5 días en Madrid. 2º día: Palacio Real y paseo por el Barrio de los Austrias

En nuestro particular paseo por los top 10 de la capital, he reservado el día de hoy para una de sus zonas más turísticas, pero no os engañéis, turístico no siempre es sinónimo de superficial. Como siempre digo, hay muchas maneras de visitar un lugar, y en casi todas ellas, lo más importante no es tanto el sitio en sí, sino los ojos con los que lo miramos.

Palacio Real, Plaza de la Armería

Lo primero que una se plantea al comenzar a escribir una entrada sobre un barrio como el de los Austrias, o sobre un edificio como el Palacio Real de Madrid, es si es posible englobar toda su riqueza histórica y artística en un espacio como el que da el formato blog y por supuesto la respuesta es no. No se trata aquí por tanto de hacer una descripción detallada de todos los elementos destacables de su patrimonio, ni de escribir una guía detallada del palacio, sino de realizar un recorrido ameno e interesante por estas calles, las más antiguas de la ciudad, fijando nuestra vista en algunos de sus lugares más emblemáticos, conociendo su historia e imaginando su pasado.

Una de las cosas que más me llamó la atención al mudarme a la capital, es que Madrid no posee un barrio gótico como muchas de las principales ciudades españolas, ni ruinas romanas, ni conserva prácticamente construcciones renacentistas. El barrio más antiguo de la ciudad, y por lo tanto el que conserva toda la esencia de sus inicios es este, el llamado de los Austrias, que no crecerá y se desarrollará definitivamente hasta que la ciudad sea elegida como capital de España en 1562.
Real Alcázar

Pero comencemos por el principio y eso, hablando de Madrid, es la explanada que hoy ocupa el Palacio Real, terreno sobre el que allá por el siglo IX, como ya comentamos en la entrada anterior, Mohammed I ordenó fortificar la pequeña villa que por entonces se llamaba Majerit. Desde la conquista cristiana en el año 1085, y con ese afán de los pueblos por destruir los símbolos de las culturas anteriores para imponer los propios, este terreno sobre el que se edificaba la fortificación árabe, será escogido para la ubicación de la fortaleza representativa del poder de los nuevos señores del lugar. El edificio se irá ampliando con el paso de los siglos, especialmente cuando con la conversión de la ciudad en capital del Imperio Español en el siglo XVI, sea tomado como residencia Real.

Pero con la muerte de Carlos II “El Hechizado”, el último rey de los Austrias, sin heredero al trono y la llegada de los Borbones, las cosas cambian. El antiguo Alcázar característico de los gustos de la dinastía procedente de centro Europa, no satisface las necesidades (“logísticas” y estilísticas) de los nuevos Reyes (sólo hay que tener en cuenta que Felipe V, primer rey Borbón en España, se había criado como quien dice, correteando por los pasillos del palacio de Versalles), por lo que estos últimos, comenzarán a habilitar una serie de residencias secundarias en las que pasan gran parte, sino la mayoría del tiempo.
Proyecto original F. Juvarra para el Palacio Real

Pero la cosa no queda ahí, sino que en la Nochebuena de 1734 el Alcázar, y con él todo (o casi todo) lo que había en su interior, arde hasta sus cimientos. Las malas lenguas dicen que el incendio fue algo más que conveniente para la Familia Real, que por fin consigue deshacerse de la vieja estructura de los Austrias, quedándose con el camino allanado (nunca mejor dicho), para iniciar una nueva y flamante construcción, pero lo cierto es que los palacios por aquel entonces eran auténticos cofres repletos de obras de arte de incalculable valor, (de hecho, muchos de los cuadros que hoy conforman las obras maestras del Museo del Prado, colgaban de las paredes de la residencia Real, ya que los monarcas los adquirían no para mostrarlos en público, como estamos hoy acostumbrados a ver, sino para lucirlos ante las visitas privadas a sus residencias oficiales), por lo que es improbable que el Rey decidiese deshacerse de semejante legado deliberadamente. Sea como fuere, las circunstancias que rodearon al incendio del Alcázar de los Austrias, se fueron a la tumba con las personas que lo vivieron, por lo que hoy por hoy, lo único que nos quedan son hipótesis.

