2 semanas en Tailandia: Chiang Mai

Cuarto día en Tailandia y me despierto con el traqueteo del vagón del tren al que nos subimos la noche anterior de camino a Chiang Mai, al norte del país. Me asomé por la ventana y aunque todavía no había amanecido, una tenue luz surrealista iluminaba suavemente el paisaje que nos rodeaba, de manera que la visión parecía parte del sueño del que todavía no me encontraba del todo despierta.

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Entrada de la Universidad Budista Mahamakut

Me bajé de la litera/asiento para poder acercarme más a la ventana y profundizar en mi ensimismamiento. Kilómetros de vegetación azul se extendían ante nosotros. De vez en cuando, una casa blanca rompía la monotonía cromática, pero la invasión de la naturaleza era absoluta e hipnótica.

En esas estaba cuando de repente alguien golpeó la puerta tan fuerte que del salto casi volví a la litera. Abrimos la puerta, pero allí ya no había nadie. Quien quiera que fuese, ya se encontraba golpeando otra puerta, haciendo saltar a otras personas. Comenzamos a vestirnos con movimientos propios de osos perezosos y a los pocos minutos, volvieron a golpear la puerta. Esta vez sí, un empleado del tren, con una sonrisa ágil que indicaba que llevaba bastante más tiempo despierto que nosotros, nos avisaba de que quedaban pocos kilómetros para llegar a la estación de Chiang Mai y que necesitaba entrar para preparar nuestra cabina. Salimos al pasillo para dejarle espacio, y cuando entramos de nuevo, nuestras camas volvían a ser asientos. Desayunamos las sobras que teníamos en la mochila, con la mirada fija en el infinito, y nos preparamos para bajar.

En la estación nos dimos cuenta de que la práctica totalidad del pasaje del tren, éramos turistas, por lo que había decenas de tailandeses, especialmente taxistas, esperando nuestra llegada. Inmediatamente comenzaron las negociaciones y en un par de minutos nos encontrábamos sentados en una furgoneta con otras tres personas de camino a nuestro hotel, que se encontraba en la zona este, a apenas un par de calles de la ciudad amurallada. Después supimos que esa “especie de furgoneta” era un songtaew, un pequeño bus con bancos en los laterales y sin ruta fija, que ofrece una opción más económica que el taxi tradicional.

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Gran árbol en una de las calles de la ciudad amurallada

Por el camino recibimos las primeras impresionas del lugar, que se presentaba como una pequeña ciudad de provincias con casas bajas y una presencia constante de la naturaleza, ya fuese a través de las montañas entre las que se encuentra encajada, el afluente del Chao Phraya, el río Ping, o los cientos de árboles de todo tipo y tamaño que invaden los rincones más inesperados. En Chiang Mai, uno no tiene la sensación de estar en una ciudad de 150.000 habitantes, y pronto descubriríamos que muchas zonas del centro tienen más similitudes con un pequeño pueblo, que con una capital de provincia. No en vano se dice que el carácter relajado y creativo de la ciudad, la convierte en el lugar ideal para artesanos, profesores, estudiantes, y amantes de la cultura en general.

Todavía era temprano, así que como teníamos que esperar un par de horas para acceder a la habitación, decidimos investigar las diferentes actividades que ofrecía la ciudad, con la intención de reservarlas cuanto antes y poder dedicar la tarde a callejear. Además de los maravillosos templos, calles y mercados, Chiang Mai es conocida entre los turistas por la posibilidad de realizar una serie de actividades, entre las cuales destacan las rutas con elefantes y los cursos de cocina thai.

Chiang Mai es uno de los lugares con mayor concentración de elefantes de Tailandia, tantos, que se han convertido en uno de los principales reclamos turísticos. Entré en algunos foros de opinión y todos coincidían en que había que tener cuidado al escoger la empresa a la hora de reservar actividades con elefantes, ya que en muchas de ellas, los animales eran forzados a estar disponibles para los turistas y pasearlos en sus lomos hasta que caían extenuados, empleando métodos para su control y adiestramiento, tales como el famoso anku, la herramienta tradicional para dominar elefantes que consiste en un palo largo con ganchos metálicos en su extremo.

La cosa estaba complicada, porque incluso las empresas que aseguraban no maltratar a los elefantes con estas técnicas, tenían comentarios en los foros que afirmaban lo contrario. Finalmente nos acercamos a una de las oficinas oficiales de turismo de la ciudad y planteamos nuestras dudas. Nos recomendaron Elephant Care Taker Village (http://www.elephantcaretakervillage.com/), asegurándonos que sus prácticas eran adecuadas, así que reservamos. Más tarde entraré en detalles, pero ya adelanto que fue una de las mejores experiencias del viaje.

