Atravesando Malasaña

Bajo por la Gran Vía dirección Cibeles y aunque apenas son las 10:00 de la mañana del sábado, la popular avenida ya se encuentra inmersa en su frenética rutina. Centenares de coches, motos y autobuses se atosigan los unos a los otros en ese curioso comportarse del ser humano sobre ruedas, las bocas de metro vomitan nuevos visitantes que miran hacia arriba echando la cabeza hacia atrás y entornando los ojos, molestos por la repentina claridad, las mastodónticas tiendas de ropa, con las persianas apenas alzadas, inundan las aceras con su música estridente mientras decenas, cientos de potenciales clientes cruzan sus umbrales con la esperanza de encontrar el modelo con el que alcanzarán la felicidad…y yo solo quiero pasear.

_DSC0391
Gran Vía

Dejo a mi izquierda los magníficos edificios del Hotel Atlántico y el antiguo Hotel Avenida (hoy Zara) y giro a la izquierda por la calle Mesonero Romanos, justo cuando acababa de avistar enfrente de mí la cola del Primark…ufff salvada por poco. Apenas he dado unos pasos y ya me envuelve una realidad totalmente diferente. La sensación es la de haber retrocedido agradablemente en el tiempo, y sé que a medida que me adentre en el barrio que me dispongo a atravesar, habrá momentos en los que la distancia ya no se medirá en décadas, sino en siglos. De cualquier manera me gusta el cambio, la velocidad a mi alrededor ha disminuido y el entorno tiene una pinta mucho más amistosa (y no lo digo por las señoras que cubren su jornada laboral apostadas en los portales).

Me dispongo a atravesar Malasaña, la zona de Madrid comprendida entre las calles Fuencarral, Gran Vía, Princesa, Alberto Aguilera y Carranza, (aunque para muchos, la zona que va desde San Bernardo a Princesa, ya es Conde Duque). Barrio Maravillas en los siglos XVII y XVIII, por el convento del mismo nombre situado en la actual Plaza del 2 de Mayo, Universidad en el XIX, por la inauguración en 1845 de la Universidad Central en la calle San Bernardo, y ya en el XX Malasaña. Fue en los últimos años de este siglo, cuando diversas actuaciones del Ayuntamiento, consiguieron revitalizar esta zona, que se encontraba en un profundo estado de degradación. El epicentro de esta “regeneración” fue la calle Manuela Malasaña, que se llenó de bares y negocios, por lo que cuando esta recuperación comenzó a extenderse, el barrio comenzó a ser conocido con el nombre de esta vía.

Como siempre que me enfrento a un barrio tan cargado de historia y patrimonio como este, mi intención es tan solo la de pasear por algunas de sus calles. No pretendo recorrerlo entero, ni desgranar todos sus secretos en una mañana. Malasaña merece ser vivida. Volver una y otra vez para centrarte en cada ocasión, en una sola de sus innumerables caras.

En apenas unos metros termina la calle y me topo con la perpendicular calle Desengaño, una de las más antiguas del barrio. Cuenta la leyenda que allá por el siglo XVI, dos caballeros se hallaban en ella enzarzados en un duelo a muerte (qué otra cosa si no iban a estar haciendo), cuando se ven forzados a interrumpir su lucha para salir corriendo detrás de una dama enigmática que cubría su rostro con un velo. Cual será su sorpresa cuando al alcanzarla, ésta alza el velo y bajo él no hay nada más y nada menos que el rostro de una momia. Pues ya tenemos nombre para la calle, así de fácil.

Calle_del_Desengaño_(Madrid)
Placa de la Calle del Desengaño

Más allá de las leyendas, no parece que la vía haya cambiado demasiado. Todavía se encuentra habitada por misteriosas damas, aunque lo que si que parece que ha cambiado son los gustos de los caballeros, que parecen encontrar mayor interés en los encantos desvelados, que en los cubiertos.