Después del incendio, Felipe V y su mujer Isabel de Farnesio se ponen manos a la obra, y contratan a uno de los arquitectos más prestigiosos del momento, Filippo Juvarra, para que se haga cargo del proyecto de las obras del nuevo Palacio Real. El arquitecto siciliano realiza un diseño descomunal, 4 veces mayor que el actual palacio y cuya fachada estaba inspirada en parte en el proyecto que Bernini realizó para el Museo del Louvre en París, alrededor de 70 años antes.
Proyecto de Bernini para el Louvre, 1665

Desgraciadamente Juvarra muere al año siguiente, por lo que su proyecto nunca se verá realizado. Le sucederá en el proyecto su discípulo Juan Bautista Sacchetti, que si bien apuntaba maneras, no tenía el prestigio ni la influencia de su maestro, por lo que ha de adecuarse mucho más a los deseos de los sus comitentes. Entre otras cosas, un palacio de las dimensiones del proyectado por Juvarra, además de suponer unos costes difícilmente asumibles por la corona española en ese momento, hubiese supuesto un cambio en la ubicación de la obra, debido principalmente a la poca estabilidad del terreno sobre el que se pretendía construir una estructura de tal magnitud. Eso hubiese supuesto el fin de una tradición que como hemos visto, se remontaba varios siglos atrás, algo que los Reyes no estaban dispuestos a asumir. Es así como Sacchetti se ve forzado a llevar adelante un proyecto mucho menor que el iniciado por su maestro, si bien consigue que se ganen metros de superficie aumentando la altura del edificio. Aún así el Palacio Real actual es, con cerca de 2.000 habitaciones, el mayor palacio de Europa Occidental.

Cubiertas del Palacio Real

Quizás ahora os estéis preguntando para qué demonios quería una familia una residencia con más de 2.000 habitaciones, pero lo cierto es que al pensar en una Familia Real del siglo XVIII, no podemos establecer comparaciones con una familia actual, ni siquiera con la Familia Real actual y es que, en esos momentos una familia Real, era una institución que movía cientos de personas a su alrededor. Pensad que un palacio era un ente autosuficiente que producía prácticamente todo lo que consumía, por lo que viviendo en él se podían encontrar artesanos de todo tipo, cada uno con su familia. Además de esto, la nobleza solía también trasladarse a vivir cerca de la Familia Real, buscando protección y prestigio. Todo esto hacía de este tipo de residencias, verdaderas ciudades, por lo que no es de extrañar que Carlos III llegara a quejarse de “falta de espacio” cuando se mudó al Palacio Real.

Benito Pérez Galdós
La de Bringas, Benito Pérez Galdós

Si tenéis curiosidad por saber más acerca de la vida en palacio, os recomiendo La de Bringas, de Benito Pérez Galdós, una novela publicada en 1884 que cuenta las peripecias de un matrimonio que vive en el Palacio Real al servicio de la reina Isabel II.

A pesar de que el palacio se construyó con relativa “rapidez” (en unos 30 años), el primer rey que pudo habitarlo fue Carlos III, ya en los años 70 del siglo XVIII. A partir de él, los sucesivos herederos al trono, fueron adecuando diferentes zonas del palacio a sus gustos y necesidades personales. Es por eso que hoy encontramos que la zona residencial del palacio está dividida en diferentes áreas denominadas con el nombre del monarca que le dio forma y decoración a sus estancias (Carlos III, Fernando VII, Isabel II…).
Palacio Real de Madrid
Cocinas Palacio Real

El interior del palacio es un cúmulo de riqueza, tanto en el uso de los materiales constructivos y decorativos, como en la importancia de sus obras de arte, no solo en pintura, con obras realizadas por artistas como Mengs, Tiepolo, Velázquez o Goya, sino también en otras artes como la relojería, la porcelana, o incluso la música, ya que el palacio posee una de las colecciones de Stradivarius más impresionantes del mundo.

Sin embargo, tuve la suerte de realizar una visita a las áreas del palacio cerradas al público, y he de decir que, desde mi punto de vista, son estas las zonas más interesantes, ya que es en ellas donde uno realmente se puede hacer una idea de cómo transcurría la vida en palacio en los siglos XVIII y XIX. Las cocinas, las dependencias de los trabajadores de palacio, o incluso la cubierta del edificio, son espacios que dejaron mucha más impresión en mí, que aquellos dedicados a la visita, mucho más “musealizados” y preparados para dirigir al visitante (en el sentido físico y también mental).

