico del siglo XVI, poniendo de esta manera frente a frente, pero en completa armonía, a dos escuelas tan diferentes como la alemana y la veneciana. La estancia, como todas las demás, está absolutamente abarrotada de objetos tan valiosos que de por sí, podían constituir un museo de artes decorativas. El rojo del hábito que viste el San Jerónimo de El Greco, hace juego con la rica alfombra.

Empiezo a acusar la sobreexposición a tanta obra maestra, así que atravieso la alegre sala dedicada a Fragonard y decorada con pinturas murales, muebles franceses y porcelana de Sévres, sin detenerme (tampoco es que esta época del arte francés me entusiasme demasiado), y me al Hall Sur, donde me encuentro con uno de los tres Vermeer que tiene la colección. Sí, aquí todo son palabras mayores. Se trata de Oficial y chica sonriente, pintada en 1657 y hoy considerada una de las mejores obras del pintor holandés. De nuevo hay que alabarle el gusto al que fuera dueño de la colección, ya que en el momento de adquisición de estas obras, Vermeer no era el fenómeno de masas que es hoy (especialmente en EEUU), sino que el maestro holandés preferido por los aficionados al arte, era Rembrandt. Actualmente estas obras son consideradas como la cumbre de las escenas de género tan propias del arte de estas tierras y su valor es prácticamente incalculable.

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Johannes Vermeer, Oficial y mujer sonriendo, 1657

En la escena, que presenta todos los componentes de un Vermeer clásico, todo es orden y tranquila armonía (todo lo contrario que los apasionados arrebatos de Rembrandt). Un hombre y una mujer comparten un agradable momento del que nosotros, desde la puerta y sin ser vistos, somos testigos. Rápidamente nos preguntamos, ¿qué sucede?, ¿de qué hablan?. Nos gustaría saber quiénes son, cuál es el asunto que le mantiene sentados frente a frente en la mesa de esa habitación bañada por la suave luz que entra por la ventana. Enseguida nos damos cuenta de que precisamente esta luz no es un elemento más del cuadro, sino que el artista decide concederle una rara importancia. La luz marca cada detalla de la estancia, de las ropas, del mapa de Holanda colgado en la pared del fondo. También se diluye en algunas zonas, creando sombras como las de la sonrisa de la cara de la mujer y un marcado contraste con la oscuridad del hombre que además está de espaldas. Y es que una vez más, este recurso es utilizado por un artista para contarnos una historia cuyo contenido apenas importa, porque como todas las cosas bañadas por el sol, será barrida con el paso del tiempo.

Salgo del tranquilo palacio de la familia Frick y me encuentro con el ajetreo de la 5º Avenida. Es la noche de Halloween, por lo que por todos lados se ven personas apresuradas en hacer las últimas compras e ir a recoger a los niños para comenzar con las celebraciones. Un grupo de niñas disfrazadas de hadas se arremolina alrededor de un par de chicas que reparten caramelos junto a Central Park y la ciudad tiene un aire de festividad que no noté hace un par de horas, cuando entré en el museo.

 

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