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Monje en Mahamakut

Después de dejar las cosas en el hotel y darnos una ducha, nos dirigimos a la parte amurallada de la ciudad para comer. Elegimos un restaurante llamado 3 Sis, en el que comimos bien y a buen precio (mi estómago todavía no estaba para muchas fiestas), aunque el principal aliciente es que desde su terraza se podía observar la Mahamakut Buddhist University, una de las dos únicas universidades públicas para monjes que hay en Tailandia. Con el último bocado, nos fuimos a explorar la ciudad.

Al igual que otras provincias del norte que formaban parte del antiguo reino de Lanna, Chiang Mai tiene más vinculación histórica con Birmania (actual Myanmar) y el sur de China, que con el centro y sur de Tailandia. Se dice que fue el rey Mengrai quien la fundó, con el propósito de que sucediera a Chiang Rai como capital del reino, dándole el nombre de Nopburi Si Nakhon Ping Chiang Mai, o Chiang Mai, que significa “Nueva ciudad amurallada”. Pero el muro y el foso que este rey mandó construir no serían suficientes para protegerla de la invasión birmana que sufriría en el siglo XVI, y que duraría hasta 1774, cuando pasó a formar parte del creciente reino tailandés con  base en Bangkok.

En 1800, y bajo el mandato del cacique Chao Kavila, la ciudad resurge y comienza a vivir una nueva etapa de esplendor. Se levanta una nueva muralla que rodearía el centro, se crea un nuevo puerto fluvial al final de la actual Tha Phae, y la ciudad se expande hacia el este y hacia el sur, resurgiendo como capital del norte del país. A finales del siglo XIX el reino Lanna desaparece definitivamente, y ya en 1933, Chiang Mai pasa a convertirse oficialmente en una provincia de Siam.

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Interior de Wat Chedi Luang

En cuanto a los templos, abundantes en Chiang Mai, muchos de ellos fueron construidos en el siglo XIX, curiosamente con el dinero de comerciantes birmanos. No los visitamos todos, ni mucho menos, pero esa tarde pudimos ver dos ejemplos, el Wat Chedi Luang, un hermoso templo construido el siglo XIV que aúna los estilos arquitectónicos lanna y thai, debido a una reciente reforma en los años 90 del pasado siglo, y el Wat Phra Singh, el templo más venerado de Chiang Mai, y paradigma de la arquitectura tradicional lanna.

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Pequeño monje en Wat Phra Singh

La entrada es libre, y en la mayoría de los templos, gratuita, lo que hace que, sobre todo en los más conocidos como el Wat Phra Singh, los accesos estén abarrotadas de turistas chinos quitándose o poniéndose los zapatos. Los interiores suelen estar constituidos por una sola nave diáfana ricamente decorada, al fondo de la cual se sitúan las diferentes imágenes de Buda. Ante ellas, los fieles se arrodillan en el amplio espacio enmoquetado y rezan, ajenos a las miradas curiosas de los que estamos allí de paso, y que les observamos desde la entrada, cámara de fotos en mano. Normalmente, en algún lugar cerca de la entrada, se sitúan los monjes del templo, atareados en sus quehaceres diarios. En algunos templos es posible charlar con ellos por unos cuantos bahts, siempre y cuando cumplas las normas, que si eres mujer, consisten en no acercarte demasiado, no tocarles, y no entregarles nada.

Después de descansar un rato en el hotel, salimos a cenar y a visitar el bazar nocturno, uno de los principales reclamos de la ciudad cuando cae la noche. Situado en la peatonal Th Chang Khlan, este mercado es en realidad la huella dejada por las antiguas caravanas comerciales que se detenían en Chiang Mai en su camino entre Simao (China) y la costa de Myanmar. En cuanto a los productos que se venden, son más o menos los mismos que uno puede encontrar en los mercados de Bangkok, o cualquier zona turística de Tailandia. Y es que el encanto del Night Bazar, reside más en la gran cantidad de puestos y en el ambiente de sus calles, que en las ofertas que se puedan encontrar.

En la información que nos habían dado para la excursión que teníamos al día siguiente, nos indicaban que debíamos llevar chanclas de agua, así que después de recorrer el mercado arriba y abajo un par de veces en busca de unas, y de “discutir” animadamente acerca del precio de las mismas en un par de puestos diferentes, nos fuimos a dormir rendidos, sin saber que el día siguiente nos deparaba experiencias que lo convertirían en el mejor del viaje.

 

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