Plaza de Oriente
Teatro Real en Plaza de Oriente

Una vez fuera del palacio, nos encontraremos en la Plaza de Oriente, denominada así por su situación geográfica con respecto al palacio. Se trata de uno de los espacios abiertos impulsados por José Bonaparte durante su reinado (1808-1813) como parte de su plan urbanístico para Madrid. No olvidemos que los Bonaparte sabían mucho de revueltas populares y que para entonces, ya habían aprendido la lección: son muchísimo más fáciles de sofocar en espacios amplios y abiertos, que en estrechas callejuelas por las que los ejércitos no pasan…esta costumbre le llegaría a valer a nuestro rey por aquel entonces, el apodo de “Pepe plazuelas”.

Independientemente de cuáles sean sus orígenes, la plaza es uno de los espacios más bellos de todo Madrid. En sus alrededores podríamos pasar varios días haciendo visitas interesantes: el Teatro Real, el Convento de la Encarnación, la Catedral de La Almudena, los Jardines de Sabatini…y especialmente, los atardeceres desde este punto…indescriptibles!

Barrio de los Austrias
Calle Mayor

Pero nosotros continuamos con nuestro paseo y después de cruzar la calle Bailén (no olvidéis bordear antes la Catedral y echar un vistazo a los restos de la muralla árabe que se conservan del siglo IX), subimos la Calle Mayor para adentrarnos ya en el hoy denominado Barrio de los Austrias. Después de pasar por delante del Antiguo Palacio de Uceda (hoy sede del Consejo de Estado de España) y del Instituto Italiano de Cultura, a ambos lados de la calle, nos detenemos frente a la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas y observamos la cera de enfrente. Lo que veremos es Casa Ciriaco, una mítica taberna conocida por su gallina en pepitoria, pero lo que quiero enseñaros está justo encima, en uno de los balcones (normalmente señalado con un ramo de flores) desde donde en el año 1906, el anarquista Mateo Morral, lanzó una bomba con intención de matar a Alfonso XIII y a su esposa Victoria Eugenia de Battenberg, que desfilaban por la Calle Mayor con motivo de su reciente boda. La bomba se enganchó en los cables del tranvía por lo que los reyes no morirían, pero sí otras 25 personas entre militares y civiles, a las cuales está dedicado el pequeño monumento que hay justo en ese punto de la calle.

Cadáver de Mateo Morral después de ser hallado por la Guardia Civil

Continuando con nuestra ruta, a la derecha se abre la Calle Sacramento, plagada de leyendas e historias interesantes, para las cuales os recomiendo el libro Secretos de Madrid, de Manuel García del Moral Escobedo, que os descubrirá las anécdotas más curiosas, no sólo de esta calle, sino de muchísimos otros puntos de Madrid.

Un poco más adelante, nos encontramos con la Plaza de la Villa, donde podemos ver algunos de los edificios más antiguos de Madrid como por ejemplo la Torre y Casa de Lujanes, del siglo XV, o en la parte meridional, la Casa de Cisneros, del XVI. Ya del siglo XVII y de estilo barroco, la Casa de la Villa, que hasta el cambio a su actual ubicación en el Palacio de Telecomunicaciones, fue la sede del Ayuntamiento de Madrid. En el centro, presidiendo la plaza, la escultura de Don Álvaro de Bazán, Capitán Genreral de la Armada en el siglo XVI, obra de Mariano Benlliure.

Habsburgs Quarter
Calle de Puñonrostro

Entrando por la Calle del Codo, nos detenemos a ver las curiosas inscripciones de la puerta lateral de la Torre de Lujanes, de las cuales se dice que fueron realizadas por los propietarios de la misma en el siglo XV, de religión judía y forzados a abandonar sus posesiones debido a su expulsión a finales de este siglo. La calle del Codo desemboca en la Plaza del Conde de Miranda, uno de los pocos espacios abiertos del Barrio de los Austrias y en el que se encuentra el Convento de las Carboneras del Corpus Christi, fundado en el siglo XVII por Beatriz Ramírez de Mendoza y todavía habitado por un grupo de monjas. Atentos al horario de la pequeña puerta lateral que da acceso a las dependencias de las monjas, si os encontráis dentro de las horas de apertura y todavía les quedan galletas, quizás os abran para que podáis comprar una caja…toda una experiencia en la que uno retrocede directamente varios siglos en el tiempo!