En pocos metros, la calle desemboca en la plaza Santa María Soledad Torres Acosta, o como es conocida entre los vecinos, la Plaza de la Luna, por la calle del mismo nombre que corre paralela a uno de sus costados. Me siento en uno de los pocos bancos instalados y en seguida me invade la sensación de desamparo que tengo siempre que me detengo en esta plaza. Desproporcionadamente alargada, rodeada de bloques de viviendas de épocas que abarcan varios siglos, los coches de la anexa comisaria de policía aparcados en uno de los laterales…y ese inmenso vacío en el centro que ni siquiera es disimulado por alguna escultura o monumento emblemático de esos que nos gusta tanto colocar en los espacios en blanco. Me la puedo imaginar perfectamente en el siglo XVI, cuando formaba parte de los arrabales de la ciudad y los señores de la Villa comenzaban a instalar aquí sus fincas o pueblas, y es que a mí la Plaza de la Luna me sigue dando la sensación de lugar a medio construir.

Enfilo la Corredera de San Pablo, también de las más antiguas del barrio (ya aparece en el plano de Texeira del siglo XVII junto con otras como la calle Pez, la calle de la Palma, o la calle San Bernardo), y ahora sí que la sensación ya es la de estar en otro lugar. Desde luego, nadie diría que me encuentro a tan solo unos pocos pasos de la Gran Vía…las enormes tiendas de ropa han sido sustituidas por pequeños comercios de barrio especializados en todo tipo de artículos, las cadenas de comida rápida por pequeñas cafeterías y locales de diseño, la media de edad sube, la gente pasea, hace la compra, conversa animadamente…

_DSC0379
Fachadas de la Corredera Baja de San Pablo

Repaso la historia del comercio del barrio en el estupendo libro de Carlos Osorio, Malasaña, y compruebo que algunos de los locales que me rodean tienen más de un siglo de antigüedad. Pero se trata tan solo de un reducido grupo de supervivientes. Lo cierto es que el boom de los supermercados en los años 80, junto con el elevadísimo precio que los alquileres de los locales del centro de Madrid han alcanzado en las últimas décadas y nuestra afición a acudir a centros comerciales abiertos 24/7, han terminado por derrotar al pequeño comerciante y al artesano de toda la vida, que baja los brazos cansado, y se retira dejando paso a nuevos emprendedores con las ganas y la ilusión todavía intactas.

Por otra parte, parece que en los últimos años se atisba un rayo de esperanza, y que nosotros los consumidores, hartos de productos baratos y de mala calidad, volvemos al hogar como el hijo pródigo, alegando arrepentidos que nos hemos dado cuenta de nuestro error y que ahora lo que queremos es volver a los orígenes, a la huerta ecológica y al producto artesanal. Total, que envuelves eso con una decoración de diseño, y ya tienes el producto de toda la vida a un 50% más del precio que pagábamos antes de iniciar esta absurda cadena de despropósitos.

_DSC0349
Convivencia malasañera

Pero si hay algo que me gusta de Malasaña es que nada es definitivo. Las cafeterías con muebles vintage conviven con antiguas mercerías, el hipster con el abuelo, la tienda delicatessen con la pollería y los ultramarinos, los nuevos locales de microteatro con teatros burgueses del XIX como el Lara, por el que justo estoy pasando…aunque bien pensado, quizás el Lara, o “la bombonera de don Cándido”, como se le conocía entonces, tenga bastante que ver con el microteatro, ya que fue uno de los escenarios madrileños que popularizó el género chico o teatro por horas, funciones cómicas de una hora de duración y precio asequible. Esto me da que pensar que aunque las cosas cambian, muchas veces lo hacen en círculo, y lo que hoy nos parece un invento o una adaptación a una situación nueva, no es más que un retorno a algo que habíamos olvidado.

Voy caminando inmersa en estas cavilaciones cuando levanto la vista y me topo con un edificio singular, una iglesia. El exterior es austero, típico del barroco madrileño, en el que la falta de medios convirtió la piedra y el ladrillo en los mejores aliados de los arquitectos. Un pequeño San Antonio observa la calle desde lo alto de la puerta. Le miro y mira hacia otro lado disimulando. Pero a mí no me engaña, sé que estoy ante San Antonio de los Alemanes y no tengo ninguna intención de pasar de largo y perderme lo que sé que hay en el interior. Cruzo la puerta.

