2 semanas en Tailandia: Ayutthaya

En nuestro segundo día en Bangkok, nos levantamos pendientes de tomar la decisión postergada la noche anterior: nos quedamos un día más, o nos vamos hacia el norte. Sabíamos que apenas habíamos comenzado a explorar la ciudad y que además lo que habíamos visto de ella, no había sido precisamente lo más significativo, pero por otro lado, teníamos ganas de empezar a movernos, ya que 2 semanas en un país como Tailandia, se te quedan cortas.

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En la Estación de Hua Lamphong, justo antes de subir al tren hacia Ayutthaya

Finalmente decidimos partir y aprovechar el día para visitar el parque histórico de Ayutthaya, la capital del antiguo Reino del Siam. Como nuestro destino era Chiang Mai, al norte del país, y Ayutthaya se encuentra a 78 km de Bangkok en la misma dirección, decidimos tomar un tren que nos dejase allí, para poder así pasar el día en las ruinas de los antiguos templos, y volver a tomar el mismo tren por la noche después de la visita, continuando con nuestro camino hacia el norte. De esta manera pasaríamos la noche viajando, algo que ya de por sí nos apetecía, además de ahorrarnos una noche de hotel. Más tarde descubriríamos que no habíamos inventado nada, ya que se trata de un recorrido muy habitual entre los turistas.

Así que partimos hacia la estación de Hua Lamphong, cerca del centro de la ciudad, y compramos dos billetes de segunda clase (por aquello de que la virtud está en el punto medio) por 200 bahts cada uno (unos 5€). Nos acercamos a la plataforma desde donde salía el tren y un revisor nos pidió nuestros billetes mientras nos indicaba que subiésemos a uno de los vagones. Una vez dentro, nos encontramos con un panorama desalentardor: asientos destrozados, el suelo lleno de desperdicios, y unas cuantas personas sentadas rodeadas de bolsas con todo tipo de alimentos y mercancías.

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Vendedores esperando para subir a los trenes

A medida que avanzábamos por el vagón intentando elegir dónde sentarnos, los demás pasajeros nos indicaban con gestos que continuásemos caminando. “No quieren que nos sentemos a su lado”, pensé, mientras les obedecía. Salimos del vagón y entramos en un segundo, donde nos pasó exactamente lo mismo. Al entrar al tercero, mucho más limpio y con los asientos enteros, nos encontramos con una pareja de franceses que intentaba explicarle al revisor por señas, que su billete era de segunda, y que ese vagón era de primera, por lo que no les correspondía sentarse allí. El revisor les miraba y sonreía, sin parecer demasiado interesado en sus explicaciones. Al cabo de un par de minutos, simplemente se fue. Nos sentamos allí mismo al comprender que en ese tren, tuvieras el billete que tuvieses, los turistas iban todos en el mismo vagón, sin más.

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Estación de Hua Lamphong

A los pocos minutos nos pusimos en marcha. Nos habían dicho que el recorrido duraría algo menos de 2 horas, por lo que nos dispusimos a relajarnos y a disfrutar del paisaje. Al poco descubrí que disponía de una gran oportunidad para hacer fotos, ya que los ventanales eran enormes y la velocidad bastante reducida, así que preparé la cámara, y pospuse lo de la relajación para más adelante.

Lo primero que me llamó la atención, fue la cantidad de personas que dormía en la calle. No es que vivieran en la calle, es que simplemente habían decidido hacer un alto en su rutina diaria (trabajos incluidos) y se habían echado a descansar. Eran cerca de las 11:00 de la mañana, por lo que no se trataba tampoco de una siesta. Era una parada, una pausa en medio de su actividad. En el suelo, en hamacas, en esterillas, sobre los bancos… las afueras de la ciudad se encontraban sembradas de cuerpos entregados a Morfeo, como en una serie de fotografías de la época surrealista de Cartier-Bresson. Intenté tomar fotos con la intención, precisamente, de tener una serie de “durmientes tailandeses”, pero entre el movimiento y la lejanía, no conseguí nada que mereciese la pena.

