De Bangkok enamorado. Por Rubén Rodríguez

En los últimos años se ha impuesto una moda que todos los que amamos viajar conocemos bien, es la moda de “colocar la banderita” y todos, mal que nos pese, hemos caído en ella en mayor o menor medida. Con esta expresión me refiero al hábito que hemos adquirido de visitar países y ciudades de manera tan fugaz y superficial que parece que lo que estuviésemos buscando es tacharlos en nuestro particular mapa de lugares “conquistados”, sin apenas habernos adentrado verdaderamente en el destino.

Yo misma, no lo voy a negar, me he sentido en algunos de mis viajes como una “turista fugaz”, visitando los principales puntos destacados en las guías de viaje y corriendo de un lado para otro intentado abarcar en dos días lo que seguramente habría necesitado de mucho más tiempo para no sólo ver, sino también comprender.

Es por eso que en esta ocasión, he invitado al blog a un verdadero conocedor del destino sobre el que acabo de escribir las últimas entradas: Tailandia, y en particular, Bangkok. Se trata de Rubén Rodríguez, un viajero que aterrizó por primera vez en esta ciudad en 2002 y que desde entonces no ha dejado de aprovechar cada ocasión que se le presentaba, para regresar a ella. Los lazos entre Rubén y Bangkok son, por muchas y variadas razones, indestructibles. Aquí van su relato e imágenes, espero que los disfrutéis:

“No esperes, pertinaz viajero recién llegaCrw_2869do a Bangkok, encontrar en estas letras un relato de viajes al uso. No encontrarás datos precisos, ni rutas prefabricadas. No obtendrás de este pobre discurso ni eruditos conocimientos artísticos, ni cultas exposiciones históricas. Considérate, amigo viajero, advertido desde ahora de la naturaleza del que te va acompañar en tu periplo. Un irredento amante de la ciudad, quien como cualquier enamorado hará de su amada una descripción subjetiva, dictada más por el corazón que por el raciocinio. Será ésta pues, una narración pasional que acentuará atractivos y virtudes e intentará soslayar defectos; y aun cuando éstos fueran evidentes, tendrá para ellos una benévola justificación.

Acabas de llegar a Bangkok, como yo años atrás. La expectación y tus ansias de aventura se han impuesto al sueño y a la “caraja” del interminable vuelo en clase turista. Te has conformado con una ducha y guía de viajes en ristre, te dispones a “patear” la calle. Quieres, impenitente viajero, estrujar lo más posible las apenas dos jornadas que prevés dedicar a Bangkok, antes de partir hacia la costa, el Norte o las islas. Bangkok es descarada, pero no fácil. Así que me vas a permitir, azaroso viajero, que intente deshilvanar tus planes. Verás, si te dejas persuadir, que poco son unos días más, para lo mucho que Bangkok te ofrece.

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Bangkok no te resultará bella a primera vista. No tiene ese atractivo que te obligar a volver la cabeza, a mirarla insistente. Es algo desgarbada, pero se mueve con gracia en un halo de inexplicable magnetismo. Algo hay en ella, pronto lo verás, inolvidable, seductor, hipnótico…

La multitudinaria, Bangkok acoge doce millones de almas. Son esas almas moradoras de Bangkok, de educación gentil, amables y de risa fácil. Son respetuosos y de ademanes suaves. Amigables y hospitalarios son, sin embargo, reservados. Poco dados a las confidencias y al chismorreo, ambos reservados solo a sus más cercanos círculos. Son tolerantes y esperan que lo sean con ellos. Asumen sus defectos y errores, pero odian que se los señalen.  Prefieren ignorar a reprender. Gustan de bromear y son dados a la alegría y al festejo. Algo despreocupados, su pensamiento rara vez conjuga el Futuro. Pulcros y cuidadosos con su aspecto, aprecian que también lo sea el visitante. Son celosos de sus tradiciones, las practican con asiduidad y adoptan fácilmente las del extranjero. Mitómanos y un ápice ilusos, son casi ingenuamente supersticiosos y algo crédulos. Un poco chovinistas, profesan un amor reverencial a su país, a su bandera y a su rey. Son, en la forma, respetuosos con su religión y eclécticos en su práctica. Son pragmáticos. Se muestran meticulosos e imaginativos en sus tareas. La puntualidad no es una de sus virtudes y no parecen darle demasiada importancia. Eluden polemizar y no son iracundos ni dados a la violencia, pero pueden ser terribles si llega el caso. Y tienen la mejor sonrisa del mundo. Una sonrisa franca y luminosa. Contagiosa, casi perpetua y cautivadora.