Una vez dentro tardo unos segundos en adaptar mi visión a la diferencia de luz con el exterior, pero ya comienzo a intuir las formas de los frescos que cubren cada centímetro de los muros de la iglesia. El templo no se encuentra vacío ni mucho menos, hay varios grupos de personas sentadas en los bancos, en su mayoría señoras, que escuchan a don Juan, el encargado de las visitas, embelesadas. Justo en ese momento escucho al orador subir la voz: “la visita son 2€!”. Ya estamos, me digo, pero entonces me giro y me doy cuenta de que no se dirige a mí, sino a un chico (a todas luces extranjero) que sostiene una cámara mientras se retuerce intentado sacar fotos de la falsa bóveda cubierta de pinturas. Me siento en uno de los bancos del fondo e intento llamar la atención lo menos posible.

Diego_Velázquez_032b
Mariana de Austria retratada por Velázquez, 1652.

“¿Puede volver a explicar por qué la iglesia pasó a llamarse San Antonio de los Portugueses a San Antonio de los Alemanes?”, pregunta una de las señoras. Don Juan suspira y comienza de nuevo paciente. Cuenta que el origen de la iglesia se remonta al principios del siglo XVII, cuando Felipe III decide construir un hospital para los numerosos ciudadanos portugueses que había en ese momento en la Villa. Años más tarde, y como complemento al hospital, se alzará la iglesia, en cuya construcción participaron Juan Gómez de Mora y Pedro Sánchez. Ya a finales de siglo y con la separación de Portugal de España, la regente Mariana de Austria, decide cedérsela a sus compatriotas, adquiriendo el nombre con el que la conocemos hoy.

“Pero hoy el templo está gestionado por la Hermandad del Refugio, lo que quiere decir que la Iglesia aquí no manda nada” señala don Juan volviendo a alzar la voz. Y es que en 1702, Felipe V cedió la administración del recinto a esta institución situada en el edificio anexo (el del antiguo hospital), que ya por entonces se dedicaba a la beneficencia, cosa que continúa haciendo en la actualidad. Entonces una de las oyentes (creo que es la misma señora de antes), pregunta que si se puede unir a la Hermandad, y yo dejo de escuchar justo cuando don Juan comienza a divagar: “es que no es tan fácil…”, para no decirle que se trata de una asociación exclusivamente masculina y que por mucho que quiera dedicarse a la causa, no tiene “lo que hay que tener”.

Me concentro entonces en los frescos, en el de la bóveda, La apoteósis de San Antonio, de Juan Carreño de Miranda, y las arquitecturas fingidas del primer anillo, pintadas por Francisco Ricci. Voy bajando la vista y llego a las escenas de los muros laterales, en las que Luca Giordano representó los milagros de San Antonio. Toda una cascada de personajes que se precipita al amenazador vacío de las humedades, que se han comido ya de manera irremediable las pinturas de la base. “La Capilla Sixtina de Madrid”, la llama la gente, y yo me pregunto el por qué de esa manía de establecer comparaciones entre cosas que no tienen nada que ver, con la intención de otorgar “prestigio” a algo que no lo necesita en absoluto.

vista-de-la-iglesia
Interior de San Antonio de los Alemanes (Foto: TipAdvisor)

Y entonces es a mí a la que le da por comparar esta iglesia con las de forma elipsoidal del barroco italiano, como San Carlo alle Quatto Fontane de Borromini o Sant’Andrea al Quirinale de Bernini, ambas en Via del Quirinale en Roma. Pero es que más allá de la disposición de la planta, tan atípica en el barroco madrileño, las similitudes entre estas iglesias son prácticamente inexistentes, especialmente en las fachadas, sinuosas, curvas y voluptuosas las italianas, y sobria, recta y austera la madrileña. Al fin y al cabo no es de extrañar, de un lado el contexto es el de la Roma de los papas, y de otro el del Madrid de los Austrias. Pura antagonía.

Visito brevemente la cripta en la que se encuentran los enterramientos del siglo XIV de las Infantas Berenguela y Constanza de Castilla,  y salgo a la calle. Frente a la entrada de la sede de la Hermandad, anexa a la iglesia, nace la calle Pez, otra de las principales del barrio, así que comienzo a caminar por ella. Hay decenas de leyendas relacionadas con esta vía, la mayoría, perdón por mi escepticismo, bastante inverosímiles. Sin embargo, merece la pena detenerse a visitar los escenarios de algunas de ellas, sobre todo cuando se trata de valiosos y desconocidos tesoros patrimoniales como el edificio que tengo a mi izquierda, el Convento de San Plácido.