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Desde el tren hacia Ayutthaya

Mientras avanzábamos, no paraban de entrar y salir vendedores ambulantes del vagón ofreciendo todo tipo de frutas y chucherías para el viaje. Fue entonces cuando comprendí el porqué de las personas rodeadas de bolsas con mercancía del principio, que querían sentarnos a todos juntos en los vagones centrales. Aunque todo tenía muy buena pinta y tenía hambre, decidí no comprar nada por evitar los alimentos lavados con agua y me tomé un pastelito empaquetado que había comprado en un supermercado… pronto descubriría que había cometido un gran error.

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“Ferry” para cruzar el Pa Sak

A la hora estimada, llegamos a Ayutthaya. Lo primero que nos encontramos al bajar del tren fueron varios puestos de alquiler de bicicletas, por lo que supusimos que la zona del templo estaba algo alejada de la estación. Alquilamos un par de bicis y seguimos las indicaciones al templo, cruzando el Pa Sak, uno de los tres ríos que enmarcan la zona donde se encuentran los enclaves históricos más importantes, en una pequeña embarcación cuyo recorrido se limitaba a rebotar de una orilla a la otra. Una vez en el otro lado fue cuando comencé a sentirme mal.

Mareos, sudores fríos, y un dolor de estómago que me hizo soltar la bicicleta y sentarme a un lado de la calle con la esperanza de que pasara rápido. Pero no pasó, de hecho, conseguí llegar a la zona de los templos a duras penas, encontré un banco cerca de un lavabo público, y allí fue donde pasamos las siguientes 3 horas. El lavabo era de pago, así que creo que esa noche la encargada del cobro se fue a cenar a mi salud (nunca mejor dicho). Afortunadamente comencé a sentirme mejor antes de que cerraran los templos, así que un poco mareada todavía, conseguí reunir las fuerzas necesarias para levantarme del banco y aprovechar de alguna manera lo que quedaba del día.

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Buda en Wat Maha That

Hubo un tiempo en el que Ayuttayah impresionaba al mundo con su importante puerto comercial y sus fastuosos palacios. Capital del Siam desde 1350 hasta 1767, fecha en la que fue saqueada por los birmanos y abandonada a su suerte, las ruinas de sus templos fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1991.

Nos adentramos en el recinto de Wat Maha That, uno de los principales templos del reino de Ayutthaya, cuando ya caía la tarde. La mayoría de turistas ya se habían marchado, por lo que pudimos visitar las ruinas prácticamente solos (algo bueno salió de mi indisposición). Las agujas de los antiguos templos construidos en el siglo XIV en estilo khmer, más típico de Camboya, se recortaban oscuras contra el atardecer, ofreciendo imágenes espectaculares. El estado de bienestar y tranquilidad que me procuraba el que hubiera pasado lo peor, sumado a la magnificencia del entorno, me proporcionaron uno de los mejores momentos del viaje.

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Cabeza de Buda en Wat Maha That

La noche se nos echaba encima y los templos cerraban, así que sintiéndolo mucho, nos tuvimos que marchar a la estación y dejar el resto de templos para una futura visita. Allí nos sentamos a comer algo (una manzana en mi caso) y nos dispusimos a hacer tiempo hasta la salida de nuestro tren, que llegó con más de una hora de retraso.

La estación contaba tan sólo con un andén que, a pesar de la hora de la noche (alrededor de las 22:00) se encontraba abarrotado de occidentales esperando al tren hacia Chiang Mai, y tailandeses esperando la llegada del resto de trenes. La gente mataba el tiempo alimentando a las decenas de perros que deambulaban por allí (en Tailandia los perros no se “tienen”, sino que se dejan libres de manera que cada tailandés se ocupa un poco de ellos), y atosigando a los trabajadores de la estación con preguntas acerca del horario de los trenes, mientras estos se limitaban a asentir y señalar una pizarra que decía “Chiang Mai train 21:00”, sin importarles que esa hora ya hubiese pasado hacía tiempo.

Una vez llegó el tren, descubrimos que nuestra cabina estaba en último vagón, algo que pagamos caro durante el recorrido: he subido a montañas rusas que daban menos tumbos. Aún así, todo estaba limpio, y las camas, que se correspondían que los propios asientos posicionados de manera horizontal, no eran del todo incómodas.

