2 semanas en Tailandia: Chiang Mai. 2ª parte

En nuestro quinto día en Tailandia tocaba madrugar, pero por un buen motivo. Quizás por eso cuando sonó el despertador a las 7:00, y a pesar de que la noche anterior habíamos dormido pocas horas en el tren de camino a Chiang Mai, no me costó nada levantarme. Habíamos contratado una de las típicas excursiones que incluyen interacción con elefantes.

_DSC1359
Elefante con su cría

La expectación se debía a una mezcla de ilusión y miedo ante lo que nos podíamos encontrar, ya que como comenté en la entrada anterior, sabíamos que había muchas empresas en Chiang Mai que maltrataban y explotaban a los elefantes que utilizaban, incluso muchas de las que proclamaban no hacerlo, por lo que nos había costado decidirnos entre todas ellas. No queríamos subirnos a un elefante, ni ver cómo jugaban al fútbol o pintaban con la trompa, tan sólo poder observarlos en libertad y acercarnos a ellos cuanto fuera posible. En la oficina oficial de turismo nos habían asegurado que en Elephant Care Taker podríamos estar tranquilos pero aún así, no las teníamos todas con nosotros y como este tipo de actividades suelen llevarse a cabo en campamentos ubicados lejos de la ciudad, temíamos vernos “atrapados” todo el día en una situación indeseable.

A las 8:00 Kent, el mahout (cuidador de elefantes) que nos acompañaría durante todo el día, estaba esperándonos en la puerta del hotel con su camioneta. Al subirnos vimos que eramos los únicos, pero su amplia sonrisa y su tranquila amabilidad nos hicieron relajarnos inmediatamente. A los pocos minutos nos detuvimos en la puerta de un hotel del que salieron las dos chicas españolas que junto con nosotros, compondrían la totalidad del grupo.

_DSC1293
La pequeña Sukhon

Después de una hora y media adentrándonos en la selva, nos detuvimos en lo que desde luego no se puede calificar de pueblo, ya que se trataba de la casa de Kent, rodeada de un par de casas más, pertenecientes a sus familiares, todas ellas ubicadas en lo que parecía ser el fin del mundo. La belleza del paisaje era indescriptible, pero antes de que pudiésemos sacar las cámaras para comenzar a retratarla, Kent nos sacó de nuestro ensimismamiento. Quería que conociésemos a su familia.

Después de presentárnoslos a todos, trajo unas bolsas enormes de las que comenzó a sacar kilos y kilos de plátanos. Cuando ya no podíamos coger más, nos dirigimos caminando hacia una de las zonas altas de la montaña y fue allí donde vimos a los primeros elefantes. Estaban detenidos en un extremo del camino esperando el desayuno. Inmediatamente se acercaron y comenzaron a devorar los plátanos que llevábamos, buscando y rebuscando con sus trompas y haciendo que estalláramos en risas nerviosas ante su insistencia.

_DSC1351
Nuestro paseo mañanero

Una vez que se terminaron los plátanos, se dieron la vuelta y comenzaron a caminar, y nosotros con ellos. Atravesamos la selva acompañándoles en su paseo matutino durante cerca de 1 hora hasta que llegamos a un río, cerca del cual había algunos elefantes más, incluida una cría que jugueteaba con su madre. Por el camino, Kent nos iba contando cosas de los elefantes, de su carácter, sus historias, e incluso de la flora y la fauna de la selva. Una vez en el río, nos adentramos con los elefantes en el agua y disfrutamos de sus juegos y cabriolas para conseguir que les echáramos agua por los lugares a los que ellos no llegaban.

11760333_10153159324858305_8363013684992267019_n
Manjares preparados por la familia de Kent

Ya pasado el mediodía, nos despedimos de los elefantes y nos dirigimos de nuevo a la zona de las viviendas, donde nos sirvieron una de las mejores comidas que probamos en todo el viaje. Los pequeños de la casa correteaban a nuestro alrededor y nos quitaban la comida, provocando nuestras risas y el enfado de sus padres, que les regañaban a medias, viendo que colaborábamos en el juego. Al terminar, nos ofrecieron algunas pulseritas hechas a mano, que adquirimos con gusto como recuerdo del día y de la amabilidad de nuestros anfitriones. Después de comer nos despedimos de todos y nos volvimos a subir a la furgoneta para recorrer, agotados y medio dormidos, los casi 200 kilómetros que nos separaban del centro de Chiang Mai.

Una vez en España he vuelto a leer vari_DSC1364os foros acerca del turismo con elefantes en Tailandia, llegando a dudar acerca de si la maravillosa experiencia que viví fue fruto de mi ignorancia o si realmente los elefantes que yo vi, nunca habían sido maltratados. Conozco el rito de Phajaan, la brutal técnica de adiestramiento mediante la cual se le “parte el espíritu” a los elefantes más jóvenes para conseguir su sumisión de por vida. Nada de lo que vi ese día me hizo pensar que Kent y su familia adiestraran a los elefantes que eran su medio de subsistencia con el objetivo de hacerles llevar a cabo acciones impropias de un animal. Como he contado, no realizaron ningún tipo de espectáculo, ni se planteó en ningún momento la idea de subirse a uno de ellos (y por las fotos que he visto en su página web, tampoco lo hacen con el resto de los visitantes), sin embargo, he viajado lo suficiente como para saber que muchas veces las cosas no son lo que parecen. Aún así, si me tengo que atener a los que viví ese día, no puedo más que recomendaros este sitio.

Después de descansar durante el resto de la tarde, nos dirigimos de nuevo al Night Bazar para dar un paseo. Esta vez llegamos hasta el puente de Nak hon Ping y lo atravesamos, deteniéndonos  a cenar en uno de los restaurantes de la orilla este del río. Durante la cena nos asaltaban frecuentes chaparrones, algo que nos permitió disfrutar de las vistas casi en solitario. Al acabar, el último chaparrón se había convertido en un aguacero en toda regla. Por suerte, un grupo de turistas alemanes se apiadó de nosotros y nos llamó desde el otro lado de la puerta del restaurante para que compartiéramos su songtaew, dejándonos en el hotel sanos y salvos.

11781782_10153571293278128_6615535993076694775_n
Peleándome con los fogones

Al día siguiente teníamos el vuelo hacia Koh Samui a mediodía, pero aún así tuvimos tiempo de realizar una última actividad: un cursillo de cocina thai. Escogimos el curso de medio día de la escuela Asia Scenic por 800 bahts (unos 20€) y una vez más, no nos equivocamos.

Comenzamos la mañana con una charla en la que nos hablaron de las principales características y platos de la cocina thai. Después nos llevaron a un pequeño huerto en la parte posterior de la escuela, donde aprendimos las propiedades de las principales especias y condimentos utilizados en sus platos. Después de escoger entre todos el menú que íbamos a elaborar, nos dirigimos a un pequeño mercado cercano, donde nos explicaron los diferentes tipos de arroz y sus cocciones, así como las características de otros productos frescos típicos de la cocina tailandesa.

Una vez de vuelta en la escuela, nos pusimos manos a la obra con los fogones. Sopas, pad thais, rollitos de primavera, e incluso curris! Quien me iba a decir a mí que incluso una negada en la cocina como yo, podía llegar a cocinar un plato thai y que resultara comestible!

 

Deja un comentario