En realidad el Convento en sí es un edifico bastante moderno construido en el siglo XX (el anterior fue demolido en 1908 debido a su estado ruinoso y fue sustituido por un cine que se quemó al poco tiempo), lo que sí que es original es la iglesia anexa, a la que se accede por la calle San Roque. Echo a andar por la calle contemplando la fachada, y como sé que está cerrada, toco al timbre de la entrada del Convento y cruzo los dedos.

mv13-11
Malasaña en el plano Texeira (siglo XVII)

Al cabo de unos segundos de espera, una monja se asoma por el pequeño ventanuco de la puerta. Buenos días, le digo, ¿sería posible visitar la iglesia?. Pues si te das prisa igual la encuentras abierta, porque acaba de ir la hermana a enseñarla, me contesta. Le doy las gracias y me dirijo a la puerta de la iglesia, unos metros más alejada de la calle Pez y veo a una pareja que desaparece dentro del edificio. Acelero el paso pero no puedo evitar detenerme a contemplar la portada, ocupada por un relieve de la Encarnación (en realidad la iglesia se llama de la Encarnación Benita), obra de Manuel Pereira. A ambos lados del relieve, los escudos de la casa de los Villanueva, los promotores del convento en el siglo XVII.

Y es que fue el caballero don Gerónimo de Villanueva, Protonotario de Aragón, quien en el año 1619, compró los terrenos para el convento después de pedir en matrimonio a la dama Teresa del Valle y de la Cerda y ser rechazado por ella. Su amor por la señora debió de ser importante, ya que al optar ella por la vida eclesiástica, decide convertirla en la abadesa de su propio convento (aunque hay quien dice que ella aportó la mitad del capital para su construcción) y protagonista de los escabrosos hechos que al parecer sucedieron posteriormente entre sus paredes.

Y en estas estoy cuando oigo una débil vocecilla, “Perdona, ¿vas a entrar?”. Una diminuta monja de edad avanzada (por no decir avanzadísima), me habla desde la puerta de la iglesia, “es que es por aprovechar la luz, que la acabo de encender”. Si perdone, me disculpo, y accedo al interior del templo.

Éste se encuentra en la más absoluta de las penumbras, tanto, que me hace dudar de si la hermana me ha dicho que acababa de encender la luz, o que se disponía a encenderla. Pero no, la luz ya está encendida, y cuando consigo acostumbrarme a la poca claridad que desprenden las raquíticas bombillas, me doy cuenta de que aparte de la pareja de extranjeros y yo, la iglesia está desierta.

cb50a5d6-8a96-4c30-97a9-6194b6cc808f
Retablo central la Iglesia de San Plácido

Lo primero que me llama la atención es quizás uno de sus mayores tesoros artísticos, el retablo barroco del altar mayor, obra de los hermanos Pedro y José de la Torre, y el soberbio lienzo de 7 metros que éste enmarca, El misterio de la Encarnación, de Claudio Coello. La dinámica composición, la lograda voluminosidad de los ropajes, el rico cromatismo veneciano… todo ello queda ensalzado por la rotundidad de la arquitectura del marco y la mágica penumbra que lo envuelve. Se trata sin duda de una gran obra del barroco español y, aunque me alegro de poder visitarla casi en exclusiva, también siento que su existencia y su ubicación sean tan desconocidas para los amantes del arte.

Paseo por la nave principal de la iglesia con la vista clavada en los frescos de la cúpula y las bóvedas, algunos de los cuales se han atribuido a Francisco Ricci. En las pechinas, las santas abadesas benedictinas observan pasar el tiempo desde las alturas. Es entonces cuando vuelvo a pensar en los oscuros hechos con aires de leyenda que envuelven la historia del convento, aquellos que hablan del demonio poseyendo a gran parte de las hermanas pocos años después de la inauguración del convento, y por los que al final ha de intervenir el Santo Oficio, terminando por recluir a las monjas, Teresa del Valle y de la Cerda incluida, y al capellán Fray Francisco García Calderón, en diversos conventos de la geografía española. Posteriores investigaciones han aclarado que lo que se vistió de iniciación sectaria, no era más que manipulación del terrenal clérigo, que conocía a varias de estas monjas con anterioridad y los problemas mentales de algunas, circunstancias que aprovechó para mantener relaciones sexuales con ellas.

