2 semanas en Tailandia: primer día en Bangkok

_DSC1209Llegamos a Bangkok bien avanzada la tarde, con más de 15 horas de vuelo a nuestras espaldas, pero con los ojos muy abiertos y las ganas intactas. Nos alojábamos en Banglamphu, uno de los barrios más turísticos del centro, así que decidimos no tentar más a nuestras fuerzas y coger un taxi desde el aeropuerto.

Además habíamos leído que los taxis en Bangkok eran baratos, siempre y cuando insistieras en que pusieran en marcha el taxímetro, ya que si negociabas con ellos el precio antes de subirte, lo más probable es que salieras perdiendo. De todas maneras, el servicio con la compañía oficial desde el aeropuerto está bastante controlado, así que por esta vez (y fue la única en todo el viaje), no tuvimos que discutir con el conductor para que no nos timase.

Lo primero que me llamó la atención del paisaje en el trayecto desde el aeropuerto al hotel, fue la poca pinta de capital que tenía la ciudad. Parecía estar constituida por grandes terrenos sin construir, imponentes rascacielos que surgían abruptamente de la nada, y áreas de pequeñas casas bajas que se asimilaban a poblados. Todo ello intercalado sin ningún tipo de planificación urbanística y atravesado por una red de minúsculos canales de agua que la recorrían de punta a punta, y que dividían los barrios en pequeñas parcelas.

_DSC1072
Uno de los cientos de canales que atraviesan Bangkok

Y es que Bangkok se encuentra en la misma desembocadura del río Chao Phraya, a apenas 2 metros sobre el nivel del mar y sobre un terreno que es prácticamente un pantano. El agua es la protagonista de esta ciudad, por lo que todas esas verdes extensiones similares a descampados que estaba observando desde la carretera, no eran más que las llanuras y los deltas de los ríos que desembocan a apenas 30 km al sur de la ciudad.

Después de callejear durante un buen rato y preguntarnos varias veces si ya estábamos siendo víctimas de nuestro primer timo en Bangkok, llegamos al hotel. Nos sentamos en la recepción, nos lavamos las manos con las toallas bañadas en agua caliente que nos ofrecieron según la costumbre, sonreímos mucho, nos sonrieron todavía más, soltamos las maletas, y nos fuimos a la calle sin poder esperar más.

Estábamos a finales de julio, inicio de la temporada de monzones, por lo que el calor era húmedo y pegajoso. En ese momento llovía y ya era de noche, con lo que las opciones se reducían. Revisamos la guía y nos decidimos por el mercado nocturno de Patpong con la idea de sumergirnos de lleno en sus puestos de artesanía y comida callejera. Queríamos vivir la ciudad a pie de calle, así que decidimos no aprovechar de nuevo los bajos precios de los taxis y optar por el transporte público, así que preguntamos en recepción por el autobús adecuado para llegar, teniendo en cuenta que nos encontrábamos en la parte más antigua de la ciudad y que el metro no circulaba por ella.

Y aquí es donde empezamos de veras a conocer la cultura tailandesa. Uno de los recepcionistas decía que teníamos que coger el número 28, pero su compañero decía que esa línea ya no existía, mientras que un tercero opinaba que eso no era cierto, que lo que pasaba era que normalmente sólo circulaba hasta mediodía. El botones opinaba que no debíamos escuchar a ninguno de los anteriores y que lo que teníamos que hacer era salir con él a la puerta, donde nos indicaría cómo llegar a la parada del autobús que nos llevaría al mercado. Optamos por esta última opción por pura inercia y después de escuchar una serie de indicaciones de las cuales comprendimos sólo algunas frases sueltas, echamos a caminar bajo la lluvia.

Después de una media hora andando y varios minutos esperando en una parada de autobús que no indicaba ninguno de los números de los coches que se suponía que debíamos coger, decidimos subirnos al primero que pasara para preguntar al conductor. Y así lo hicimos, sólo que no contábamos con que ni él, ni ninguno de los pasajeros hablaría inglés. Miento, todos menos uno, que en un primer momento pareció querer decir algo, pero que al poco cambió de opinión y sustituyó su aparentemente buena disposición por una mirada impertérrita dirigida al infinito. Rendidos, nos bajamos del autobús en la siguiente parada y nos subimos a un taxi.