Finalmente nos rendimos por el cansancio y logramos conciliar el sueño mientras recorríamos la noche tailandesa de camino a Chiang Mai. Esa noche tuve sueños que nunca había tenido antes.

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Atardecer en Ayutthaya

11 comentarios en “2 semanas en Tailandia: Ayutthaya

  1. Completamente lleno de falsas impresiones., muy propias por otro lado de turistas poco informados del modo de vida tailandes.
    En el Budismo Teravada (mayoritario en Tailandia) está muy bien visto dar alimento a los perros callejeros. Esto es una de las muchas formas de “hacer meritos” para la otra vida. Aunque los tailandeses sí “tienen” mascotas -no sólo perros- y el trato que les dan se consideraría escandalosamente cuidadoso en occidente.
    Los viajeros que van cargados de mercancías no son los vendedores que ofrecen su producto en el tren. Generalmente, estas personas tienen pequeños negocios en localidades a lo largo del recorrido del tren y acuden a aprovisionarse de género en Bangkok, habitualmente en Chinatown, muy cerca de la estación de Hua Lamphong.
    Los vendedores del tren se suben en las estaciones aprovechando las paradas y se bajan antes de la salida del tren o bien hacen el viaje hasta la siguiente estación y vuelven a la de origen con el siguiente tren de recorrido inverso y así sucesivamente.
    Los trenes de esa línea son viejos, pero habitualmente se mantienen bastante bien conservados y limpios.

    • Hola R. Muchas gracias por tu comentario, que completa muy bien el relato ofrecido en el post. Antes de nada, decirte que creo que queda bastante claro en dicho post, que no soy ninguna experta en Tailandia, sino simplemente una persona que ha pasado allí dos semanas, y que refleja sus impresiones (en todo momento personales, pero verídicas), a modo de relato.
      En cuanto a tus correcciones, decirte que creo que en ningún momento he escrito que se maltrate a los animales, sino más bien todo lo contrario. Para mí, el hecho de dejarles vivir en libertad y cuidarlos en comunidad es su síntoma del profundo respeto que se siente por ellos.
      En cuanto al tema de los vendedores del tren, y a pesar de que es cierto lo que comentas acerca de pos propietarios de pequeños negocios que acuden a aprovisionarse a Bangkok, los vendedores que nos ofrecían sus productos lo hicieron repetidamente durante todo el recorrido, por lo que no se trataba de personas que subían y bajaban aprovechando las paradas de las estaciones.
      Como te decía, no conozco el país en profundidad, como seguramente lo haces tú, tan sólo dejo mi relato de viaje, pensando en otras personas que como yo, estén pensando en viajar a ese maravilloso país, o quieran rememorar los días que pasaron allí.
      Saludos cordiales
      Alicia

  2. Desgraciadamente, en algunos casos si que se maltrata a algunos animales. Pero no es el caso de las mascotas a las que los tailandeses son, por cierto, muy aficionados. El comentario venía cuento de la expresión “los perros no se tienen…”. El abanico de mascotas que los tailandeses tienen y miman con esmero, va desde los habituales perros y gatos, pasa por unas ardillas de una especie diminuta y se pueden encontrar hasta lemures.
    Los perros callejeros son habituales y suelen merodear cerca de los templos o los 7 eleven donde saben que es facil conseguir alimento y también cerca de las puertas de los centros comerciales o las estaciones del tren subterráneo (MRT), en donde aprovechan el fresquito que les proporciona el aire acondicionado que se escapa por las puertas.

    • Además de verdad! Me llamó muchísimo la atención la cantidad de perros que pasean libres no sólo por las ciudades, sino también por otros lugares, como por ejemplo las playas, (Koh Samui estaba repleta!), incluso me encariñé de uno que se tumbaba con nosotros todos los días al atardecer en Silver Beach ;). Con el comentario quise hacer hincapié en la diferencia de cómo “se tienen” estos animales en la mayoría de países occidentales, en los que cuando un perro merodea solo por la calle, se suele llamar a la perrera para que, con suerte, se le busque “dueño”. Con esto no quiero decir que deberíamos dejar que las ciudades se llenasen de perros sueltos, ya que es cierto que algunos de ellos se encontraban en muy malas condiciones, con sarna y en ocasiones malnutridos, pero el contemplar que haya situaciones en las que un animal no tenga por qué ser una propiedad privada, me pareció magnífico.
      Saludos y gracias de nuevo. En futuros posts tendré más cuidado con las expresiones “rotundas”!

