7 Días en Roma. Tercer día. San Pedro y Museos Vaticanos

Ponte Sant'Angelo
Ponte Sant’Angelo

El recorrido de este tercer día, puede parecer breve si nos fiamos del aparentemente reducido número de paradas en el camino, pero os puedo asegurar que al final del día sentiréis éste como más que aprovechado. Tenemos que tener en cuenta que se trata de algunos de los “platos fuertes” que nos ofrece Roma en cuanto a oferta cultural se refiere y que alguna de estas paradas, como por el ejemplo la que hacemos en los Museos Vaticanos, merece por sí sola una visita que nos ocupe la mayor parte del día, debido a su gran riqueza artística.
Aún así, y considerando que disponemos de un período de tiempo bastante limitado, utilizaremos tan sólo la mañana para visitar los museos, dejando las primeras horas de la tarde para la hermosa Basílica de San Pedro y poder así observar el ocaso desde la parte alta del Castillo de Sant’ Angelo.

Museos Vaticanos – Basílica de San Pedro y columnata de Bernini – Castillo de Sant’ Angelo. Noche: Momo

Como hemos dicho, comenzamos este nuevo recorrido en los Museos Vaticanos. La mejor manera de llegar hasta allí es en metro; tomando la línea A, nos bajamos en la parada Ottaviano y caminamos por la Via Ottaviano, importante calle comercial, hasta la Piazza Risorgimento. También podemos tomar una de las numerosas líneas de autobús que conectan esta conocida plaza con diferentes puntos de la ciudad. Todo dependerá, desde luego, de la ubicación de nuestro alojamiento. Independientemente del medio de transporte que elijamos para llegar, os recomiendo que toméis, en algún momento de la semana, el tram 19, pintoresco tranvía que realiza un hermoso recorrido por la ciudad y cuyo punto de origen es la citada Piazza Risorgimento.

Una vez llegados a la plaza, podréis observar ya la muralla que rodea la ciudad del Vaticano y pegada a ésta, la larguísima cola para entrar en los Museos. Por supuesto, os recomiendo que intentéis llegar lo más temprano posible para evitar así perder la mañana. Por otra parte, la entrada a los museos es gratuita el último domingo de cada mes, pero como os podréis imaginar, la cola este día es de varias horas. Teniendo en cuenta que además dichos domingos cierran las instalaciones a las 14:00, mi recomendación es que si os interesa el arte, y estáis ilusionados ante esta visita, no elijáis este día; he visto a un señor sentarse en el suelo de la Capilla Sixtina con toda su familia mientras gritaba enfadadísimo que había hecho 3 horas de cola y que de allí no le sacaba nadie hasta que no hubiese terminado de ver la capilla por mucho que fuera la hora de cerrar. Los guardias, inmisericordes, le sacaron a empujones sin ningún tipo de contemplación.

 Museos Vaticanos
Museos Vaticanos. Palacio Belvedere

Los Museos Vaticanos constituyen un complejo de excepcional importancia tanto por la riqueza y la calidad de las obras que se encuentran allí reunidas, como por la suntuosidad de los ambientes que las hospedan. Además de conservar un patrimonio pictórico único, allí se encuentra la mayor colección de antigüedades existente, iniciada con el coleccionismo de los papas humanistas del renacimiento, en el siglo XV. En este siglo, el arte se transformó en la forma más sublime de divulgación y de conservación de la fe; un ideal que se tradujo en las salas y en las capillas pontificias con el lenguaje de los mayores artistas de la época.

En la cultura del primer Renacimiento, predominó la constante aspiración hacia esa perfección sin igual alcanzada por los antiguos en todas las manifestaciones artísticas. Eso sí, el lenguaje artístico de la cultura clásica grecorromana, hubo de adaptarse plenamente a los temas de la experiencia cristiana.
La colección inicial fue colocada en un principio en el Cortile ottagono, dentro del Cortile del Belvedere y en la Casina de Pio IV, en los Jardines Vaticanos. Con Clemente XIV y la transformación del Palazzetto de Inocencio VIII en museo, tuvo inicio la historia de la utilización museográfica de los palacios: Pio VII añadió el Braccio Nuovo, bajo diseño de Raffaele Stern; Gregorio XVI fundó el Museo Egipcio y Etrusco; Pio IX, construye un pórtico sobre el tercer lado del cortile de S. Damaso y abrió la escalera Pia; Leon XIII hizo restaurar y abrir al público el apartamento Borgia; a Pio XI se deben el palacio de la pinacoteca y el monumental ingreso a los museos; y Giovanni XXIII y Paolo VI, hicieron erigir en nuevo palacio destinado a hospedar el museo del Palacio Lateranense. La nueva entrada a los Museos, inaugurada en el año 2000, nace de la exigencia de hacer frente al aumento de visitantes en los últimos veinte años, que pasó de ser de 1 millón y medio, a cerca de 3 millones por año.