_DSC1066
Mercado nocturno de Pat Pong

Nada más poner un pie en la acera, nos sumergimos en el luminoso mercado, dándonos cuenta en apenas unos minutos que lo que atraía a la gente a Pat Pong no eran los puestos de artesanía y souvenirs, sino las discotecas con final feliz situadas a los lados de las estrechas filas de tenderetes. En Tailandia la mayoría de locales, e incluso las casas privadas, carecen de puertas y si las tienen, están completamente abiertas, dado que no hay bajas temperaturas de las que protegerse. Esto hace que tan sólo con pasear por la calle, puedas ver el interior de casi cualquier vivienda o negocio sin pretenderlo, actividad que en Pat Pong es suficiente para atraer la curiosidad de residentes y visitantes.

Decenas de locales situados uno tras otro ofrecían el mismo panorama: un par de hombres sentados en la puerta a un lado, unas cuantas chicas semidesnudas sentadas al otro, y en el interior, tres o cuatro chicas más bailando en bikini y shorts agarradas a una barra de poll dance. A sus pies, una parroquia de apenas un puñado de hombres mirándolas con semblante serio, como de quien está a punto de tomar una decisión trascendental que cambiará su vida.

_DSC1063
Figuritas de Buda en  Pat Pong

Intentamos concentrarnos en los puestos del mercado, pero ni siquiera los vendedores parecían interesados en colocarnos sus artículos. ¿Cuánto cuestan? Le digo a uno de ellos con unas chanclas en la mano. 400 Baht, me responde. Te doy 200! Y entonces me las quita con un gesto veloz y me dice que me marche a otro puesto mientras me da la espalda.

En fin, pues si no es el día de regatear, comeremos!, nos decimos para consolarnos, y salimos del mercado en busca de nuevos manjares por descubrir en alguno de los cientos de puestos callejeros que se extienden por las calles adyacentes. Pero tampoco sería el día (o por lo menos el lugar) para ello, como descubrimos en cuanto echamos un vistazo a las primeras viandas que se disponían ante nuestra atónita mirada: pescado de un color más que dudoso, pollo crudo troceado dentro de una bolsa de plástico colocada cuidadosamente encima de la acera por la que pasaba todo el mundo, manos negras con uñas del mismo color que manipulaban alimentos sin ningún tipo de protección…desde luego Pat Pong no iba a ser el lugar del que guardásemos el mejor recuerdo del viaje pero, ¿cómo explicar que aún así todo a nuestro alrededor era maravilloso? Nuevo y vibrante, creo que son los adjetivos que escogería para esta primera noche en Bangkok.

Como lo último que nos apetecía era pillar una gastroenteritis en nuestro primer día en Tailandia, decidimos buscar un sitio para cenar de los que recomendaba la guía. Por cercanía, optamos por el Eat Me, un popular restaurante con una cocina basada en la mezcla de sabores, fusionando influencias de todo el mundo. Yo pedí una ensalada de pollo con papaya y coco tostado, chili y lima, y tengo que decir que casi consigue que dejara de sentirme culpable por no estar comiendo comida Thai.

Después de cenar y con una cerveza en la mano (esta vez sí, tailandesa, concretamente una Singha), me puse a hacer repaso de mi primer día en Tailandia. Nos habíamos mojado de manera casi continuada, habíamos tardado más de una hora para llegar a un lugar a apenas 15 minutos de distancia, no habíamos conseguido regatear, ni probar la cocina tailandesa. Además, todo parecía estar sucio y descuidado y todavía no me había topado con la gente que se supone que habita “el país de la eterna sonrisa”.

Miré a mi alrededor y suspiré… no podía esperar a mañana para seguir conociendo Tailandia!!

Deja un comentario