  3. Solo por pura anécdota, el primer Spa para perros que vi, fue en Bangkok. El montaje era para verlo -y las tarifas tambien-, cochecitos tipo bebé para trasladar a los chuchos, jaulas con decoración ambientada según varios temas… De esto hace unos 14 años.
    Es frecuente ver a los tailandeses llevando a sus perros en estos cochecitos o en arneses, también como los de los bebés.
    Existen tiendas especializadas en ropa no sólo para perros, también para ardillas, conejos u otros tipos de roedores.
    Tal es el idilio que los tailandeses tienen con sus mascotas.

    • Increíble! He visto algunos establecimientos de características similares en Madrid, pero desde luego no hace 14 años!.

  4. El eslogan de la TAT (autoridad turística tailandesa)
    ha sido durante años “Amazing Thailand” y en ningún sitio esto es más cierto que en Bangkok, una ciudad marcadamente surrealista.

    • Totalmente cierto! Nos quedamos con muchísimas ganas de estar más días y poder conocerla mejor, pero sólo teníamos dos semanas para visitar todo el país… ¿Tú vives allí?

  5. No, desgraciadamente no. Pero desde hace 16 años estoy viajando allá al menos un par de veces al año y para estancias de unas 3 semanas cada vez.
    Coincido contigo en que Tailandia es un país increíble. Los paisajes desde la montaña a las costas y las islas, pasando por la llanura central son maravillosos. Pero siempre he pensado que lo mejor de Tailandia son los tailandeses.
    Pero ¡Ay! Yo soy un urbanita impenitente. Adoro Bangkok. Me gusta el caos de sus calles, la sencilla solemnidad de los templos, los mil y un mercados, su continua actividad… pero sobretodo me admira la eterna sonrisa de sus habitantes. Me resulta increíble que en una ciudad frenética como Bangkok, casi todo el mundo parece tener tiempo para una conversación o al menos para dedicar una sonrisa al visitante.
    En Bangkok -Krung Thep, para los thais- se puede encontrar la última tecnología y milenarias tradiciones artesanales, el lujo más extravagante y la vida más sencilla.
    Cuando alguien me pregunta, suelo contestar que Bangkok es ruidosa, caótica, algo destartalada y frenética, pero que en tres o cuatro días te enamorarás de ella y ya jamás la podrás olvidar.
    Bangkok es surealista, amable, divertida, inmensa, íntima, abigarrada, amigable… No en vano ostenta el récord de ser la ciudad con el nombre más largo del mundo, la friolera -creo- de sesenta y tantas sílabas, una por cada atributo que los sucesivos reyes fueron soñando o apreciando en la ciudad. Pero que empieza por “La Ciudad de los Angeles…”
    Por algo será.

  6. ¡Hola Alicia!
    En breve, mi familia y yo viajaremos a Tailandia.
    Me hace gracia tu relato porque yo, por desgracia, soy muy dada a los retortijones inesperados. Así que entiendo tu agobio ¡Pobre! Pero, a Dios gracias, mi familia ya se ha acostumbrado a mi estómago y son más que pacientes conmigo.
    Espero seguir leyendo tus entradas y… mejórate.
    Un beso

    • Hola Macarena,
      Afortunadamente todo quedó en una indisposición de unas horas :_). Lo más gracioso de todo es que estuve evitando los alimentos frescos que nos ofrecían, y fue precisamente lo que compré empaquetado lo que me sentó mal, aunque la verdad es que pudo haber sido cualquier cosa.
      Disfrutad mucho de Tailandia y no te preocupes por los retortijones, tú y yo sabemos que tal como vienen, se van 😉
      Besos

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