Como todos los grandes museos, los Museos Vaticanos se deben visitar con criterio, es decir, haciendo una selección previa de aquellas obras que queremos ver. El intentar abarcar el museo completo, haciendo una visita pormenorizada de todas sus salas, no sólo puede resultar agotador, sino que nos puede provocar el efecto contrario al que buscamos, haciendo que llegue un momento que de puro agotamiento, nos dé lo mismo estar ante un Caravaggio que ante la puerta de los servicios. Aquí, por razones obvias de espacio y tiempo, haremos tan sólo un breve resumen con algunas de las principales obras que a mi entender, resultan de mayor interés para el visitante general.
La Pinacoteca Vaticana tiene sus orígenes en una colección de cuadros que bajo su pontificado Pio VI (1755-1799) hizo instalar en la actual Galería de los Tapices. Al principio la misma estaba formada por unas 100 pinturas fechadas a partir del siglo XVI, pero paulatinamente la colección se fue enriqueciendo con numerosas obras de valor, donaciones, adquisiciones, herencias. Algunas de las secciones, como la de los “primitivos” y los iconos griegos y eslavos, proceden de la Biblioteca Vaticana, de los altares de la Basílica de S. Pedro; otras son de la Pinacoteca del Palacio del Letrán, instituida en 1844.

Con el tratado de Paz de Tolentino (1797), numerosas de estas obras maestras fueron llevadas a París, pero con la caída de Napoleón en Waterloo y gracias a las directrices emanadas en 1815 por el Congreso de Viena (según el cual Francia debía devolver las obras de arte sustraídas de los estados derrotados), una parte de estas piezas retornó a su patria, concretamente al apartamento Borgia de los Museos Vaticanos. Entre las principales obras de la Pinacoteca, encontramos el Tríptico Stefaneschi (1320), realizado en Roma por Giotto y discípulos por encargo del cardenal Jacopo Stefaneschi y destinado al altar de confesión de la antigua Basílica de S. Pedro. El políptico está compuesto por tres elementos y una predela, pintados sobre ambos lados. La obra, aunque todavía gótica (planimetría, fondo dorado…), muestra ya los primeros efectos de un naturalismo incipiente, rasgo característico de la obra de Giotto. En la sala IV, podemos observar los ángeles músicos y cabezas de Apóstoles que conforman los restos del enorme fresco ejecutado por Melozzo da Forli que decoraba la bóveda de la Iglesia de los Santos Apóstoles, destruida en 1711.

La Transfiguración, de Rafael Sanzio
Rafael Sanzio, La Transfiguración, 1517-1520

Y pasamos a la sala VIII, la cual contiene algunas de las obras más importantes del pintor de Urbino, Rafael Sanzio. Además de los 10 grandes tapices tejidos en base a cartones del artista y su escuela, observamos en el centro de la sala, los tres retablos de altar en tempera sobre madera del maestro umbro: la Coronación de la Virgen (o “Pala degli Oddi”, realizada hacia 1503, procedente de la capilla de la familia Oddi en la Iglesia de San Francisco en el Prato (Perugia), la Madonna de Foligno, (1511), llamada con este nombre después de que se la trasladara de la Iglesia de Aracoeli en
Roma a la iglesia del Monasterio de Santa Ana de la Condesa de Foligno.
Por último, la Transfiguración, comisionada por el cardenal Giulio de’Medici en 1520, obra representativa del período tardío de Rafael, y en mi opinión, uno de los cuadros más bellos del Renacimiento italiano. En lo alto, Cristo transfigurado entre Moisés, Elías, Pedro, Juan y Santiago, y en el registro inferior, el episodio del encuentro entre el niño endemoniado y los apóstoles; el tema quiere significar que la Gracia se obtiene sólo con la Fe, aquí simbolizada en la mujer arrodillada en primer plano. Aunque la obra está divida en dos planos, éstos se encuentran estrechamente conectados por los efectos luminísticos y cromáticos. La parte alta, solemne y serena, contrasta con el torbellino de brazos y movimiento de la parte baja, violentamente iluminada por la luz que llueve desde Cristo. Inconclusa en su mitad inferior debido a la muerte del maestro, fue terminada por su discípulo Giulio Romano con ayuda de Giovanni Francesco Penni

En la sala IX, encontramos el San Jerónimo de Leonardo da Vinci (c. 1480), monocromía de marrón sobre marrón, preparación de una tabla sin acabar, algo más que un esbozo que se remonta al primer período florentino del artista. Perteneciente a Angelika Kauffmann y desaparecida a comienzos del siglo XIX, fue posteriormente recuperada cortada en dos partes: la cabeza en el taller de un zapatero y el resto en un anticuario. El santo aparece arrodillado, con la cabeza inclinada hacia un lado: su cuerpo enjuto e implorante personifica la ascesis y la mortificación. A sus pies vemos un famélico león del que queda la huella de su cuerpo, y detrás de las figuras, la fachada de la iglesia Santa Maria Novella.

Deposición, de Caravaggio
Caravaggio, Deposición, 1602-1604

Terminamos esta brevísima descripción de la pinacoteca Vaticana en la Sala XII con la Deposición de Caravaggio, una obra maestra del artista que representa uno de los principales polos de atracción del Museo. Pintado hacia 1604 como retablo de altar de la familia Vittrice en la Iglesia de Santa Maria in Vallicela (o Chiesa Nuova en Roma), la tela ha sido objeto de estudio de muchos pintores que han retomado su tema, uno de ellos, Rubens, que nada más verla, realizó una copia para la familia Gonzaga. Se trata de una de las pocas obras del artista en las que hubo consenso con respecto a su calidad en el momento de su realización. En ella, observamos una clara influencia de Miguel Ángel (composición, figuras), del que Caravaggio era un claro admirador. Siguiendo una diagonal desde la derecha, vemos a Maria de Cleofa, la Magdalena, y la Madonna anciana, la cual tiende la mano como queriendo tocar al hijo por última vez. Depositando el cuerpo, San Juan y Nicodemo, cuyas escultóreas piernas valen ya de por sí solas la visión del cuadro. Dramática es la figura de Cristo lívido y con la boca abierta, cuyo dedo central de la mano derecha indica como por casualidad la lápida de la tumba en la cual está a punto de ser enterrado, referencia clara a la “piedra angular” por él fundada y sobre la cual se sustenta la Iglesia.

