2 semanas en Tailandia: Koh Samui

Inauguramos nuestra segunda semana en Tailandia aterrizando en el aeropuerto de Koh Samui tras apenas dos horas de vuelo desde Chiang Mai. A pesar de que el sol ya se encontraba bastante bajo, nos llevamos la primera sorpresa al comprobar el fuerte cambio de temperatura con respecto al norte del país, y es que hay que decir que estábamos expectantes con respecto al tiempo que nos íbamos a encontrar, ya que sabíamos que nos encontrábamos en época de lluvias y temíamos no poder disfrutar de las playas de la isla. Habíamos leído que durante los meses de abril a septiembre, el Golfo de Tailandia disfrutaba de mejor clima que el Mar de Andamán, y eso había sido lo que nos había decantado por esta isla y no otra.

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Pescador en Silver Beach

La segunda sorpresa de la llegada se debió al pintoresco aeropuerto, casi todo al aire libre a excepción de las colas donde se realiza el check in y las pequeñas cabañas en las que se encuentran las puertas de embarque y la recogida de maletas. La playa se sentía en el ambiente y a pesar de lo mucho que nos había gustado Chiang Mai, nos alegrábamos de haber cambiado la montaña por el mar.

Nos subimos a una minivan compartida (bastante cara por cierto) que, según pudimos comprobar después en el mapa, nos hizo un “recorrido turístico” por toda la isla antes de dejarnos en nuestro hotel, el Cinnamon beach, situado en una pequeña península llamada Laem Nan, al este de la misma. Por el camino y mientras íbamos dejando al resto de pasajeros en sus respectivos hoteles, tuvimos ocasión de observar la costa oeste, de ambiente mucho menos turístico que la zona en la que nos alojábamos. Una vez más, nos sorprendió la forma de vida de los tailandeses, tan dirigida al exterior, con sus casas siempre abiertas y su costumbre de llevar a cabo los actos más cotidianos, como comer o dormir, al aire libre.

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Tormenta acercándose a la playa de Lamai

Nuestro hotel era un pequeño y tranquilo resort con vistas a la bahía de Lamai, en el que estuvimos muy cómodos durante la semana. Dedicamos la primera noche a explorar sus alrededores, bajando por el jardín hasta la playa y alucinando con la altísima temperatura del agua y la absoluta calma del entorno. En realidad, nuestra intención era pasar la semana de la manera más tranquila posible, es decir, en la playa y poco más, así que el hotel nos parecía perfecto para ello. Aún así, alquilamos una moto en el mismo hotel por unos 5€/día, con la que recorrimos gran parte de la isla.

Nuestra playa favorita durante la estancia en Koh Samui fue Silver Beach, a apenas unos metros del hotel. Se trataba de una cala pequeña y poco concurrida (por lo menos en julio), de aguas cristalinas y arenas blancas, es decir, muy cercana a la idea preconcebida que los nuevos visitantes tenemos de las playas tailandesas. El único pero que le pondría sería que al encontrarse rodeada por montañas, no hay apenas viento, por lo que hay momentos en los que el calor puede llegar a ser insoportable. El agua en esa época tampoco es que esté demasiado fresca, pero desde luego ayuda a aliviar los momentos de mayor bochorno.

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Playa Chaweng

Pasamos la mayoría de días de nuestra estancia en Silver Beach. Llegábamos a media mañana, comíamos en uno de sus dos pequeños restaurantes y pasábamos la tarde leyendo y tomando el sol en compañía de alguno de los numerosos perros callejeros que se acercan buscando la compañía de los turistas. Además de ésta, visitamos dos playas más, Chaweng al norte, y Lamai al sur, ambas mucho más grandes y concurridas, pero al mismo tiempo no tan limpias y con menos encanto que Silver Beach.

Por las noches, nos acercábamos a uno de los numerosos bares de Chaweng para cenar y tomar algo rodeados de turistas, y en la noche del domingo, fuimos hasta el mercado nocturno de Lamai, donde curioseamos entre los souvenirs y probamos algunas de las delicias de los puestos callejeros. El viernes siguiente, decidimos acercarnos hasta el bazar nocturno de Bo Phut, al norte de Chaweng, donde además de los puestos tradicionales que nos habíamos venido encontrando durante toda nuestra estancia en Tailandia, nos topamos con un enorme centro comercial sembrado de boutiques de marcas occidentales. Después de tantos días de playa y montaña, la visión de este mastodonte ruidoso y forrado de luces brillantes, nos resultó del todo incómoda, así que nos dimos media vuelta y regresamos a los pequeños bares y tiendas de artesanía para pasar la noche y hacer las últimas compras.

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Parque Nacional Marítimo de Ang Thong

Hacia la mitad de la semana, decidimos contratar una excursión al Parque Nacional Marino de Ang Thong, una de las visitas imprescindibles de la isla. Nos recogieron en el hotel sobre las 8:00 de la mañana y nos llevaron al puerto desde el que salen los barcos con este destino, al oeste de la isla. Allí nos encontramos con un par de cientos de turistas medio dormidos que hacían cola desordenadamente para registrar su llegada, mientras dos trabajadores de la compañía nos gritaban que nos diésemos prisa porque los barcos tenían que zarpar. Una mesa con una caja de galletas rotas y un termo con un líquido de color pardo que quería ser café, constituían el desayuno que el folleto del hotel anunciaba como incluido en el precio.