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Bangkok, ya lo has notado, avispado viajero, es, al igual que la mayoría de sus habitantes, joven, casi ofensivamente joven. Como tal, anda aun en la búsqueda de su propio estilo. Vive la ciudad, en un continuo cambio. Muda a menudo su aspecto y anda, indecisa ella, mezclando Oriente y Occidente; es heterogénea. Gusta de lo nuevo y olvida con presteza. Es pródiga y abundante hasta el exceso. Entusiasta y algo inquieta, es ruidosa pero no es molesta. Salta rápido de fabril a festiva y siempre encuentra algo que celebrar; el Año Nuevo Gregoriano, el chino o el suyo, el Songkran. El Loy Krathong. el cumpleaños del Rey o el de la Reina. San Valentín o Carnaval… admite Bangkok cualquier excusa para vestirse de fiesta y emplearse entusiasta en el jolgorio.

A poco observador que seas, curioso viajero, ya has visto que Bangkok, plana y extensa, es desordenada. Arrogantes en su altura, surgen airosos rascacielos por entre edificaciones de ruinosa facha que embuten miríadas de cuartuchos; vecinos envidiosos de bloques de apartamentos de lujo. Mientras, viendo discurrir los canales, sobreviven apretujadas, unas pocas y destartaladas casas tradicionales de Teca que cubren sus muchas heridas con lo primero que la fortuna quiso poner al alcance. Un poco más allá, urbanizaciones de casitas adocenadas, sueño de una pujante clase media, comparten paisaje con algunos campos de arroz y viviendas rurales.

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Luce Bangkok la ropa de los domingos para pasear sus largas y algo desvencijadas avenidas. Entre ellas serpentean, grises e íntimos, los “sois”, los callejones, que apenas si esconden los entresijos de la vida diaria. Aquí y allá está la ciudad salpicada por el brillo de sus templos y las luces de espectaculares centros comerciales. De vez en cuando, unas pocas, muy pocas, islas verdes afloran entre el cemento.

Turbio, ancho e impasible el rio, el Chao Phraya, cruza la ciudad y en meandros abraza la Bangkok antigua, que forma reducto alrededor del Palacio Real y su complejo de Templos. Al lado, laberíntica y atestada, Chinatown exhibe su peculiar manera de ser. Igual que a ti, intrigado viajero, al Chao Phraya le vence la curiosidad y envía, en forma de “Klongs”, de canales, una parte de su savia a explorar la ciudad, que se aprovecha de estas aguas en un incesante flujo de mercancías y personas.

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Poco tiempo necesitarás, confundido viajero, para visitar templos, museos, mercados monumentos y plazas. Habrás sido un disciplinado turista, pero un par de días y cuatro fotos no bastan para conocer Bangkok. La esencia de Bangkok vive en sus calles. Paradigma del surrealismo. Encontrarás aquí, tras cada esquina lo insólito.

Con más excepciones que normas, nada es previsible en Bangkok. Contradictoria y extraña, todos y todo parecen encontrar hueco en este abigarrado y extrañamente cómodo desorden. Todos y todo comparten espacio en este universo raro que es la ciudad que nos acoge Hombro con hombro conviven templos, bares, restaurantes de todas las banderas, centros comerciales, terrazas, tiendas, aviesos garitos y mercadillos. Salones de masaje, tradicionales y de los “otros”. Hoteles de lujo y pensiones “por horas”. Centros comerciales, peluquerías, locales de tatuajes, joyerías y sastres. Autobuses, motos, taxis, camiones y rugientes tuck-tucks recorren la calzada en un tráfico de perenne hora punta.