Dejamos la pinacoteca y nos dirigimos al Cortile della Pigna, situado en el espacio que constituye la parte Norte del cortile del Belvedere. Bramante proyectó este enorme espacio de cerca de 300m. que se extiende entre el palacio de Inocencio VIII (al Norte) y el Palacio Vaticano (al Sur). Los corredores que los unen son de unos 70m. de largo, y están divididos en tres terrazas en pendiente. El cortile toma su nombre de la colosal piña de bronce colocada sobre el rellano de la escalinata de doble rampa situada delante del llamado nicchione del Bramante. La piña, obra romana hallada cerca de las Termas de Agrippa y firmada por Publio Cincio Salvio, decoraba probablemente una fuente cerca del templo de Iside y Serapide, y su punta era un surtidor de agua.

Desde el Vestíbulo Cuadrado, pasamos al Museo Pio-Cementino, el cual comprende, sobretodo, obras de escultura griega y romana. El nombre deriva del Papa Clemente XIV, a quien se debe la primera fundación en 1771, y de su sucesor Pio VI, quien enriqueció la colección de escultura del renacimiento ya existente en el Cortile Ottagono (Anticuario de las estatuas). En cuanto a las obras maestras que contiene la colección, cabe destacar los dos bellos sarcófagos de pórfido situados en la Sala de la Cruz Griega. El de la izquierda viene de Santa Constanza; el otro, decorado con escenas de batallas, fue creado para contener el cuerpo de Santa Helena, madre de Constantino.

Entramos ya en el Cortile Ottagono, en el que se conservan algunas de las esculturas más importantes de la colección Pio-Clementina y de los Museos Vaticanos. Dentro de la misma colección, éstas obras fueron reunidas en su mayoría por el papa Julio II. En las esquinas del patio se encuentran cuatro gabinetes o ambientes: de Apolo, de Laooconte, de Hermes y de Canova.

Laoconte
El grupo escultórico del Laoconte, de datación controvertida

El Apolo de Belvedere que observamos es una copia romana del siglo II de un original de bronce del siglo IV. Hasta el siglo XVIII se creyó que se trataba del original griego, pero a raíz del descubrimiento de los relieves del Partenón, se corroboraron las sospechas de que se trataba de una copia romana. Atribuido al escultor Leojares, presenta al dios desnudo y armado con un arco, el cual añade determinación a su firma actitud vengadora. Su idealizada belleza ha supuesto desde su descubrimiento el máximo ejemplo de la armonía y la proporción características del arte griego clásico.

Pasamos ahora al grupo escultórico del Laocoonte. Descubierto en 1506 en los alrededores de la Domus Aurea, en su hallazgo estuvieron presentes Miguel Ángel y Giuliano da Sangallo, quienes aconsejaron su compra al papa Julio II. Debido al deteriorado estado en el que se encontró al ser desenterrado, el grupo ha sufrido numerosos e invasivos procesos de restauración que, si bien le han devuelto parte de su esplendor original, también le han restado valor filológico. La escultura muestra como el sacerdote Laocoonte lucha por librarse a sí mismo y a sus hijos de las serpientes marinas enviadas por Atenea como castigo por haberse opuesto a la entrada del caballo de madera a Troya. Si algo caracteriza al grupo del Laocoonte, además de su gran calidad técnica, es la tragedia contenida que expresa la tensión de los cuerpos y los rostros, esa terribilità que en el siglo XVIII dará al padre de la historiografía artística moderna, Johan Joachim Wincklemann, los argumentos para declarar al arte Griego clásico como el punto más alto en la evolución de la expresión artística humana y a decir cosas como: “La única manera de llegar a ser grandes, si es posible, es con la imitación de los griegos”

Después de recorrer el Museo Pio-Clementino, subimos al segundo piso y recorremos el largo pasillo, dividido en tres secciones: la Galería de los Candelabros, la Galería de los Tapices y la Galería de los Mapas Geográficos, con los mapas pintados al fresco que muestran las posesiones de la Iglesia en la década de 1580. Desde las ventanas, podemos ver los Giardini Vaticani, con una villa renacentista, la Casa de Pio IV, y a la izquierda, una poco corriente vista de la cúpula de Miguel Ángel. La Sala dell’Immacolata lleva a las Stanze di Raffaello.

Las estancias de Rafael
A ellas se accede por un estrecho corredor que parte desde el fondo de la Sala de la Inmaculada, y se denominan así debido a que el artista se ocupó, de 1509 a 1517 del aparato decorativo de las mismas, creación de entre las más representativas de la pintura renacentista italiana. Construidas bajo el papado de Nicolás V y decoradas originalmente por Benedetto Bonfigli,Andrea del Castagno y Piero della Francesca; en 1508, Julio II decide retomar el proyecto decorativo y para ello escoge a varios artistas por consejo de Bramante. Uno de los artistas requeridos, será Rafael, que es llamado a acudir desde Florencia. Al observar el papa el trabajo del joven pintor, despide a los demás artistas y le encarga a él toda la decoración de las estancias.

