2 semanas en Tailandia: Bangkok Express

En nuestra primera mañana en Bangkok, nos despertamos con ansias de recorrer la ciudad. No habíamos hecho reservas más allá de la primera noche de hotel, precisamente para tener la libertad de cambiar de ubicación dependiendo de cómo nos fuésemos sintiendo, así que queríamos aprovechar al máximo el día para decidir al final si nos quedábamos más tiempo, o nos marchábamos al siguiente destino. Nos pusimos en marcha sin más hacia Ko Ratanakosin, la zona de los templos y el lugar donde se encuentran los orígenes de la ciudad.

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Chakrabongse Road

Según nuestro mapa, nos encontrábamos a apenas un par de kilómetros de distancia, por lo que decidimos volver a arriesgarnos e ir dando un paseo. A la luz del nublado día, la ciudad se veía diferente, no sé si mejor, pero desde luego muy diferente a la noche anterior. Atravesamos uno de los cientos de canales que recorren la ciudad, y echamos a andar por la ajetreada Chakrabongse Road, una larga calle de dos carriles, flanqueada por sendas hileras de edificios de no más de dos o tres pisos, en cuyos bajos se sucedían los pequeños comercios dedicados a las actividades más variopintas: peluquerías, dentistas, sastrerías, locutorios con acceso a internet, improvisados mercadillos plagados de alimentos y bebidas desconocidos para mí… En la calzada, un sinfín de taxis de todos los colores, bicicletas, ciclomotores y tuk-tuks, confluían en los carriles sin delimitar, resolviendo colisiones aparentemente inminentes, de manera inexplicable.

Al cabo de un rato caminando, nos dimos cuenta de que no nos habíamos cruzado con más personas de ojillos redondos desde que salimos del hotel, así que un poco por eso, y un poco porque llevábamos un rato despistados con todo lo que veíamos a nuestro alrededor, decidimos preguntar antes de continuar caminando.

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Una de las muchas sastrerías de Chakrabongse Road

En apenas dos párrafos, he mencionado de pasada tres de los principales engaños a los que uno puede ser sometido en Bangkok: las sastrerías que ofrecen trajes de primerísima calidad a precios de ganga, los tuk-tuks que aseguran llevarte a cualquier lugar de la ciudad por 10 bahts, y por último, las personas que te dicen que el lugar al que vas está cerrado, para acto seguido recomendarte que vayas a otro lugar en el que casi con toda probabilidad, intentarán venderte algo. En este caso, el amabilísimo señor al que preguntamos, nos aseguró que los templos de Ko Ratanakosin estaban cerrados ese día, y que lo mejor que podíamos hacer era cambiar de dirección y acercarnos al templo de su barrio, donde por un módico precio, nos haría una visita guiada. Como ya había leído algo acerca de esta curiosa costumbre de algunos de los habitantes de Bangkok, le dimos las gracias por su ofrecimiento, y nos dirigimos justo hacia la dirección opuesta a la que nos indicaba. En apenas 10 minutos divisamos las agujas de Wat Phra Kaew, y el Gran Palacio de Bangkok.

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Conductores de tuk-tuk esperando clientela

Todas las guías lo señalan como el templo budista más importante de Tailandia y por lo tanto, la principal atracción turística de la ciudad. Además, su construcción en el siglo XVIII, llevada a cabo por Buddha Yodfa Chulaloke, cuando decidió mover la capital desde Thonburi a Bangkok, significó el origen de la ciudad que hoy conocemos, que se fue desarrollando alrededor de este conjunto de templos sagrados. Todo parecía indicar que era una visita extremadamente turística, pero obligada, así que no lo pensamos más y nos dirigimos hacia la puerta principal.

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Cubiertas de Wat Phra Kaew, y el Gran Palacio de Bangkok desde la calle

Pero nada nos había preparado para lo que nos íbamos a encontrar en el interior: hordas y hordas de… chinos! Desde la misma puerta, el acceso era prácticamente imposible. Una masa de personas atascaba el pasillo principal, de manera que no sabíamos muy bien hacia dónde nos teníamos que dirigir. A nuestra derecha, sobre un pedestal, una mujer gritaba algo en chino mientras señalaba hacia un cartel en el que se veían los dibujos de unas prendas de ropa tachadas con unas grandes equis rojas…vale por ahí no, por allí es para que los que llevan pantalones cortos y tirantes, puedan alquilar grandes pareos con los que cubrirse. A la izquierda, un grupo de soldados armados hasta los dientes, nos observaba desde una especia de barracón que les protegía del sol… por allí tampoco entonces.

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Seguridad en Wat Phra Kaew, y el Gran Palacio.

Continuamos avanzando en línea recta a razón de 20 cm. por segundo hasta que llegamos a una especie de desembocadura en la que el río humano parecía separarse en varios afluentes, el principal de ellos se dirigía hacia las taquillas donde adquirir las entradas a los templos. Nos detuvimos unos segundos haciéndonos a un lado para no morir aplastados por miles de sandalias made in China y nos miramos ya casi convencidos.

En pocos minutos estábamos en la calle de nuevo, de camino a Wat Pho, el templo anexo a Wat Phra Kaew. Habíamos leído que era bastante más pequeño y que recibía muchos menos visitantes, pero diferentes opiniones, entre las cuales había algunas muy valiosas para mí, nos indicaban que este era su templo favorito de Bangkok.