Deambulan por este revoltijo foráneos y locales. Familias, turistas, parejas de Luna de Miel, estudiantes de uniforme, disciplinados grupos de visita programada a tiempo tasado, puteros, mendigos, adivinos, mochileros, vendedores, místicos trasnochados, ejecutivos, policías, buscavidas, timadores o monjes. Curiosean unos en los mercadillos, descubren otros lo mil veces explorado, comen, beben, mendigan, conversan, ríen o compran.

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Algunos, casi siempre extranjeros, escamotean miradas al interior de locales festoneados de neón, de puertas intencionadamente entreabiertas, por las que se escapan ritmos machacones y se ven, apenas, los bailes insinuantes de bailarinas de exigua indumentaria. Salen de esos antros, de vez en cuando, parejas de tan desigual edad como atractivo. A las puertas de los salones de masaje prometen hedonismo en unos o lujuria en otros, algunas muchachas. Costureras, zapateros, peluqueros, limpiabotas, adivinos, artesanos, mercachifles, músicos, mecánicos o trileros ejercen su oficio en las aceras.

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Hay música, se mezclan mil olores. Se ofrecen preces y flores en templos humeantes de Incienso. Cerca, un vendedor exhibe sobre su mesa una panoplia de ímpetu amatorio en pastillas, casi seguro falsas. Un mochilero en camiseta de tirantes y estrafalarios pantalones, un “Cheap Charly” les llaman aquí, sentado en el borde de la acera, devora un bocadillo. Una pareja selecciona camisetas de vistoso estampado en un puesto del mercadillo.  Jornaleras del amor, erguidas sobre tacones altos, sonríen a los viandantes masculinos. Un policía de ajustado uniforme se instala en una banqueta de plástico chillón y despliega su periódico. Corretean algunos niños. De esquina a esquina caminan exagerando feminidad los “Katoey”, los transexuales. Postulantes de la fertilidad adoran descomunales penes en un templo y en los lupanares rezan las meretrices ante altarcillos y budas. Entre puestos de mil mercancías, un vendedor repite: “Whaches, whaches…Rolex, Cartier, Gucci…” Perros y gatos vagabundos y alguna rata completan el cuadro.

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Pero no te inquietes, atribulado viajero, pronto serás otro átomo en este caos. Un tanto desconcertado, no lo sentirás hostil, no te apabullará y lo encontrarás más alegre que ruidoso. Pronto, fascinado y cómodo, escogerás tu propio lugar en este enigmático jeroglífico.  Descubrirás pasmado, que la tuya es una más de las sonrisas que, a cada paso, Bangkok te regala. Intentarás titubeante, tu primer y mal remedo del “Wai”, el adorable saludo de esta tierra. Casi por ensalmo, encontrarás explicación a alguna de las costumbres vernáculas que otrora te parecieron misteriosas. Y atisbarás, apenas, la vida y las historias que te flanquean. Pronto te empezarán a parecer cortos esos dos días planeados. Pero déjame que te prevenga, sonriente viajero, del riesgo con el que, sin querer, estarás tonteando.

Bangkok será contigo unos días dulce y otros desdeñosa. Irá de lánguida a inquieta, de exasperante a sumisa, de coqueta a desgreñada. Será, según le convenga, provocativa o sosa, golfa o recatada, excitante o aburrida. Tornará, sin ton ni son, de indescifrable a transparente, de entregada a esquiva. Es este juego una estrategia antigua que te mantendrá nervioso y exultante; rejuvenecido, feliz y ansioso.

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Y entonces, amigo viajero, para ti ya será tarde. Entonces serás, ya sin remedio, uno más de la caterva de enamorados de esta ciudad amante de todos y de nadie, casquivana casta y adultera célibe, que ya te habrá robado el alma. Serás, como yo mismo, cantor de sus virtudes y alcahuete de sus desatinos. Andarás, seducido viajero, si con ella, embelesado; si en la distancia, añorante.

Pero te adivino, amigo viajero, mas intrigado que prevenido por mi relato y deseoso de saber si te he mentido. Haces bien. Al final, ya te lo he dicho, yo adoro Bangkok y no puedo por ello, ser juez imparcial, ni relator frio.

Ve y comprueba por ti mismo cuanto de cierto hay en lo que digo.

Bangkok te está esperando”.

Rubén Rodríguez

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