Hay que decir que hoy en día, el sentido de la visita es contrario al original, que sería el siguiente: Estancia del Incendio del Borgo, Estancia de la Segnatura, Estancia de Heliodoro, Sala de Constatino, sala de los Novios, capilla de Nicolás V, Loggia de Rafael y regreso hasta la Estancia de Heliodoro.

Este sentido del recorrido todavía se sigue en los meses de invierno o de menor afluencia de visitantes. Para nuestra descripción, seguiremos el recorrido habitual que se realiza en la actualidad, centrándonos en las salas de la Segnatura y la de Heliodoro, hoy consideradas como ejemplo del mejor trabajo de Rafael.

Estancia de Costantino: Al pintor de Urbino, sólo le es atribuible el proyecto preliminar, ya que la sala fue terminada después de la muerte del mismo en 1524. El tema de la Sala, el triunfo del cristianismo sobre el paganismo, es atribuido al principal discípulo del maestro, Giulio Romano. En ella encontramos obras como La aparición de la cruz a Constantino o La Victoria de Constantino sobre Massenzio en el Ponte Milvio, ambas ejecutadas por Giulio Romano.

Pasamos a describir la Estancia de Heliodoro, a la cual accedemos a través de un corredor después de haber visitado la Sala de los Novios y la Capilla de Nicolás V. Decorada por Rafael entre los años 1512-14, el programa iconográfico fue muy probablemente sugerido por Julio II y se centra en el tema de la protección divina contra los enemigos externos o internos de la Iglesia. Hay que recordar que en esos momentos, el poder del papado estaba siendo seriamente cuestionado en Europa, especialmente en Francia.

En La expulsión de Heliodoro del Templo, se presenta el episodio bíblico de Heliodoro, en el que el intento de huida del joven después de robar el tesoro del Templo, se ve interrumpido por un jinete enviado divino, lo cual alude al carácter inviolable del patrimonio de la Iglesia. En esta escena, la habitual serenidad de la pintura rafaelesca, adquiere la intensidad de movimientos propia de la pintura de Historia de la época. La Liberación de San Pedro, representa el momento en el que Dios envía un ángel para liberar al Santo preso. Se trata de uno de los nocturnos más celebrados de la Historia del Arte, el cual anticipa soluciones que no veremos plenamente desarrolladas hasta la llegada de Caravaggio bastantes décadas después.

En El Encuentro de León Magno con Atila, podemos observar al fondo un paisaje de Roma, con el Coliseo, un acueducto y una basílica. En el cielo, San Pedro y San Pablo, siembran en terror en la horda de bárbaros. Por último, en La Misa de Bolsena, vemos representado el milagro que daría lugar a la festividad del Corpus Domini. En éste, un sacerdote que no creía que Cristo estuviese presente en la Eucaristía, ve como mana sangre de una hostia consagrada. Tensión dramática, gran equilibrio y armonía e intensos y conseguidos efectos de luz son algunas de las cualidades que los expertos atribuyen a esta pintura.

Pasamos a la Estancia de la Segnatura, una de las más populares, por contener frescos de Rafael mundialmente reconocidos como La escuela de Atenas. El programa iconográfico de la sala fue probablemente concebido para la primera funcionalidad que se le otorgó, la de despacho y biblioteca de Julio II, si bien más tarde terminó convirtiéndose en la sede del tribunal de la Signatura Gratiae. Así, vemos como los frescos y sus correspondientes figuras alegóricas situadas en los medallones de la bóveda, ilustran los ideales de la cultura humanista: la Disputa del Sacramento (lo Verdadero como Verdad revelada), la Escuela de Atenas (lo Verdadero como verdad natural o racional), la Jurisprudencia o Las Virtudes (como el bien) y El Parnaso (como lo bello).

La Escuela de Atenas, de Rafael Sanzio
Rafael Sanzio, La Escuela de Atenas, 1510-1512

Describiremos aquí únicamente (ya que otra cosa sería extendernos demasiado), la Escuela de Atenas. Representa el triunfo de la Filosofía frente al triunfo de la Teología (el cual está representado en la pared de enfrente por La Disputa del Sacramento) y en ella podemos observar una serie de pensadores, filósofos y hombres de ciencia de la antigüedad. La ambientación arquitectónica, según Vasari, está inspirada en los proyectos de Bramante para la nueva Basílica de San Pedro. Las dos figuras centrales, Platón y Aristóteles, avanzan discutiendo desde el fondo de la pintura. Platón, para el que se ha dicho que Rafael utiliza un retrato de Leonardo da Vinci, viejo y con la barba blanca, lleva en su mano izquierda el “Timeo”, mientras con la derecha señala el cielo, donde, según su filosofía, se hallan todas las cosas en su estado ideal. Para Platón, todo lo que podemos observar en la tierra con nuestros deficientes ojos humanos, no es más que una copia pobre e incompleta del modelo divino que de ellas existe en el cielo. Por su parte, Aristóteles, porta su “Ética” y señala a tierra con la mano abierta, recordándonos porqué es considerado el padre del pensamiento empírico. En la filosofía de Aristóteles, el conocimiento de lo sensible juega un papel primordial, no pudiendo llegar al conocimiento universal, más que a través del conocimiento de lo singular, modo de pensar que abrirá el camino a la investigación científica. Las actitudes de estos dos personajes en la obra de Rafael nos hablan de la contraposición de sus ideas.