300px-Cristo_crucificado
Diego de Velázquez, Cristo Crucificado, 1632

A los pies de la nave, en el interior de una de las capillas, se encuentra la escultura del Cristo yacente de Gregorio Fernández, otro de los tesoros de la iglesia. Una nueva leyenda nos habla de la copia del conocido Cristo de Velázquez, que se encuentra en el coro bajo. Según la historia, el original habría sido ofrecido por Felipe IV a la congregación como obsequio por haber “hecho la corte” a una de sus monjas, la bella Sor Margarita. Historias aparte, lo que sí que sabemos es que el cuadro original fue vendido a la colección particular de Godoy en circunstancias poco claras y que, después de varias idas y venidas, ha terminado en la colección del Prado, donde hoy se puede visitar.

Los otros dos visitantes de la iglesia se han marchado hace unos minutos, por lo que no demoro más mi salida y me despido de la hermana, no sin antes darle el donativo de 2€ por la visita y comprarle una pequeña guía histórico artística del templo que me ofrece al salir.

Una vez en la calle, regreso sobre mis pasos y continúo por la calle Pez. Centenarios comercios me rodean a derecha e izquierda, como calzados Penalva en el nº 5, que con su escaparate de otro tiempo y sus letreros descoloridos, sobrevive desde 1914. Giro a la derecha por la calle de la Madera: a mi derecha el Alfil, un antiguo cine reconvertido en teatro que ofrece una de las programaciones culturales más vivas y vanguardistas de la ciudad, al otro, el Palacio de la condesa de Bornos, con traza de Silvestre Pérez pero reconstruido en el siglo XIX, y actual residencia de la ex presidenta del Gobierno de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre.

Subo la calle, que obtuvo su nombre de los grandes depósitos de madera que se encontraban situados en ella antes de ser urbanizada, allá por el siglo XVI. Ya en el XVII la encontramos trazada en los planos de la ciudad y desde entonces ha estado cargada de historia. En ella se situaba la residencia de don Juan de Villanueva, fundador del convento de San Plácido, que se dice era visitado por personajes tan ilustres como el Conde Duque de Olivares o el mismísimo Felipe IV. Incluso se dice que existía un pasadizo que unía dicha residencia con el convento… claro, luego surgen las leyendas…

_DSC0367
Vista del romano de Gran Vía 60 desde la Calle de la Madera

Posteriormente, el solar que ocupaba este palacio tuvo diversos y significativos usos: en él se construyó el Teatro Calderón, y más tarde las redacciones e imprentas de diarios como El País, La Libertad o Informaciones, convirtiendo la vía en un punto importante de la ciudad para los profesionales de este oficio. Esto queda reflejado en la novela de Cela, La Colmena, en la que la Victorita, uno de sus personajes, trabaja en la imprenta El Porvenir, situada en esta calle. En sus memorias el escritor cuenta que aquí también vivía su novia Tosía Vargas, a la que vio morir por las heridas que le causó un obús que le cayó encima justo en este punto.

La lista es interminable, en la calle de la Madera han estado temporalmente las sedes de instituciones como el Círculo de Bellas Artes, o el Circulo Carlista, o las residencias de personajes relevantes como el escritor José Saramago o el compositor Luigi Boccherini.

Continúo subiendo y llego al cruce con Espíritu Santo, otra de las vías míticas del barrio y una de las más animadas también. Fruterías, carnicerías, tiendas de ropa de segunda mano, bares con decoración vintage… es como un pequeño pueblo dentro de la gran ciudad. Uno en el que la gente se conoce, tiene sus comercios de confianza, se sienta en las terrazas a conversar y a ver pasar a los vecinos.