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El Buda reclinado de Wat Pho

Ya en el interior, nos dirigimos hacia una de sus principales atracciones, un Buda reclinado de 46 metros de largo por 15 de alto, realizado con ladrillo recubierto de escayola y pan de oro. Al parecer, la figura es una referencia al paso de Buda al Nirvana, es decir, su muerte. En sus pies, unas delicadas inscripciones nos hablan de las 108 características del profeta. He de decir que a pesar la belleza del lugar y de que como en el resto de templos de Tailandia, es necesario despojarse de los zapatos y cubrirse hombros y piernas en señal de respeto, el ambiente dentro del recinto, no es especialmente riguroso. Tan sólo se ven algunas personas rezando, mientras que la mayoría de visitantes se hacina a los pies y a la cabeza de la inmensa figura, intentando lograr la perspectiva que abarque su totalidad en la ansiada foto de recuerdo.

Una vez recuperados nuestros zapatos, continuamos paseando por las “calles” del complejo. En pocos metros, dimos con la galería de 394 budas que rodea el Phra Ubosot, la segunda construcción más importante de Wat Pho. Esta vez sí, nos encontrábamos casi a solas, y pudimos detenernos unos minutos a descansar y a disfrutar de la belleza de las esculturas doradas y negras, muchas de ellas con rasgos de las antiguas imágenes clásicas de Ayutthaya, la antigua capital del Siam.

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Chedis decoradas con teja ratanakosin
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Cubierta del Phra Ubosot
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Monjes fotografiándose en Phra Ubosot

Ya en el interior del templo, un impresionante pedestal de tres niveles sostiene el Phra Buddha Deva Patinakorn, una estatua de Buda de la época de Ayuttayah traída por Rama I que custodia las cenizas del monarca. Frente a él, una docena de personas arrodilladas, unas con la frente apoyada en el suelo rezando, y otras no, observamos en silencio. A nuestra izquierda, un espacio separado mediante una pequeña cerca, en el que un grupos de monjes  se fotografía frente al altar.

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Phra Buddha Deva Patinakorn
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Galería de budas rodeando Phra Ubosot

De allí nos dirigimos hacia la escuela oficial de masaje tailandés, dentro del mismo recinto. Y es que Wat Poh es el lugar en el se abrió el primer centro de educación pública del país, una tradición que todavía continúa en su escuela de medicina tradicional tailandesa y en los dos pabellones de masaje situados al este.

En el interior, un par de decenas de personas, entre las que apenas había occidentales, esperaban su turno sentadas en pequeños bancos y charlando animadamente. Después de escoger el tipo de masaje que queríamos (masaje thai tradicional de 30 minutos, por 260 baht, unos 6€) y esperar junto a ellas cerca de media hora, dos mujeres tailandesas, una de ellas excepcionalmente alta y corpulenta para la media, entraron en la sala y dijeron nuestros números en inglés, así que nos levantamos y las seguimos hasta el recinto contiguo. Allí nos encontramos con un espacio amplio y diáfano invadido por docenas de camas de masaje a ras de suelo, todas ellas ocupadas por personas recibiendo sus correspondientes tratamientos.

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Escuela de masaje tradicional tailandés en Wat Pho

Para mi sorpresa, la mujer corpulenta se dirigió a mí con una voz dulce y aguda y me indicó cómo tenía que colocarme. He de decir que en un principio me preocupó su tamaño, ya que estaba convencida que mi masajista sería la mujer más pequeña, pero en apenas un par de minutos, me había relajado y tan sólo deseaba que la media hora se hiciese lo más larga posible. Por otra parte, y observando los masajes que se les daban a los no occidentales de la habitación, estoy convencida de que tuvieron muy en cuenta nuestra falta de costumbre y nos administraron una versión bastante más “light” del masaje tradicional tailandés. En cualquier caso, fue una gran experiencia que recomiendo a cualquiera que vaya a Wat Pho.

Una vez en el exterior del templo, y después de ser rechazados por varios taxistas a los que pedimos que activaran el taxímetro en lugar de aceptar su “tarifa plana”, nos dirigimos hacia el MBK, un impresionante centro comercial situado en la Plaza Siam que, de haber leído un poco más antes del viaje, no me habría molestado en visitar.

Lo primero que hicimos fue subir hasta la última planta para comer algo. Craso error. Comida internacional de mala calidad y alguna que otra cucaracha correteando a sus anchas por encima de las mesas. En cuanto al centro comercial, lo dicho, no me impresionó demasiado, aunque teniendo en cuenta que no soy muy fan del shopping, quizás es que no dediqué mucho esfuerzo a sumergirme en los cientos de puestos abarrotados de cachivaches. La sensación de una inexperta: mucho y malo.

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Pasarela de acceso al Skytrain

En cuanto al resto de la tarde, la dedicamos a pasear y a explorar la red de metro elevado, el Skytrain BTS, con el que llegamos hasta Chinatown ya de noche. Al ser lunes, la mayoría de los puestos estaban cerrados, por lo que nos limitamos a atravesar Yowarad Road, su calle principal con los ojos como platos. El origen del barrio chino de Bangkok se remonta casi al de la propia ciudad pero, al contrario que otros barrios colindantes, éste mantiene su espíritu tradicional de manera que si hoy desapareciesen los turistas, Chinatown continuaría prácticamente igual. Ocurre como en la zona este del Chinatown de Manhattan (repito, la zona este), uno sabe que allí no se está llevando a cabo ninguna representación para turistas, sino que lo que está contemplando es pura y simplemente, la vida y costumbres de un pueblo emigrado, como si esta emigración nunca hubiese tenido lugar.

De cualquier modo, nos encontrábamos en el día equivocado, así que regresamos al barrio de hotel, donde disfrutamos de un delicioso Pad Thai en uno de sus puestos callejeros. Después de una cerveza y un paseo por Khao San Road, la denominada “calle de los mochileros”, nos fuimos a descansar para consultar con la almohada si le concedíamos un día más a Bangkok, o por el contrario nos despedíamos de ella y partíamos hacia el norte al día siguiente.

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