Entre el resto de personajes distribuidos en grupos, podemos distinguir por ejemplo, a la izquierda de los dos personaje centrales, a Sócrates, que, contando sobre sus dedos, desarrolla sus silogismos; o a Heráclito, sentado en actitud pensativa a los pies de Platón y con los rasgos de Miguel Ángel. De esta figura, que no se halla en el cartón preparatorio original, se dice que fue añadida con posterioridad por Rafael, cuando, una vez que pudo observar los frescos de la capilla Sixtina realizados por el pintor, quedó impresionado por su estilo y calidad. Así, esta figura sería su particular tributo a Miguel Ángel, lo que queda patente en el monumental físico de la misma, que tanto nos recuerda a las hercúleas figuras de los frescos de la capilla Sixtina.

Para finalizar la visita a las Estancias de Rafael, visitamos la Estancia del Incendio. Los frescos de las paredes fueron ejecutados en su mayoría por discípulos de Rafael, siguiendo los cartones y diseños del mismo. De ellos destaca El Incendio del Borgo, en el que se representa el incendio del barrio vecino al Vaticano en el año 847 y la extinción de éste por parte del papa León IV mediante la bendición a través del signo de la Cruz (asomado al balcón al fondo de la imagen).

 La Capilla Sixtina
La Capilla Sixtina (republica.com)

Como colofón a la visita de los Museos Vaticanos, tenemos la oportunidad de visitar una de las salas con mayor fama del mundo, no sólo por los cónclaves y ceremonias (incluida la de la elección del papa) de la que es sede, sino también (e incluso más), por las obras maestras que la adornan. La Capilla Sixtina está situada sobre un aula de época medieval y se divide en dos partes, una para el clero, y otra para los fieles, separadas mediante una cancela marmórea. La estructura actual, responsabilidad de Sixto IV, fue terminada en 1480, fecha en la que se encarga a un grupo de pintores representativos de Umbría y Florencia (Perugino, Ghirlandaio, Botticcelli y Cosimo Rosselli), la decoración situada en los paneles centrales de las paredes laterales. El programa iconográfico de estas pinturas se centra en la correspondencia entre las Historias de Moisés extraídas del Antiguo Testamento (pared izquierda) y las Historias de Cristo, del Nuevo Testamento (pared derecha). Se trata de grandes obras de la pintura renacentista que merecen por sí solas un estudio individual y pormenorizado.

En 1508, Julio II decidió confiar a Miguel Ángel el encargo de una nueva decoración para la superficie de la bóveda de la capilla. El artista, respetando los núcleos temáticos de los paneles inferiores, crea una estructura arquitectónica colosal superpuesta a la bóveda real que encuadra majestuosamente las escenas: en la faja central, vemos las imágenes del Génesis y parejas de “Ignudi” (desnudos) que sostienen medallones con figuras; en el orden intermedio, sentados en tronos, alternan los Profetas y las Sibilas. En los lunetos en la cima de la pared y en las enjutas que los unen a la bóveda están representados los antepasados de Cristo y en las cuatro enjutas o “penacchi” angulares se muestran episodios relativos a la salvación del pueblo de Israel. Los desnudos representados delatan la verdadera y principal vocación de Miguel Ángel, la de escultor (esta es la primera tarea pictórica de magnitud que afronta).

En realidad, la tarea desempeñada por el pintor en la capilla es colosal; hemos de tener en cuenta que las pinturas están realizadas casi en exclusividad por él mismo, tarea que le llevó aproximadamente tres años (con una interrupción de casi un año) y sobre la que circulan leyendas como que el artista descansaba únicamente para dormir (algo que hacía en la misma sala), que durante los trabajos apenas bajó del andamio que le mantenía colgando en posición horizontal bajo la bóveda, o la que cuenta como después de meses sin quitárselas, tuvieron que arrancarle de los pies las botas de trabajo. Leyendas aparte, la calidad de los frescos de la bóveda de la capilla Sixtina es incuestionable, así como el gran estilo y originalidad que el maestro dejó como legado para los artistas de generaciones futuras.

Juicio Final, Michelangelo
Michelangelo Buonarotti, Juicio Final, 1536-1541. Detalle

El último proyecto decorativo fue emprendido en 1536,cuando, veinticinco años después de haber terminado los frescos de la bóveda, y bajo encargo de Clemente VII (fallecido dos años antes), Miguel Ángel, que entonces tenía sesenta años, comenzó a pintar el Juicio Final sobre la pared final de la capilla. En este fresco de 200 metros cuadrados compuesto por 391 figuras, Miguel Ángel deja de lado las arquitecturas que le habían servido de base en los frescos de la bóveda, para dar paso al “caos” de figuras humanas que se enfrentan al horror del aniquilamiento del hombre. Para representar la cita bíblica, Miguel Ángel se ayuda de multitud de fuentes de inspiración, entre ellas, la Divina Comedia de Dante (Ej., Caronte como barquero de los condenados).