_DSC0358
Calle Espíritu Santo

Paseando por estas calles a veces me da por pensar en su atemporalidad. Todo parece moderno, actual, pero lo cierto es que si pudiésemos observarlas hace cien años, seguramente no encontraríamos excesivas diferencias (más allá del tráfico rodado que obliga a echarse a un lado continuamente, y que a ver cuando deciden limitar definitivamente). Señoras haciendo la compra, niños jugando en la plaza, majos y majas en sustitución de los actuales hipsters… mismos perros con distinto collar. ¡Y nosotros que nos creemos tan modernos!

Giro a la derecha por la calle San Andrés y paso por delante de la farmacia Juanse, con sus llamativos azulejos de colores que anuncian toda clase de remedios milagrosos desde 1924 (aunque la farmacia fue abierta antes, en 1892): “Para el dolor de muelas, odontálgico Juanse” o “Fumables inofensivos Juanse”.

_DSC0344
Calle San Andrés

En estas calles es quizás donde se encuentra la mayor concentración de locales de conciertos, bares y tabernas míticas de Malasaña: Casa Camacho, que acabo de dejar a mi derecha, el Café Manuela, en la calle San Vicente Ferrer, el Pepe Botella y el 2D, ya en la Plaza del 2 de Mayo, la Vía láctea en la calle Velarde y el Penta en la calle Palma…todos ellos testigos de una época en la que el barrio era el centro de la vida nocturna madrileña, y algunos de ellos, valientes supervivientes, de épocas todavía anteriores.

Y es que en los años 70, con una España recién salida de la dictadura, en la que ya era posible reunirse sin ser sospechoso de nada, había muchas ganas de pasarlo bien. Y ya sea por su pasado como lugar de reunión de diversos movimientos estudiantiles (recordemos la cercanía de la Universidad Central en la calle San Bernardo), o por los asequibles alquileres de locales y residencias en esas décadas, Malasaña se convierte en el escenario de este nuevo sentir de la sociedad, que encuentra el lenguaje para expresarse, en la mítica Movida Madrileña, que en este barrio, merece todo un recorrido aparte.

Y llego a la Plaza del 2 de mayo que a pesar de estar bien entrada la mañana, se encuentra tranquila. Algunas personas conversan en uno de sus extremos mientras los ladridos de sus perros rebotan contra las fachadas de las viviendas que la rodean. Las papeleras parecen haber explosionado llenándolo todo de latas de cerveza que campan a sus anchas por el suelo y los bancos. Un hombre duerme su sueño etílico en un banco y su soledad en medio del caos parece convertirle en el único culpable de las pintas que luce la plaza. Una pareja de chicas extranjeras sacan fotos al monumento de Daoíz y Velarde y se parten de risa ante el objeto que el segundo alza con gallardía en lugar de su desaparecida espada, una lata de Mahou 5 estrellas.

_DSC0234
Fachadas viviendas Plaza del 2 de Mayo

Y es que aunque ahora no lo parezca, estoy en el epicentro de la vida malasañera. Los hosteleros comienzan a sacar las terrazas que en breve se llenarán de gente del barrio y de fuera de él, que acudirán a tomar el aperitivo y a pasear por sus calles. Traerán a sus hijos, que jugarán en los pequeños parques infantiles de la plaza, (de los pocos instalados en muchos metros a la redonda) y aprovecharán para quedar con los amigos que sus trabajos no les permiten ver entre semana.

Cientos de personas vivirán en este pequeño espacio durante unas horas sin pensar que se construyó gracias a las demoliciones del Convento de las Maravillas y del Cuartel de Monteleón, donde los valientes capitanes que homenajea la escultura central de la plaza, lucharon y murieron junto a un puñado de civiles desarmados, contra uno de los ejércitos más poderosos de la tierra en la famosa batalla del 2 de mayo de 1808.

Subo por la calle Ruíz, (otro de los héroes de la citada batalla), que en su primer tramo ya está plagada de terrazas (¿es esa Eva Hache?) y paso por el Café Ruiz, la librería La Tarde, la calle Manuela Malasaña…y todo reconforta, parece que en contra de lo que dicen los agoreros, todavía se puede vivir feliz en Madrid.

Deja un comentario