Saint Michaels Market
Mercado de San Miguel

Giramos a la izquierda por la Calle del Conde de Miranda y nos topamos con la magnífica estructura de hierro del Mercado de San Miguel, que no tiene nada que ver con los Austrias, ya que fue construido a inicios del siglo XX, pero que no podéis perderos si estáis paseando por el barrio. Se trata del último mercado de este tipo que queda de los 5 que existían en Madrid a finales del siglo XIX y principios del XX (Mostenses, la Cebada, Chamberí y la Paz) y se ha salvado por los pelos, ya que en los años 90 del siglo XX, el boom de los supermercados casi acaba con él. Será en el año 1999 cuando un grupo de particulares con intereses gastronómicos, arquitectónicos y culturales, llevará a cabo un plan de revitalización del mercado que no sólo lo salvará de la demolición, sino que lo convertirá en uno de los puntos turísticos más importantes de la ciudad. Daros una vuelta por sus más de 1.200 metros cuadrados y tomaros un vino o un vermú acompañado de una tapa, el ambiente bien merece la pena.

Saliendo del mercado por la Cava de San Miguel, podréis observar dos curiosidades con respecto a esta calle. La primera se refiere a su trazado sinuoso, y es que el trazado es el de uno de los antiguos fosos defensivos de la ciudad, “rellenado” posteriormente con el crecimiento urbanístico. El segundo hecho curioso tiene que ver con la extraña forma de sus edificios, que obervaréis que son sustancialmente más anchos en su base. La explicación la encontraréis justo al otro lado, y es que estos edificios sirven de muro de contención para lo que tiene detrás, que no es nada más y nada menos que la Plaza Mayor.

Arco de Cuchilleros
Arco de Cuchilleros

Bajando por la calle encontraréis multitud de bares y restaurantes, algunos tan míticos con la Taberna de Pinkleton, con su espectáculo de flamenco o Casa Botín, certificado por el libro Guiness de los Records como el restaurante más antiguo del mundo. Hacia la mitad de la calle, encajado entre las casas, el Arco de Cuchilleros, que da acceso a la Plaza y desde el que se dice que se dice que se inició la famosa batalla del 2 de mayo contra los franceses (todavía se puede ver el pequeño púlpito desde el que se cuenta que un sacerdote sublevado incitó a un grupo de madrileños a la lucha).

Pero continuamos bajando hasta el inicio de la calle y llegamos a Puerta Cerrada, pequeña plazuela que marca el lugar por donde pasaba la antigua muralla medieval y donde se hallaba una de sus puertas. A vuestra izquierda, podréis ver el lema de la ciudad pintado sobre un muro por Alberto Corazón. “Fui edificada sobre agua y mis muros de fuego son”, nos dice Madrid, al tiempo que un pedernal del que surgen chispas provocadas por los golpes de las flechas contra ella nos avisa de que estamos ante una ciudad larga y frecuentemente asediada por el enemigo.

Torcemos a la izquierda para entrar a la Plaza Mayor por la Calle Toledo, tal y como se hacía en los siglos XVI y XVII cuando el cambio de capitalidad había pillado por sorpresa a la recién elegida Madrid y ésta no daba abasto para alimentar a tantas nuevas almas, y recibía el sustento que llegaba desde los mejor preparados campos de Toledo. Calle arriba, las carretas cargadas de alimentos llegaban al final de su largo camino justo allí, en el espacio que por tradición ocupó siempre un mercado al aire libre.

Tribunal Inquisición
Francisco Rizi, Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid, 1683

Y llegamos así al final de nuestro recorrido, la Plaza Mayor, quizás el espacio más representativo de los que permanecen hoy en Madrid vinculados a la familia de los Austrias. Y es que esta plaza pertenece al plan de nuevas construcciones que esta dinastía comenzó en Madrid con el objetivo de darle a la ciudad el esplendor y gloria que pensaban que la capital de un Imperio como el Español debía mostrar al mundo. No olvidemos que hasta ese momento Madrid no era más que una pequeña villa, que se esforzaba por crearse una imagen que se correspondiese con la idea que tenía de sí misma.

Confluencia de las calles Toledo y Atocha, plaza del Arrabal, mercado principal de la villa y con el tiempo, escenario de los tribunales de la santa Inquisición, la Plaza Mayor es uno de los principales testigos de la historia de Madrid. Hoy, repleta de turistas, gente de paso, y saltimbanquis callejeros de dudoso talento, da la sensación de que la plaza busca dueño, o por lo menos nueva ocupación a la altura de su glorioso pasado.

Terminamos aquí este pequeño recorrido por el barrio de los Austrias sin olvidar que tan sólo es uno de los muchos posibles. Se nos han quedado en el tintero infinidad de lugares, plazas, conventos y callejuelas, pero como hemos dicho al principio, la intención era dar un paseo, uno de tantos los que daremos a lo largo del tiempo por las calles de Madrid.

Hasta la próxima viajeros!

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