Desde el mismo momento de su ejecución, la obra es objeto de severas críticas (especialmente basadas en la desnudez completa de los personajes y en la actitud “castigadora” que parece adoptar Jesucristo mediante su gesticulación). Esto, unido a los convulsos momentos contrarreformísticos que se estaban viviendo, lleva a tomar la decisión de cubrir las partes del fresco que se consideraban obscenas. Este encargo lo lleva a la práctica en 1564 el pintor Daniele da Volterra, quien desde entonces será más conocido como “Il Braghettone”, en alusión a los paños con los que cubre las partes “pudorosas” de las figuras.

Se dice que el artista quiso incluir su autorretrato en la obra, éste sería visible en la piel de león que San Bartolomé sujeta en su mano izquierda. Por otra parte quizás os llame la atención la cantidad de mujeres musculosas que Miguel Ángel parecía tomar como modelos; esto no es más que el reflejo de la dificultad de encontrar modelos femeninas de desnudos para los artistas de la época, por lo que en su mayoría, terminaban tomando modelos masculinos tanto para las figuras de hombre, como para las de mujer.

Y con esto dejamos los Museos Vaticanos, eso sí, teniendo en cuenta que nos hemos dejado por el camino secciones tan importantes como el Museo Egipcio, el Museo Etrusco, el Museo Gregoriano Profano o el Museo Chiaramonti, pero como dijimos al comienzo, el intentar recorrer los museos al completo en una sola visita no es, en mi opinión, nada recomendable. A la salida, descenderemos por la monumental doble escalera en espiral creada por Giuseppe Momo en la década de 1930.
Tarde

Plaza de San Pedro, Vaticano
Plaza de San Pedro desde la cúpula de la Basílica

En esta tarde de nuestro tercer día en Roma, y después de habernos parado a comer (mucho cuidado con los precios de los restaurantes de los alrededores del Vaticano, aunque quizás no lo parezca en un principio, la cuenta final suele sumar un total astronómico), nos acercamos hasta la Plaza de San Pedro.

En esta tarde de nuestro tercer día en Roma, y después de habernos parado a comer (mucho cuidado con los precios de los restaurantes de los alrededores del Vaticano, aunque quizás no lo parezca en un principio, la cuenta final suele sumar un total astronómico), nos acercamos hasta la Plaza de San Pedro.
Piazza San Pedro
Plaza de San Pedro desde la cúpula de la Basílica
La verdad es que por mucho que uno haya visto la imagen en cientos de fotos antes de visitarla en persona, es difícil no impresionarse ante la magnitud de la obra de Bernini en la Plaza de San Pedro. Te quedas allí plantado sin saber muy bien qué decir, girando sobre ti mismo con la intención de grabar en tu memoria los 360º de la impresionante vista ante la que te encuentras. No me estoy refiriendo aquí a un sentimiento religioso, sino a la simple admiración ante la infinita capacidad de creación del hombre.

Nada más entrar en el interior de la inmensa elipse de más de 240 metros de largo sobre la que se recorta la fachada de la basílica de San Pedro, dominada por la cúpula miguelangelesca, la primera sensación que le sobreviene a uno es la de perplejidad ante toda esa majestuosidad (si es necesaria o no, ya lo dejo para la libre capacidad de crítica de cada uno). Una vez sobrepuestos, lo primero que nos llama la atención es la gigantesca cola para pasar los controles de seguridad y poder entrar en la basílica: “¿Pero yo tengo que hacer esa cola?”. Me temo que si.

La Plaza, construida entre 1656 y 1667, es la principal obra de arquitectura escenográfica de Bernini. Los dos hemiciclos laterales están constituidos por imponentes pórticos de filas cuadruplicadas de columnas toscanas. En total, 284 columnas y 88 pilastras cuyo arquitrabe está coronado por 140 esculturas de santos y grandes escudos de armas de Alejandro VII, papa comitente de tamaña obra. En el centro de la Plaza, entre las dos grandes fuentes, se eleva el Obelisco Vaticano, de 25’5 metros de alto y colocado sobre el dorso de cuatro leones de bronce. En la actualidad, en lo alto del mismo, se encuentra una reliquia de la Santa Cruz. El Obelisco, traído desde Egipto por Calígula en el año 37 para decorar el que después sería el circo de Nerón, no fue colocado en su ubicación actual hasta que Sixto V, en el año 1586 y después de esfuerzo formidable, le encarga el traslado a Domenico Fontana. No os perdáis los dos puntos estratégicos (rosa de los vientos) situados en el pavimento, cada uno a un lado del obelisco. Si uno se sitúa de pie sobre uno de ellos, la perspectiva hace que al mirar la columnata, ésta nos parezca compuesta por una sola fila de columnas.

Proyecto de la Plaza de San Pedro
Proyecto de la Plaza de San Pedro con el proyecto del “terzo braccio” (wikipedia.org)

En definitiva, la Plaza de San Pedro es uno de los ejemplos más evidentes de los diferentes “teatri” llevados a cabo por Bernini y su comitente, el papa Alejandro VII, a lo largo del siglo XVII. Esta concepción de la arquitectura a modo “escenográfico” será la que le de a Roma la imagen y configuración con las que la conocemos hoy en día. Sin embargo, Alejandro VII murió son poder ver acabado su ambicioso proyecto para la Plaza, ya que “il terzo braccio”, una nueva hilera de columnas que terminaría de cerrar la plaza por el lado situado justo enfrente de la basílica, nunca se llevó a cabo. Otro dato importante es la apertura en el año 1938 de la Via della Conciliazione, situada justo enfrente de la basílica, por parte de Mussollini. Hasta ese momento, uno emergía a la Plaza, después de serpentear por las estrechas callejuelas del barrio del Borgho. El proyecto de Mussollini, que derribó completamente una parte de dicho barrio, abrió el campo visual de la basílica de San Pedro, pudiendo ser vista ahora en su totalidad desde el Castillo de Sant’Angelo.