Cuando estuvimos todos registrados nos repartieron en los diferentes barcos, y fue una vez ya en el nuestro, cuando nos dimos cuenta de dos cosas: la primera, que no había sitio para ir todos sentados, por lo que algunas personas tuvieron que hacer la hora y media de trayecto de pie, y la segunda, que tampoco había suficientes chalecos de seguridad. Eso sí, el paisaje era espectacular.

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Parque Nacional Marino de Ang Thong

Llegamos a la primera isla y comenzamos con la primera actividad de la excursión, el paseo en Kayak. A estas alturas ya os imaginaréis que no había kayaks para todos, por lo que algunas personas hubieron de esperar a que los primeros que se marcharon regresasen para poder utilizar los suyos. En cuanto a la actividad, imagino que por cuestiones de seguridad, nos limitamos a dar la vuelta a un islote próximo ala orilla uno detrás de otro. Entretenido, pero desde luego no lo que uno espera encontrar cuando piensa en remar por unas islas perdidas del Golfo de Tailandia.

Al terminar nos llevaron a una segunda isla en la que pudimos acercarnos a varias familias de monos que se debatían entre acercarse para ver si les dábamos de comer o huir de los numerosos niños (y algún adulto), que los atosigaban persiguiéndoles montaña arriba. Cerca del mediodía, nos llevaron a una especie de buffet libre, donde nos dieron arroz con pollo y algo de fruta.

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Parque Nacional Marino de Ang Thong

Durante la tarde nos acercamos a una tercera isla en la que es posible hacer trekking hasta un mirador desde el que se divisa un hermoso lago interior por un lado, y unas impresionantes vistas del resto de las islas por el otro. Antes de partir de vuelta a Koh Samui, dedicamos cerca de una hora hacer snorkel en un entorno en el que no pude avistar ni un solo ser vivo.

En resumen el Parque Nacional Marino de Ang Thong es hermoso e imagino que las actividades que llevamos a cabo, mejor organizadas y con un grupo más pequeño en el que se pueda disfrutar de mayor libertad, seguramente serían mucho más interesantes. Desgraciadamente la única manera de llegar a estas islas es a través de una empresa de estas características, a no ser que podáis permitiros alquilar vuestro propio barco.

En nuestro último día en Koh Samui, decidimos recorrer con la moto algunos de los lugares de interés que indican las guías. En primer lugar nos dirigimos a Hin-Ta Hin-ya, unas curiosas formaciones rocosas situadas al sur de la playa de Lamai, con forma de genitales femeninos y masculinos. El lugar se encuentra rodeado de puestos de souvenirs y por supuesto, plagado de turistas que posan divertidos frente al Abuelo y la Abuela, como se les conoce popularmente.

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El monje Luang Phaw Daeng en Wat Khunaram

Continuamos nuestro camino hasta Wat Khunaram, un templo alejado de la costa en el que se encuentran los restos momificados de Luang Phaw Daeng, un monje que murió meditando hace más de 30 años y cuya postura ha quedado inmortalizada para la eternidad, gafas de sol incluidas. Al parecer se trata del último practicante de la tradición budista denominada Sokushinbutsu, un proceso de autodisciplina y meditación mediante el cual el monje alcanza la iluminación espiritual sometiéndose a un paulatino suicidio.

Nuestra siguiente y última parada fue la cascada de Nam Tok Na Muang, una caída de agua de algo más de 30 metros situada en el centro de la isla, a unos 12 km. de Na Thon. La sorpresa fue que al llegar nos encontramos con un safari que ofrecía diferentes actividades con animales. Una vez más, elefantes forzados a subir un turista tras otro a sus espaldas durante interminables jornadas de trabajos forzosos.

Compramos el ticket para visitar sólo la cascada y en apenas unos minutos nos encontrábamos sobre un jeep de tracción cuatro ruedas que nos llevaba montaña arriba por pendientes tan escarpadas que parecía un milagro que consiguiésemos subirlas. Por el camino, nos cruzábamos con vehículos que hacían el recorrido en sentido contrario que bajaban a toda velocidad. Una de las ofertas del safari era poder subirte sobre la cabina del conductor en su bajada tipo kamikaze sin ninguna medida de seguridad más que un pequeño cinturón y la fuerza de tus brazos agarrados a los barrotes. En cuanto a la cascada, nos encantó poder descansar y bañarnos en la tentadora poza que hay en su base antes de iniciar el camino de regreso al hotel para recoger nuestras cosas y marchar camino al aeropuerto.

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Cuando alguien me dice que está pensando ir a Tailandia y me pregunta si merece la pena, siempre digo que absolutamente y que no lo dude, eso sí, con algunas indicaciones. La primera de ellas es que no vayan a Tailandia tan sólo para visitar las playas. Soy consciente de que las que yo tuve oportunidad de visitar no son las mejores del país, sin embargo, pienso que es posible encontrar playas igual de bellas sin necesidad de recorrer tantos kilómetros. Para mí, el viaje a Tailandia ha de pasar inevitablemente por el centro y el norte del país, donde a mi parecer, se concentra gran parte de su verdadera esencia.

También suelo recomendar que a ser posible, pasen más de dos semanas allí, ya que cuando uno dispone de un tiempo tan limitado, termina recorriendo los lugares “imprescindibles”, dejándose quizás la parte más auténtica y menos turística. Para mí Tailandia fue un auténtico descubrimiento, “una puerta amable al sudeste asiático” (como la describen algunos), que espero cruzar muchas veces durante el resto de mi vida.

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