En cuanto a la basílica, el edificio que vemos hoy, es el fruto de sucesivas reconstrucciones y ampliaciones llevadas a cabo bajo mandato de diversos papas a lo largo de los siglos. La primera basílica, que se comenzó a construir alrededor del año 320, formaba parte del inmenso proyecto de “cristianización” de la ciudad de Roma llevado a cabo por el emperador Constantino después de que la “visión” de la Santa Cruz en un sueño le proporcionase la gran victoria de la batalla del Ponte Milvio, gracias a la cual, entró a gobernar Roma. El emplazamiento, fue escogido por Constantino debido a que en las inmediaciones (cerca del Circo de Nerón), se encontraba la tumba del apóstol San Pedro, martirizado en el año 64 aprox. La construcción de dicha basílica, de cinco naves separadas por columnas , fue concluida en el año 349.

Mil años después, la basílica se hallaba en la necesidad urgente de una remodelación. Fue el teórico y arquitecto del Renacimiento, Leon Battista Alberti, quien recomendó al papa Nicolás V, la restauración y ampliación de toda la zona absidial. El proyecto se le encarga a Bernardo Rossellino en 1452. Pero Nicolás V muere tan sólo tres años después, y las obras se suspenden durante casi medio siglo, hasta que el papa Julio II retoma el proyecto ampliándolo a la totalidad de la basílica. Para ello, confía en las habilidades arquitectónicas de Bramante. En 1506 se comienzan las obras del flamante proyecto de Bramante, basado este en una basílica de planta en cruz griega. Pero Bramante también muere apenas iniciado el proyecto, y a partir de aquí, se suceden los arquitectos (entre ellos Rafael), y con ellos, los cambios en cuanto a la opinión de cómo debería ser la configuración de la basílica.

Plaza de San Pedro
Plaza de San Pedro antes de la apertura de la Via della Conciliazione

Esto sucede hasta que el proyecto cae en manos de Miguel Ángel, quien retorna a la idea primigenia de Bramante de basílica con plante en cruz griega, aunque modifica el proyecto concibiendo un edificio más simple, pero también más grandioso y esbelto. La principal novedad, era la majestuosa cúpula, que dominaría toda la construcción. Con Miguel Ángel, las obras avanzan considerablemente y a su muerte, toma el relevo Vignola. En la cúpula trabajan (especialmente) Giacomo Della Porta y Domenico Fontana. El papa Paolo V, volverá a la idea de la planta en cruz latina por razones litúrgicas. Para ello, Carlo Maderno añade tres capillas por lado, avanzando así las naves hasta la fachada actual, también obra suya. Las obras terminan así en 1612.

La basílica es consagrada en 1626, 1300 años después de que lo fuera la primera. Una anécdota bastante conocida es la del intento por parte de Bernini de añadir dos torres campanario (incluidas en el proyecto de Maderno), proyecto que tuvo que abandonar después de tener que ser demolida la primera de estas por peligro de derrumbe.

Una vez que pasamos el control de seguridad (recordad, nada de faldas ni pantalones por encima de las rodillas ni hombros al descubierto…ni siquiera en agosto!) podemos observar a nuestra derecha dos miembros del cuerpo militar encargado de la seguridad en el Vaticano, la guardia Suiza pontificia, que tiene su origen en el siglo XV, bajo el papado del Sixto IV. Hoy en día, con 110 miembros, es el ejército profesional más pequeño del mundo. Continuamos avanzando y, justo antes de entrar a la basílica, podemos ver la parte inferior de la Scala Regia creada por Antonio da Sangallo el joven y modificada posteriormente por Bernini para unir la basílica con los apartamentos del papa en el Palacio Apostólico. A los pies de esta, la fantástica escultura ecuestre de Constantino, también de Bernini.

Lo primero que nos sorprende al entrar a la basílica. son sus descomunales dimensiones. Se trata de 22.067m2 de superficie total y sólo la nave central en la que nos encontramos al entrar, mide 186m. de largo. La basílica de San Pedro está absolutamente repleta de obras maestras del arte italiano, especialmente en cuanto a escultura se refiere. Intentar ofrecer aquí, detalladas descripciones de todas ellas sería una tarea eterna, así que nos centraremos en las más conocidas.

Pietá, Michelangelo
Michelangelo Buonarotti, Pietà, 1498-1499

En la primera capilla de la nave lateral derecha, encontramos la famosísima Pietà de Miguel Ángel, una de las principales obras del maestro, quien la realiza con tan sólo 23 años, entre los años 1498-99. Se trata de la única obra firmada del artista (sobre el pecho de la Madonna) y en mi opinión, una de las obras más bellas de todo el Renacimiento italiano.
Otra de las grandes obras que hallamos en la basílica es latumba de Alejandro VII, el papa Chigi.

Fue realizada por Bernini entre los años 1673-74 y en ella, el artista lleva a cabo una compleja composición en la que las cuatro alegorías de la Verdad, Caridad, Prudencia y Justicia, rodean a un papa que se aleja de la actitud triunfante que caracteriza a las figuras de otros sepulcros papales (por ejemplo, la de Urbano VIII, en el sepulcro que se halla también en la basílica y del mismo autor), hallándose este en actitud orante y sin tiara. A sus pies, la figura de la muerte, nos recuerda su omnipresencia. El conjunto escultórico se encuentra sobre la puerta de acceso a la sacristía de San

Pedro, lo que añade simbología y dramatismo a la obra (acceso a la vida eterna)
Y pasamos ahora a describir una de las principales obras de la basílica. Seguramente, os habrá llamado la atención nada más entrar, se trata de una estructura gigantesca, a medio camino entre la escultura y la arquitectura, situada bajo la cúpula y sobre la tumba del apóstol. Es el Baldaquino de Bernini, el monumento que señala la piedra angular de la Iglesia, y que con cuya realización, el papa Urbano VIII quiso demostrar a toda Europa cuál era el único lugar bajo el que descansaban los restos del fundador de la Iglesia (no olvidemos que la importancia de la contrarreforma en los momentos de su realización).

Protagonizando el espacio del transepto ampliado y redecorado por Miguel Ángel el siglo anterior, el Baldaquino está formado por cuatro enormes columnas salomónicas de 20m. de altura (realizadas con el bronce sustraído del pórtico del panteón) que sustentan un enorme dosel, también de bronce. Es lo suficientemente grande para no parecer ridículo bajo las dimensiones de la gran cúpula, pero al mismo tiempo es diáfano, lo que permite observar a través de él, la cátedra de San Pedro. La obra está armónicamente inserta en el espacio miguelangelesco, una vez más, Bernini en estado puro.

Cátedra de San Pedro
Cátedra de San Pedro

En cuanto a la cúpula que inunda de luz el interior de la Iglesia, está sustentada por cuatro enormes arcadas y otros tantos pilones de sección pentagoanl y 71m de perímetro. En mosaico y sobre fondo dorado, una inscripción latina rodea todo el perímetro del tambor : “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Mi consejo, por supuesto, es que subáis. Es algo caro (cerca de 10€), pero ya que la visita a la Iglesia es gratuita, podéis dedicar parte de vuestro presupuesto para este día a ello. La visita permite caminar tanto por dentro, como por fuera de la cúpula (ojo a los que tengáis claustrofobia o alguna afección cardíaca, aunque la mayor parte de la subida es en ascensor, es necesario estar en forma para el resto!). Una vez fuera, disfrutaréis de las vistas más espectaculares de toda la ciudad.

Salimos de la Basílica y bajando por la Via della Conciliazione, ya podemos observar la mole del Castello di Sant’Angelo. Comisionado y probablemente ideado por Adriano como tumba para sí mismo y sus sucesores, fue realizado por el arquitecto Demetriano en la segunda década del siglo I d.C. Teniendo en cuenta su antigüedad, el monumento todavía refleja de manera bastante fiel sus formas originales. Hoy es sede del Museo Nazionale del Castel S. Angel. El Castillo ha sufrido numerosas remodelaciones, pero la configuración actual es de finales del siglo IX. Sobre la terraza, la estatua del arcángel San Miguel, quien, según la leyenda, salvó a la ciudad de una epidemia de peste en el siglo VI, después de aparecerse en una visión al papa Gregorio I. En el interior, una rampa helicoidal recorre el perímetro de los muros, permitiéndonos observar la configuración medieval y algunas de las estancias que hicieron las veces de prisión durante esos siglos.

Desde el año 1277 el castillo está conectado con el Vaticano a través de un corredor fortificado (Passetto) de unos 800m. de longitud. Fue a través de este corredor, por el que el papa Clemente VII huyó a refugiarse al castillo durante el famoso saqueo de Roma en 1527, llevado a cabo por las tropas de Carlos V.

Castilla Sant'Angelo
Vistas desde el Castillo de Sant’Angelo

En las estancias superiores, no os perdáis la magnífica decoración de grutescos que recubren las paredes y una vez en la terraza, disfrutad de nuevo de las vistas de la ciudad. Os recomiendo fijaros especialmente en el maravilloso puente homónimo plagado de figuras (o copias de figuras) de Bernini. En este particular punto de la ciudad, se han inspirado algunas de las más hermosas vedute que en el siglo XVIII, señalaban a Roma como principal destino de entre todas las ciudades del Grand Tour, el cual atraía a centenares de jovenes aristocráticos de toda Europa con el objeto de obtener la mejor de las formaciones posibles en cuanto a disciplinas humanísticas y artísticas se refiere.

Noche: Ristorante Mo Mo
Para la noche, os recomiendo mi restaurante favorito de Roma, el Mò Mò. Aunque bastante alejado (os recomiendo salir con tiempo, ya que aunque la distancia desde el centro no es tanta, las conexiones de transporte no son muy buenas), el sitio bien merece el paseo. Se trata de una villa remodelada con un ambiente moderno, pero al mismo tiempo muy acogedor. La comida es buenísima y los precios, más que razonables…a disfrutar!
Esta es su dirección web http://www.momorepublic.it/

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